El fondo nipón Softbank, propietario del fondo de inversión más activo de los últimos años Vision Fund, vive estos días los peores momentos desde el estallido de la burbuja de las puntocom –al menos que ellos recuerden–.

Ya lo avisaron fondos maduros como Sequioia Capital: "Hay que prepararse para lo peor", porque el coronavirus no solo es una enfermedad que afecte a las personas, la economía y las empresas tecnológicas también sufrirán las consecuencias. Principalmente las de la caída de la demanda y, por lo tanto, de sus ingresos.

Justo cuando China cerraba sus ciudades al mundo y el virus comenzaba a expandirse por cientos de países, las bolsas del mundo ya sufrieron su propia pandemia. Cancelaciones de eventos y problemas de producción fueron determinantes para una caída mundial de las bolsas –y muy especialmente de un sector tecnológico altamente dependiente de las fábricas de China–. Una situación que sigue manteniéndose hasta la actualidad: unos mercados que, a tenor de la situación, reaccionan día a día a las medidas de impulso económico de los Gobiernos más que por las acciones de una sociedad confinada en sus hogares.

Más allá de la crisis del coronavirus, un punto de inflexión dentro del ciclo económico del año 2020 para todo el planeta, la realidad es que Softbank ya venía arrastrando serios problemas desde hacía meses. Ahora, la magnitud de la situación ha estallado.

Como una manera de salvar los muebles, el fondo japonés ha anunciado que soltará lastre, según un comunicado de la compañía. O lo que es lo mismo: venderá activos por casi 18.000 millones de dólares que tienen como objetivo aligerar la deuda que se acumula en las cuentas de la compañía y aumentar sus reservas de efectivo ya mermadas por casi un año de crisis interna.

De forma paralela, Softbank también está revisando sus decisiones de los últimos meses. Principalmente aquellas que tienen que ver con una de sus peores inversiones de su registro: WeWork. La empresa que llegó a valorarse por 47.000 millones de dólares en 2019 para caer en saco roto en pocos días ante la salida a la luz de casi 20.000 millones de dólares en alquileres.

Uno de los puntos del acuerdo para salvar a la empresa de alquiler de oficinas, tras su retirada de salida a bolsa y caída en picado de su valor, se basaba en la compra –por parte de Softbank– de acciones de la inmobiliaria por valor de 3.000 millones de dólares. Ahora las circunstancias se ponen en contra y esta operación podría peligrar; y con ella la continuación de WeWork como empresa. Como era de esperar, los cuchillos vuelen entre ambas entidades. Unos acusan a Softbank de incumpliendo de contrato y estos a WeWork de lo propio por no haber cumplido todos los puntos del acuerdo para recortar gastos y salvar la compañía.

Lo cierto es que si Softbank no corta el grifo del dinero, amén de los problemas mundiales por la crisis del coronavirus, su propia supervivencia podría estar en jaque. Especialmente ahora cuando su nuevo fondo Vision Fund II está en camino.

Un modelo de inversión cuestionable

Fue el fondo adorado por todas las compañía durante largo tiempo. En poco tiempo paso a tener grandes proporciones de capital en algunas de las compañías tecnológicas del momento.

WeWork en sus momentos dorados, Nvidia o, la tecnológica mejor valorada de la historia, Uber. Pero también en Slack o los rivales de Uber: Grab y Didi. Estos últimos pertenecientes a una estrategia muy estudiada dentro de la compañía: controlar, al menos en parte, al mayor número de players del sector del transporte en ciudad para ocupar el mayor espacio en la tarta de la movilidad.

La realidad es que, aunque algunas de sus operaciones han sido rentables, los desembolso en Uber –con una salida a bolsa muy floja para lo que se podría esperar– y WeWork han supuesto casi 6.000 millones de euros de pérdidas para Softbank.

Y es precisamente su estrategia en estas dos compañías lo que estaría haciendo perder brillo a Sofbank y a su modelo de inversión. La idea de invertir capital en compañías nuevas –y en muchos casos polémicas–, aportar grandes proporciones de dinero para hacerlas crecer rápido con una fuerte estrategia de control por parte del fondo –bajo una técnica proteccionista–, llevarlas a bolsa y ya ahí, en los mercados públicos, ganar lo máximo posible no ha resultado del todo viable en sus últimas operaciones. Especialmente ahora que los mercados públicos no son garante de ningún éxito financiero para las tecnológicas. Y lo cierto es que esto no ha gustado a los propietarios de empresas tecnológicas y, mucho menos, a un Silicon Valley ahora muy sensible por la crisis del coronavirus.

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