– Ago 9, 2019, 15:30 (CET)

No todo es calor y hielo derretido: cinco raras consecuencias del cambio climático

Desde aumentos en las turbulencias de los aviones hasta mayores diferencias económicas entre ricos y pobres.

Aunque haya quien se atreve todavía a desmentirlo, el cambio climático es una realidad que ya está haciendo estragos en todo el mundo, a través de sucesos como la fusión del hielo del Ártico o el desarrollo de todo tipo de fenómenos meteorológicos extremos.

Ambas son consecuencias lógicas de una modificación en el clima global. Pero el cambio climático no se reduce solo a eso. Los efectos que genera son más numerosos, y algunos de ellos realmente sorprendentes. Muchos ya han empezado a manifestarse, otros no tardarán en hacerlo y, probablemente, algunos que ahora mismo no podríamos creer acabarán sucediendo en un futuro. Estos son cinco de los que, por desgracia, ya comienzan a aparecer.

Pescado con más mercurio

Según un estudio publicado recientemente en Nature de la mano de científicos de la Universidad de Harvard, el aumento de las temperaturas marinas y la sobrepesca están comenzando a generar un aumento en los niveles de mercurio en algunos peces de consumo humano, como el bacalao.

Han llegado a esta conclusión gracias a un modelo elaborado a partir de parámetros del agua extraídos durante los últimos 30 años en el Golfo de Maine. Estos datos contaban también con información sobre el contenido de los estómagos de los ejemplares pescados en ese periodo de bacalao del Atlántico y mielga. Así descubrieron que en el primero los niveles de metilmercurio aumentaron entre un 6% y un 20% a partir del año 2000, mientras que en el segundo lo hicieron entre un 33% y un 61%. ¿Pero qué es exactamente el metilmercurio y a qué se debe este aumento, tan diferente en ambos peces?

El metilmercurio es un compuesto derivado del mercurio, que puede almacenarse en la carne de los depredadores marinos y, tras su consumo en dosis elevadas, causar daños neurotóxicos. Tanto el bacalao como la mielga solían comer arenques. Sin embargo, la sobrepesca de estos peces en los 70 llevó a que poco a poco tuviesen que cambiar su alimentación, tomando direcciones opuestas. El primero optó por peces pequeños, con bajos niveles de metilmercurio, mientras que la mielga se pasó a los cefalópodos, cuyo contenido en esta sustancia es mucho mayor. Quedaba saber qué papel jugaba el aumento de las temperaturas del agua, pero el modelo también tenía una respuesta para esto, ya que al calentarse esta los depredadores necesitan más energía para nadar, lo cual supone más calorías, que se consiguen aumentando las reservas de grasa procedentes de sus presas y, con ellas, el metilmercurio.

Aumentan las turbulencias

Esta semana se publicaba también en Nature otro estudio en el que se ponía de manifiesto otra curiosa consecuencia del cambio climático: el aumento de las conocidas como turbulencias en aire claro.

Este trabajo es el primero en detectar un aumento estadísticamente significativo en la cizalladura vertical del viento en las altitudes de la corriente en chorro a través del Atlántico Norte. Esto quiere decir que se incrementan las variaciones en la dirección y la velocidad del viento a medida que se asciende.

La principal impulsora de las corrientes de aire en esta zona es la diferencia de temperatura entre el ecuador y el polo norte, de modo que, cuanto mayor sea, más fuertes soplarán las corrientes de chorro de aire de oeste a este. Este estudio, llevado a cabo por meteorólogos de la Universidad de Reading, señala que en las latitudes más altas, incluida la estratosfera más baja sobre el polo, las temperaturas han disminuido como consecuencia del rápido cambio climático del Ártico.

Por otro lado, en la troposfera superior, sobre el ecuador, las temperaturas han aumentado, por lo que el contraste entre ambas es mayor y, por lo tanto, también los chorros de aire. Pero solo en la troposfera superior, ya que por debajo este gradiente se ha hecho menor.

Todo esto, según las conclusiones del estudio, está afectando a la cizalladura y, por lo tanto, a las turbulencias; que, de hecho, fueron responsables el pasado mes de marzo del aterrizaje de emergencia de un vuelo Estambul-Nueva York en el que el súbito vapuleo del avión causó heridas en varios pasajeros y miembros de la tripulación.

Extinción de parásitos (y no, no es bueno)

El cambio climático ha conducido en los últimos años a la extinción de numerosas especies, como un caracol de Hawái o la rata Melomys rubicola. Pero no son ni mucho menos los únicos que sucumben a lo que está ocurriendo con las temperaturas y las precipitaciones.

La extinción de ciertos animales también conlleva la desaparición de sus parásitos; que, de hecho, se consideran especialmente sensibles a esta situación. Tanto, que en 2017 un equipo de científicos estadounidenses llevó a cabo una investigación en la que se concluía que un tercio de ellos podrían no estar entre nosotros para 2070. Las más afectadas eran las pulgas y las garrapatas, mientras que otros, como los piojos, tenían más posibilidades de adaptarse a nuevos escenarios. ¿Pero por qué vemos todo esto como un problema? Al fin y al cabo, los parásitos suelen ser causantes de numerosas enfermedades.

Esto es cierto, como también lo es que son esenciales para el correcto funcionamiento de los ecosistemas por diversas razones. Por ejemplo, ayudan a regular el sistema inmunológico de los animales. Además, alteran su comportamiento, facilitando la transición de biomasa entre diferentes niveles de un mismo ecosistema. Por todo ello, según concluían los autores de este trabajo, su pérdida conllevaría también el fin de otras especies no parasitarias.

Resurrección de enfermedades

Si hay que apuntar a un claro impulsor de la resurrección de enfermedades casi desaparecidas, este es sin lugar a dudas el movimiento antivacunas. Sin embargo, y por desgracia, no es el único. El cambio climático también ha puesto en los últimos años su granito de arena para que ciertos agentes infecciosos que habían quedado latentes bajo el hielo vuelvan “a la vida”, en forma de zombies microscópicos, sedientos de hospedadores a los que infectar.

Bajo el permafrost-la capa de tierra y hielo que se encuentra permanentemente congelada-se esconden muchos secretos, que solo saldrían a la luz en el caso de que un aumento inapropiado de las temperaturas lo llevara a derretirse. Y esto es algo que ya ha empezado a suceder; a causa, cómo no, del cambio climático.

Bajo él pueden encontrarse todo tipo de fósiles, algunos de gran valor científico, pero otros en forma de regalo envenenado. Esto último fue precisamente lo que ocurrió en 2016, cuando numerosos pastores nómadas comenzaron a caer enfermos en Siberia, a causa de una enfermedad sin identificar. Las personas de más edad encontraban parecido en los síntomas con la conocida como “plaga siberiana”, de la que no se había dado ningún caso desde 1945. No parecía probable, pero todo cuadraba. Para cuando descubrieron lo ocurrido más de 2.000 renos habían muerto y también un niño. Todos ellos habían fallecido a causa del ántrax, una enfermedad transmitida por la bacteria *Bacillus anthracis, que hacía 75 años había matado a un reno, cuyo cadáver acababa de emerger tras la fusión del hielo en el que había quedado enterrado y conservado.

Pero este es solo el comienzo de lo que podría ser una situación muy grave. De hecho, el informe sobre el estado del Ártico de 2018 contempla que enfermedades como la viruela, la única infección humana que han logrado erradicar las vacunas, o la gripe española, podrían volver a la vida a causa de la desaparición del permafrost.

El “apartheid climático”

Otra de las consecuencias más terribles del cambio climático es cómo puede influir en aumentar las diferencias económicas entre las zonas más ricas y las más desfavorecidas del planeta.

Esto es algo que se expuso el pasado mes de junio en un alarmante informe de la ONU, que calculaba que para 2030 podría haber en la pobreza 120 millones de personas más que en la actualidad. Además, se recuerda que el cambio climático amenaza con deshacer los últimos 50 años de progreso en el desarrollo, la salud mundial y la reducción de la pobreza. ¿Pero por qué?

Básicamente, la razón reside en que las personas en situación de pobreza tienden a vivir en las zonas más afectadas por el cambio climático, en viviendas menos resistentes, de modo que su pérdida es aún mayor cuando se da una catástrofe y, para colmo, no cuentan con recursos suficientes para solucionarlo. Por otro lado, el informe recuerda que dichos ciudadanos obtienen menos apoyo de las redes de seguridad social o del sistema financiero para prevenir o recuperarse tras este tipo de impactos.

Pero no solo les afectaría la pérdida de infraestructuras, sino también el mal desenlace de las cosechas de las que procede buena parte de su economía.

Todo esto está llevando a una situación terrible, que resume muy bien en el informe el relator especial de la ONU Philip Alston: “Nos arriesgamos a un escenario de apartheid climático, en el que los ricos pagan para escapar del sobrecalentamiento, el hambre y los conflictos, mientras que el resto del mundo sufre".