– Jun 12, 2019, 17:29 (CET)

La tentación de lo macabro: de Medellín a Chernóbil, la nueva oleada del «turismo oscuro»

El fenómeno de audiencia y crítica de la miniserie Chernobyl de HBO, desató una nueva oleada del llamado turismo oscuro. La zona de exclusión radiactiva en la que ocurrió el mayor desastre nuclear de nuestra época, se ha convertido en un nuevo centro de peregrinación de influencers, curiosos y todo tipo de buscadores de emociones que llegan con la intención de saborear el riesgo que supone aún el perímetro de los pueblos abandonados.

Una mujer posa para una selfie vestida sólo con un bikini blanco sobre la piel tostada por el sol. La imagen la muestra de pie en un lugar con un aire abandonado y ruinoso que lleva esfuerzos distinguir del todo. Sólo gracias a la geolocalización de la fotografía, el espectador sabrá que la fotografía de influencer @nz.nik fue tomada en Pripyat, Ucrania, muy cerca de la zona de exclusión radiactiva que cierra el perímetro de Chernobyl

No se trata de un caso único: desde el estreno de la miniserie de cinco capítulos de HBO, el llamado turismo oscuro encontró un nuevo lugar de peregrinación: la ola de popularidad del show televisivo convirtió el lugar en que ocurrió la debacle nuclear, en un escenario ideal para satisfacer la curiosidad colectiva por los lugares macabros y siniestros. Las redes sociales, pero sobre todo Instagram, se encuentran llenas de fotografías de viajeros y celebridades menores del mundo virtual, dejándose ver en el lugar de la tragedia en tono de burla y chanza.

El fenómeno no es reciente, aunque se ha hecho más notorio desde que la ciudad abandonada de Pripyat se convirtiera en el nuevo objetivo de curiosidad morbosa. En la serie de Netflix, Dark Tourism (2018), el periodista neozelandés David Farrier recorre los lugares más peligrosos del mundo, en una aproximación al llamado fenómeno del tanatoturismo o lo que es lo mismo, la recreación de una tragedia a través de visitas guiadas a lugares en el ocurrieron hechos especialmente graves o cruentos. Para Farrier, todo es cuestión de una morbosa curiosidad por la violencia, la muerte y el dolor. En el primer capítulo del show, Ferrier recorre los lugares más controversiales de Latinoamérica, que incluye una visita aMedellín, Colombia para conocer el que fuera el hogar del capo de la droga, Pablo Escobar.

A Ferrier no parece importarle demasiado las víctimas que se le atribuyen a la siniestra figura criminal (casi 250, incluyendo a su novia), sino la posibilidad de disfrutar de una atracción turística macabra. Pero el programa va más allá: en segundo capítulo, el periodista lleva a cabo una excursión a Japón, en específico a las instalaciones de la central nuclear de Fukushima, devastada casi en simultáneo por un terremoto y un tsunami en 2011. 

Farrier llega al borde mismo de la zona de exclusión radioactiva: Lo hace sosteniendo un contador Geiger, que muestra la forma en que las lecturas por posible contaminación aumentan de manera progresiva, en algunos puntos 50 veces más alto de lo que las indicaciones del gobierno japonés consideran seguro. Pero esa parece ser la real diversión de todo lo Farrier muestra: el riesgo en estado puro y subvertir la noción de respeto por una zona en la que ocurrió un evento trágico. 

No es el único: la serie es el rostro más visible de una tendencia que transforma el turismo en un riesgo calculado y también, en una caricaturización de tragedias históricas. Este tipo de recorridos tiene por objetivo utilizar el recuerdo de la tragedia como un aliciente para el éxito de la excursión. El turismo oscuro saca partido de la mirada irreverente a los lugares más oscuros de la historia moderna. De la misma forma que la legión de turistas que ahora viajan para fotografiarse entre las ruinas de Pripyat en poses irrespetuosas, la curiosidad morbosa parece ser el motor de una nueva forma de comprender el peso específico de lugares y monumentos históricos de considerable simbolismo. 

El término “turismo oscuro” nace en 1996, a partir de la publicación del libro del mismo nombre, escrito a cuatro manos por los investigadores J. John Lennon y Malcolm Foley. En el texto los autores reinterpretan tragedias especialmente sangrientas ocurridas en lugares turísticos tan simbólicos como la Torre de Londres o el Muro de Berlín. El recorrido literario tenía por objetivo brindar contexto a hechos violentos y sangrientos en lugares que por lo general no se relacionan de manera directa con sucesos semejantes. Pero la investigación abrió la puerta a que el turismo tradicional, encontrara una nueva vertiente basada en la curiosidad por atrocidades y tragedias. Con el correr del tiempo, este tipo de recorridos se hicieron cada vez más populares, pero y más cercanos a la burla involuntaria que una mirada alternativa a lugares y sucesos de violentos. 

El comportamiento inapropiado  —las fotografías poses burlonas o directamente humorística en lugares en que ocurrieron todo tipo de tragedias— ya forma parte de objetivo de cualquiera de los recorridos. Desde la zona cero en Nueva York hasta visitas al campo de concentración Auschwitz en Polonia, el turismo oscuro se ha convertido en una opción popular y finalmente, en una subcultura que menosprecia la trascendencia de tragedias a través de su banalización y trivialización. 

Sobre todo, el turismo oscuro plantea la disyuntiva del análisis y la interpretación de sucesos de índole Universal y de considerable importancia histórica. ¿Es válido que David Farrier recorra la ciudad de Medellín con más interés en la memoria latente del narcotraficante y asesino Pablo Escobar, que en la reflexión del impacto de sus sangrientos crímenes? ¿Puede catalogarse como “irrespetuoso” el hecho que numerosos visitantes a diferentes campos de concentración alrededor de Europa se tomen selfies en posturas graciosas en los mismos lugares en que millones fueron asesinados? 

Este último fenómeno provocó que la cuenta Twitter de los conservadores del museo de Auschwitz, pidieran a través que los turistas respetaran la memoria de las víctimas, para evitar la difusión de imágenes frívolas del complejo. La queja pública de la Institución abrió un complicado debate sobre cómo debe comportarse el turista promedio que visita lugares semejantes o al menos, la actitud que debe tomar hacia el recuerdo de los hechos ocurridos en él. 

Lo mismo ocurre  —aunque de manera más directa y agresiva—  en lugares como el mausoleo de Ho Chi Minh en Vietnam, en que una guardia de honor se asegura que haya orden y respeto para la memoria del fallecido líder. Otro tanto ocurre, en el denominado Cuartel de la Montaña en Caracas, Venezuela, en donde se encuentran los restos del expresidente Hugo Chávez: el lugar se ha convertido en motivo de peregrinación de seguidores y curiosos, por lo que es constantemente custodiado por un grupo de hombres y mujeres que mantienen un orden militar en las instalaciones. 

Pero son casos aislados: el turismo oscuro es un motivo de un considerable lucro y sobre todo, una nueva forma de diversión, acorde con la irreverencia de las jóvenes celebridades de las redes sociales. Lo ocurrido con Pripyat y sus zonas circundantes y los influencers que han tomado por asalto el lugar para fotografiarse riendo, saltando o haciendo muecas rodeados de los vestigios de una tragedia colosal, demuestra que la fascinación mórbida por la tragedia es una tentación muy atractiva para pasarla por alto. En especial para una generación que reflexiona sobre sus símbolos y la historia que le rodea sobre la posibilidad de desacralizar la percepción que se tiene acerca de sus implicaciones. 

Aunque para llegar a la zona de exclusión ucranianas se necesita un permiso especial al que sólo tienen acceso residentes y trabajadores, la contratación de servicios privados aumentó casi en un 30% y se espera que durante el verano aumente aún más. El mensaje es claro: Entre la indignación, la sorpresa y también el desconcierto, el más reciente fenómeno del turismo oscuro, demuestra que la mirada de la cultura pop sobre los lugares y tragedias que forman parte de la historia contemporánea es más superficial que nunca. Una realidad que difícilmente pueda comprenderse ahora mismo en toda su extensión.