Por lo que estamos viendo en ciertas ficciones cinematográficas y televisivas famosas de los últimos años, incluir un epílogo con escenas poscréditos como hace Marvel Studios —ahí están desde las de Avengers: Infinity War (Joe y Anthony Russo, 2018) o Ant-Man y la Avispa (Peyton Reed, 2018) hasta las de Deadpool 2 (David Leitch, 2018), por ejemplo— se ha convertido en una especie de moda. En Jurassic World 2: El reino caído (Juan Antonio Bayona, 2018) añadieron una bastante innecesaria; y en el final de la temporada dos de Westworld (Jonathan Nolan y Lisa Joy, desde 2016), otra de la que sí se puede sacar jugo. Y ahora le ha tocado a la serie de fantasía con la que Matt Groening desembarcó hace muy poco en Netflix con Josh Weinstein, la desigual (Des)encanto.

En la escena poscréditos de esta divertida aventura de animación, se ve en primer lugar el cadáver de Elfo, aún extrañamente incorrupto, flotando en una orilla y, de pronto, dos figuras con brazaletes en los brazos y escamas en lo que deberían ser sus extremidades inferiores lo asen por las muñecas y lo sacan del mar. El no elfo de ya no redundante nombre —pues descubrimos en “To Thine Own Elf Be True” (1x09) que no pertenecía a esa especie y que a su padre elfo también le gustaban “las mujeres grandes”— había fallecido tras ser alcanzado por una flecha de los soldados de Utopía que trataban de impedir que la princesa Bean, el demonio Luci y Elfo cerraran la puerta del país mágico de este último y, al final de ese mismo episodio, Bean opta por la resurrección de su madre en vez de por la del pobre y enamorado Elfo.

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Netflix

Y en “Dreamland Falls” (1x10), en final de temporada cuyo título se refiere tanto a la caída del reino de Utopía como a la catarata que cae desde la peña en la que se erige el castillo del rey Zøg, resulta evidente que la decisión de Bean fue errónea: su madre, la reina Dagmar, ha traicionado a su esposo, a los integrantes de la corte —Conjurio, Odval—, la soldadesca real —Pendergast y sus hombres— y la servidumbre —Bunty— y a su país, petrificando a casi toda la población, con el mismo veneno que por la inconsciencia de la bebé Bean le había afectado a ella misma años atrás, supuestamente, para que se cumpla el destino misterioso de su hija. Ni Zøg ni Luci han sido transformados en piedra como los demás pero, según el sonido que escuchamos y lo que dice el segundo tras doblar una esquina del castillo silencioso, el siniestro exorcista y malvado Gran Jo habrá vuelto a meter al diablillo en un tarro.

Pero, antes de esta catástrofe imprevisible y ruin, la pelea de Dagmar con la reina Oona en el funeral de Elfo terminó cuando ambas le propinaron un buen golpe al féretro transparente y el difunto rodó por la pradera hasta precipitarse al río y por la catarata luego al mar. Ese mar del que le sacarían más tarde unas criaturas que, por los detalles escasos que nos proporcionan de su aspecto, deben de ser sirenas, a las que no habíamos podido ver en el episodio “For Whom the Pig Oinks” (1x02) porque el príncipe Merkimer —que acabaría convertido en cerdo— había nadado hacia la isla Morsa y no hacia la isla Sirena, dos peñones gemelos y contiguos en mitad de las aguas neblinosas, al oír el canto tradicionalmente enloquecedor de las que se supone que habitan las cercanas a las costas de esta última, truncando los planes de Bean para no contraer matrimonio con dicho individuo. Sin embargo, lo único seguro es que tendremos que esperar a la segunda temporada para que nos resuelvan las incógnitas.