En las cosas más comunes que usamos día a día se esconden historias fascinantes. Este es el caso de las sábanas y cobijas y nuestra imperiosa necesidad de cubrirnos con ellas por las noches (o cada vez que vamos a tomar una siesta). ¿Por qué nos cubrimos con ellas y desde cuando se volvió una práctica común? Repasemos un poco sobre estos asuntos.

Si bien la necesidad de los humanos de protegerse del clima es tan antigua como los humanos mismos, los primeros vestigios de sábanas los encontraremos en el Egipto antiguo, alrededor del año 3500 A. C. Ya para la época del Imperio romano las cobijas de lana y las de algodón eran usadas; en ambos casos sólo por las clases privilegiadas. Esta tendencia siguió por varios siglos más, durante la Edad Media por ejemplo, las ropas de cama y la cama en sí misma eran los artículos más costosos en las casas. Debido a su alto valor era común que estas se figuraran en los testamentos.

Sábana antigua de lino, aproximadamente de 1800

Mientras que dormir es una actividad inherente a la vida de los humanos, las camas como las conocemos hoy en día tienen poco tiempo entre nosotros. En muchos países las familias acostumbraban a dormir juntas en una sola habitación y las ropas de cama prácticamente se reducían a unas cobijas compartidas con los demás compañeros de habitación y de sueños.

En la época victoriana las cosas comenzaron a cambiar y los cuartos privados y las ropas de cama comenzaron a ser un práctica común. La Revolución Industrial puso lo suyo pues se agilizó la confección de toda clase de artículos, incluyendo todo el material para dormir como colchones, camas, sábanas y cobijas.

¿Por qué las usamos?

Photo por Luma Pimentel en Unsplash

Aunque puede parecer un asunto obvio y podemos decir (y tendremos razón) que nos cubrimos por la noche simplemente para protegernos del frío, lo cierto es que esta actividad tiene mucho más que contarnos sobre nosotros mismos.

Podemos empezar aceptando que dormir es un asunto bastante serio. Supone la tercera parte de nuestras vidas y durante los periodos de sueño suceden muchas cosas vitales para el cuerpo como, claro, el descanso, pero más que eso es necesario para nuestro cerebro. Durante el sueño se desencadena una especie de "limpieza" profunda del cerebro pues se eliminan subproductos neurotóxicos acumulados durante la vigilia.

Además de estos vitales asuntos, en el cuerpo también suceden distintos procesos y por ellos se podría explicar que en muchos países tropicales también se usan sábanas para cubrirse por las noches. Esto se debe a que el cuerpo baja su temperatura poco antes de dormir y durante los periodos de sueño. Esta caída en la temperatura está relacionada con el aumento de melatonina, hormona relacionada directamente con los ciclos de sueño. De hecho se aconseja no abrigar demasiado los pies (o mejor dejarlos descubiertos) para facilitar e inducir el sueño.

Durante las fases del sueño la temperatura decae aproximadamente 1 o 2 grados. En esta etapa es más difícil para el cuerpo regular su temperatura y si aunamos el descenso de la misma en el clima de la noche-madrugada tendremos la respuesta que nos tiene aquí: necesitamos cubrirnos para compensar la caída de la temperatura corporal causada por los vitales procesos de sueño. Por otro lado se ha encontrado que las cobijas ayudan al cuerpo en la producción de serotonina, hormona relacionada con las sensaciones de tranquilidad, la calma y el bienestar, que también decae durante las fases profundas de sueño.

Otras explicaciones apuntan a que ese bienestar que sentimos al usar sábanas y ropa de cama en general (más allá de las condiciones climáticas) se debe al condicionamiento que recibimos desde nuestro primer aliento de vida. Al recién nacido se le cubre con una sábana al nacer y durante mucho tiempo esta prenda es parte importante de los objetos inmediatos que lo rodean. ¿Será que las sábanas nos provocan un sentimiento de protección y por ello seguimos usándolas durante toda la vida? Puede ser, pero esto no le quita nada a lo bien que se siente meternos en nuestra cama y taparnos para disfrutar una buena noche de descanso.