Al publicar su biografía de Leonardo Da Vinci, en 2004, el historiador Charles Nicholl optó por el que, sin duda, es uno de los títulos que mejor atrapa la esencia del genio toscano: The Flights of the Mind, traducido como El vuelo de la mente en su edición española. Si por algo destacó Da Vinci fue por su insaciable apetito de conocimientos. El trote de un caballo, las ondas de un estanque, el elegante aleteo de uno de los halcones que sobrevuelan su Vinci natal, un arbusto que lucha por abrirse paso entre las rocas, el murmullo de una fuente… El más nimio de los detalles hacía saltar la inteligencia de Leonardo como un poderoso resorte. Si una idea prendía la chispa de su genio -y era fácil que ocurriera- su poderosa imaginación desplegaba las alas como un pterodáctilo desperezándose.

El mejor reflejo de ese Da Vinci efervescente está en las páginas manuscritas de sus cuadernos. En ellas garabateó nombres, listas, cálculos, apreciaciones… incluso dibujos jocosos, chistes -a los que era aficionado- y comentarios vulgares. Célebre es la página que hacia 1518 llenó con sesudas reflexiones geométricas y que, de forma brusca, se interrumpen con una confesión desenfadada que casi nos permite asomarnos al día a día del genio: “La sopa se enfría”. Sus anotaciones, trazadas con su particular escritura especular, son la caja negra de ese trepidante vuelo mental al que se refiere Nicholl. Casi 500 años después de su muerte, nos permiten sondear la intimidad del toscano. Y uno de los “secretos” que descubrimos son sus referentes, las personas a las que admiraba y tomó como modelos.

El hombre que simbolizó el Renacimiento

Porque sí, Da Vinci, el maestro de maestros, el creador polifacético que legó a la posterioridad joyas como La Gioconda o La última cena, también tenía su propio altar de admirados. Dos destacan de forma especial: Paolo dal Pozzo Toscanelli (1397-1482) y León Battista Alberti (1404-1472). Sus ideas impregnan los cuadernos de Leonardo. En el caso de Battista Alberti, el toscano llegó a tener libros suyas y es muy probable que estudiara su tratado “De pictura” durante sus años de aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio.

Quien más influyó en el joven Da Vinci fue Alberti. Oriundo de Génova, este hombre de múltiples y vastos talentos tenía 48 años cuando nació Da Vinci. En el libro La ciencia de Leonardo, Fritjof Capra explica que el toscano se sintió “fascinado” por él durante sus años de aprendizaje. “Lo leyó con avidez, comentó sus escritos y le emuló en su propia vida y obra”, apunta. También Nicholl detecta el “eco” de las ideas de este genovés en los cuadernos de Da Vinci. “Para él, el hombre que simbolizaba más que ningún otro el nuevo espíritu del Renacimiento era León Battista Alberti”, apostilla.

La fascinación del futuro autor de La dama del armiño durante sus años de aprendiz está bien justificada. Para muchos autores, Alberti es “el primer hombre del Renacimiento”. Su amplio abanico de habilidades no le va a la zaga al propio Leonardo. Matemático, arquitecto, estudioso de la antigüedad clásica, tratadista, músico, poeta, astrónomo… A lo largo de sus 68 años cultivó una rica variedad de disciplinas.

Alberti, un pionero de la perspectiva

Quizás por influencia de su padre, un próspero mercader, Alberti volcó gran parte de su talento en las matemáticas. “Nada me agrada tanto como las investigaciones matemáticas y las demostraciones”, dejaría escrito el genovés. Pero si su progenitor había aplicado los cálculos a los negocios, León optó por ligarlos al arte y plasmarlos en sus estudios sobre la perspectiva y la arquitectura.

En su tratado De pictura, escrito en 1435, Alberti teoriza sobre la representación con perspectiva, técnica que tanta importancia adquiría en el arte renancentista. “Sus principios siguen siendo tan básicos para la ciencia de la perspectiva como lo es Euclides para la geometría plana”, apunta el historiador Joan Kelly-Gadol.

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En las páginas de la Enciclopedia Britannica, Kelly-Gadol resalta también el peso de Alberti como astrónomo, geógrafo y topógrafo. El genovés trabó amistad con Donatello y Brunelleschi, pareja que influyó en sus teorías sobre la perspectiva. También con otro de los referentes de Da Vinci: Toscanelli, figura con un peso capital en la geografía. “Fue él quien proporcionó a Colón el mapa que lo guió en su primer viaje”, recuerda Kelly-Gadol. Hacia 1474 había enviado una carta a Fernao Martines en la que exponía que el camino más corto para llegar a las costas de Asia era navegar hacia el Oeste por el Atlántico. “Es posible que Colón llegara a conocer dicha carta a través de su relación con el rey de Portugal”, especula Nicholl.

Médico, matemático, astrólogo, astrónomo y geógrafo… Toscanelli comparte el espíritu poliédrico y diletante de sus dos compatriotas. Para su faceta de cartógrafo echó mano de los relatos de Marco Polo y Nicolás de Conti. “Paolo recorre la tierra con sus pies y el cielo estrellado con su mente, y es a la vez mortal e inmortal”, escribiría sobre él el destacado poeta y filólogo Angelo Poliziano.

León y Leonardo, una vida fugaz

La arquitectura es otro de los campos que ha inmortalizado el nombre de León Battista Alberti. Su genio se plasmó en varias construcciones de Florencia, como las fachadas de Santa María de Novella o el Palazzo Rucealli. Su mano puede apreciarse también en la iglesia de San Franceso (Rímini) o templos ubicados en San Sebastiano y Sant´Andrea, ambos en la ciudad lombarda de Mantua. Su genio matemático se volcó en la arquitectura y floreció en su tratado magno: los diez volúmenes que conforman De re aedificatoria, publicado en 1452.

Su extenso currículo se completa con su faceta de literato y su prolija vena de tratadista. “Hizo libros de la vida civil y algunos otros de amor en prosa y verso”, relata Giorgio Vasari en su célebre antología Las vidas. El biógrafo e historiador del arte incide en esa faceta de teórico consumado de la que hacía gala el genovés. “No hay entre los artistas modernos quien le haya podido superar en la escritura, aunque muchos otros hayan sido mejores que él practicando estas artes. Superó a todos aquellos que lo habían superado a él en la práctica”, dejó escrito Vasari con cierto toque irónico.

santa maría de la novella
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El genio poliédrico no fue el único rasgo que compartieron Da Vinci y Alberti, Leonardo y León. La curiosidad vigorosa, voraz, que les llevó a zambullirse en todo tipo de campos y emprender los más diversos estudios, también les generó al final de sus días cierta sensación de vacío. Da Vinci murió con 67 años; Alberti, con uno más, 68. Dotados de un ingenio titánico, la vida sin embargo se les hizo demasiado corta para alcanzar un sentimiento de culminación.

De Leonardo se sabe que hacia el final de sus días sintió el peso de las obras inacabadas. También Alberti se lamentaba en sus últimos años, con su estilo poético, de la fugacidad de la vida. Nicholl explica cómo con la llegada de la primavera el genovés se sumía en una profunda tristeza: “La profusión de flores y frutas le mostraba cuán poco había producido en su vida”. Ironías de los grandes genios, dos de los humanistas más prolíficos y de poderosa curiosidad envejecieron con la amarga frustración de no haber hecho lo suficiente.

El instructor que impulsó el vuelo de Da Vinci

Otro rasgo común a ambos humanistas es que fueron hijos ilegítimos. Esa condición marcó sus personalidades y relaciones sociales. Aunque no de la misma forma. Mientras Alberti estudió en Padua y acudió a la Universidad de Bolonia, lo que le permitió adquirir un magnífico nivel de latín, Da Vinci jamás recibiría una educación reglada -más allá de la obtenida en taller de Verrochio, sus estudios particulares y sus contactos con eruditos-. Una de las consecuencias de esa carencia es que nunca dominó el latín, lengua del saber ortodoxo.

El vinciano y el genovés guardaban parecidos incluso en cuestiones mucho más mundanas. Si hemos de creer a Giorgio Vasari, tanto uno como otro lucían buena planta y eran atractivos. También estaban dotados de un físico vigoroso. De Da Vinci se cuenta que era capaz de doblar una cerradura con el puño. El vigor de Alberti no sería menor. Cuenta la tradición que era capaz de lanzar una moneda dentro del Duomo de Florencia y que la pieza de metal alcanzase la parte superior de la cúpula. El tono que emplea Vasari en sus textos tiene sin embargo un deje hagiográfico y es difícil saber cuánto de cierto hay en los numerosos elogios que atribuye, por ejemplo, a Leonardo.

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Se excedan (o no) los “piropos” de Vasari, lo que sí revelan las notas de Leonardo es la influencia que ejerció en su estudio el legado de Alberti y Toscanelli. En ellos vio tal vez un refrescante impulso intelectual. Si la mente de Leonardo Da Vinci fue un planeador -o incluso un potente Boeing 747-, sus predecesores de Génova y Florencia quizás puedan señalarse como los instructores de vuelo.