La decisión de Netflix de apostar por las producciones nacionales de los países en los que se asienta y no sólo por distribuir contenido propio realizado en Estados Unidos es, antes que nada, una muestra de respeto por los creadores internacionales, y sirve para aprovechar a los cineastas talentosos de todo el mundo sin que sea preciso tragárselos como acostumbra Hollywood. En ocasiones, el asunto no sale precisamente a pedir de boca, como con la serie española Las chicas del cable (Ramón Campos, Teresa Fernández-Valdés y Gema Neira, desde 2017), pero otras veces va de maravilla, y eso es lo que ha sucedido con la alemana Dark, del suizo Baran bo Odar y la germana Jantje Friese, que desde el comienzo consigue hacernos salivar con las ideas fantásticas que plantea, no sin provocarnos una inquietud alarmante.

Y su planificación visual serena y metódica la sostiene, ayudada por unos guiones que estimulan la curiosidad ante el misterio que van desentrañando sin prisa, con cuentagotas y una gratificante sutileza, y por la banda sonora sugerente de Ben Frost. Se ve enriquecida además por algún plano secuencia y montajes paralelos musicalizados que favorecen la comprensión de las metáforas laberínticas y aumentan el efecto asombroso de las revelaciones, mimando a la vez el suspense y, con ello, las expectativas del espectador agradecido, quien sólo las verá venir mucho antes si presta verdadera atención y sabe aplicar la lógica narrativa que tal vez haya aprendido en otros visionados fundamentales, o incluso sin necesidad de ellos.

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Dark, con sus enigmas de pueblecito frío y boscoso, huele menos estilísticamente a la popera y monstruosa o lovecraftiana Stranger Things (Matt y Ross Duffer, desde 2016), por mucho que digan, y más a las también europeas Les revenants (Fabrice Gobert, desde 2012) y Broadchurch (Chris Chibnall, 2013-2017); y si la forma es contenido, esto la acerca más ambas que a la exitosa serie estadounidense pese a los claros elementos en común, si bien incluye otros similares a los que componen las creadas por Gobert y Chibnall. Y como ellas, es bastante más adulta y menos complaciente que Stranger Things, sin humor ni personajes entrañables sino rotos por dentro, con su amargura y su invencible soledad, sus mentiras y secretos inconfesables.

Pero lo que nos asalta la memoria en su segundo tramo y, sobre todo, durante la traca final es la que podemos distinguir como la mejor y, así, más disfrutable temporada de Perdidos (J. J. Abrams, Jeffrey Lieber y Damon Lindelof, 2004-2010) y extravagancias como Predestination (Michael y Peter Spierig, 2014), adaptación del relato “Todos vosotros, zombis”, escrito por Robert A. Heinlein. Y no solamente eso, pues hay un estupendo detalle murmurador y un comentario explicativo que remiten a la saga de películas más recurrente en los últimos años sobre la materia: la de Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985-1990), a la que también se menciona u homenajea en otras series recientes, como Legends of Tomorrow (Greg Berlanti, Marc Guggenheim, Phil Klemmer y Andrew Kreisberg, desde 2016) y Future Man (Howard Overman, Kyle Hunter y Ariel Shaffir, desde 2017).

Sin embargo, no bastan estos antecedentes para entender por completo de dónde ha salido Dark. Acaso retrotraerse hasta Twin Peaks (David Lynch y Mark Frost, desde 1990) resulte excesivo, pero en absoluto lo es considerar que la destacable Silencio de hielo, película dirigida por el propio Bo Odar en 2010 con la producción de Friese —que coguionizó en 2014 otra del suizo, Who Am I: Ningún sistema es seguro— y que adapta la novela homónima del alemán Jan Costin Wagner, ya tenía factores parecidos en su trama criminal. Por otro lado, mientras que la muy entretenida y satisfactoria Stranger Things se ceba en la nostalgia por los años ochenta del siglo pasado, hasta el punto de que probablemente se la sobrevalore por eso, Dark sólo se sirve de esa década para su proposición narrativa por necesidad pura, sin montones de referencias culturales.

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Al reparto no se le puede poner ni una tacha, desde la intensidad de Oliver Masucci (Ha vuelto) como Ulrich Nielsen, la medida confusión que elabora Louis Hofmann (Land of Mine) al dar vida a Jonas Kahnwald o la severa concentración de Karoline Eichhorn (Silencio de hielo) para Charlotte Doppler, pasando por Maja Schöne (El lugar del crimen) en la piel de la peligrosa Hannah Kahnwald, Jördis Triebel (Babylon Berlin) interpretando a la difícil Katharina Nielsen o Deborah Kaufmann (Las partículas elementales) al encarnar a la nerviosa Regina Tiedemann, hasta Stephan Kampwirth (Who Am I: Ningún sistema es seguro) como el desazonado Peter Doppler, Mark Waschke (Hijos del Tercer Reich) como del maligno Noah o Andreas Pietschmann (Belle y Sebastián) como el extraño desconocido.

Y conforme se desarrolla la intriga fenomenal a lo largo de diez capítulos que mantienen un buen nivel en todo momento, sin altibajos inoportunos que echen a perder su solidez meritoria e indiscutible, la inquietud y el asombro de los espectadores está a punto de transformarse en fascinación gracias a su complejo esquema narrativo de puzle, cuyas piezas se enraizan en la mejor tradición del drama coral y de la fantasía y la ciencia ficción espaciotemporales. Qué gusto encontrarnos con una propuesta como Dark a estas alturas del género y de la edad de oro televisiva, qué bien ha jugado sus cartas para conseguir que nos declaremos dispuestos a devorar una deseable segunda temporada y qué larguísima se nos va a hacer la espera hasta que llegue.