Sabemos muy bien que, cuando aparece en el horizonte una serie de televisión prometedora y que luego se revela como una obra de cine más que decente, los espectadores de buena voluntad albergan la esperanza de que mantenga el tipo a lo largo de las temporadas que dure, e incluso que prospere. No se trata de un empeño fácil de cumplir, sobre todo si la serie se compone de ciclos antológicos, es decir, si en cada temporada se cuenta una historia distinta como en American Horror Story, creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk en 2011 y con seis temporadas emitidas hasta la fecha.

Desarrollar un relato único ayuda a sostener el ritmo y la lucidez si es algo notable aunque no lo garantiza, pero narrar unas peripecias diferentes en cada nuevo ciclo supone recomenzar siempre, para bien o para mal, y eso corta el hilo creativo y la inercia de sus esfuerzos por extraer lo mejor posible de cada premisa, tanto en la puesta en escena como en la narración y el montaje y demás. Si ya un equipo talentoso ha de sudar la gota gorda para conseguir desenvolverse como una máquina bien engrasada en una serie de historia unitaria, imaginaos cuando hablamos de una antología.

my roanoke nightmare
FX

Esa es probablemente la razón de que American Horror Story se haya mostrado tan irregular de una temporada a otra. La primera de ellas, Murder House, fue toda una declaración de intenciones para esta serie de terror, pues dejó bien claro que los ambientes opresivos, los enfrentamientos verbales jugosos, los excesos sanguinarios, los flashbacks, el surrealismo suave, la perversidad inconmovible, la tensión permanente y unos personajes femeninos muy enérgicos que llevarían la voz cantante serían la tónica general; y nos convenció sin maravillarnos. Porque para esto último ya íbamos a tener Asylum, la segunda temporada, que llevó sus características a lo más alto y, además, fue salpimentada con una excéntrica mezcla de elementos del género y unas decisiones muy respetuosas para el destino de sus personajes principales.

Luego llegó Coven, con el desacierto declarado de aportarle una mayor ligereza de tono y, sin querer, algunos momentos de vergüenza ajena. Con Freak Show parece que recuperaron la sensatez en este sentido pero no lograron que la temporada brillase en demasía. Y fue en Hotel, que levanta un poco más la cabeza al tiempo que acusamos enormemente el abandono de la gran Jessica Lange, donde pisaron el acelerador de los excesos sanguinarios sin soltarlo al llegar a My Roanoke Nightmare, la última temporada, en la cual, no sólo no han levantado el pie del pedal correspondiente, sino que dichos excesos se han exacerbado hasta convertirse en una auténtica carnicería.

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Pero al menos en los tres primeros capítulos se aparenta todo lo contrario, y la posibilidad de que en esta ocasión hubiesen elegido un terror un tanto más sutil, o más basado en el puro desasosiego de otros ciclos, fue bien recibida, sobre todo tras los ríos de sangre de la temporada precedente. Y algunos expresamos nuestra alegría por ello, y porque el nuevo formato documental al estilo de las recreaciones televisivas estadounidenses, entrevistando a las personas reales que habían vivido la experiencia que se expone, resultaba de lo más refrescante, y parecía librar a American Horror Story del estancamiento.

Por otro lado, la elección de un suceso histórico verdadero como la desaparición sin dejar rastro de la colonia norteamericana de Roanoke unos cuatrocientos años atrás aumentaba nuestro interés; y persiste asimismo la mezcla de elementos del género, como claros guiños a Amityville por el reconocible ventanal de la casa y la presencia de los marranos, a The Texas Chainsaw Massacre (Tobe Hooper, 1974) y el episodio “Home” (4x02) de The X-Files (Chris Carter, desde 1993) por la mugrienta familia Polk, y a The Blair Witch Project (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) por las grabaciones en el siniestro bosque donde habita una bruja.

Así que aplaudimos que se hubieran tomado tan en serio esta sexta temporada, y deseamos que continuase con el buen pulso por esa benevolencia de los que sólo quieren disfrutar de algo bueno. Pero a partir del cuarto capítulo, y disculpadme la expresión, todo va de culo y cuesta abajo: su deriva hacia la casquería por la casquería, a ir destripando y asesinando a cada uno de los personajes porque sí con cierta complacencia en el gore abyecto, transformando My Roanoke Nightmare en un slasher típico y deprimente, provoca un bochorno difícil de igualar en los tiempos de espectadores resabiados que corren.

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Ni siquiera ese inteligente giro del argumento que se produce en el episodio número seis, y que le debe mucho a la autorreferencialidad paródica de las cuatro películas que componen la saga de Scream (Wes Craven, 1996-2011), sirve para ocultar el gran vacío y la falta de profundidad de la trama y de sus protagonistas. En otras temporadas de American Horror Story había personajes complejos, con motivaciones oscuras, complicadas y hasta contradictorias que, en conjunto, nos ofrecían tramas intrincadas y bastante respetables. Pero aquí sólo contamos con la voluntad simple y monolítica de víctimas lerdas y brutales agresores de chichinabo.

Seis de los diez episodios que conforman My Roanoke Nightmare no son más que una sucesión de homicidios filmados, en los que sólo varía quién empuña los cuchillos y las cámaras de grabación. Y el último, con el que parece que quisieran arreglar el desastre, carece por completo de fuerza después de haber arruinado las posibilidades de su premisa en los anteriores. Y si Thomasin White, la Carnicera de Agnes Mary Winstead (Kathy Bates), se había revelado como otro de los recios personajes femeninos que suele regalarnos la serie, termina por desinflarse. Así, uno vuelve a echar en falta a Jessica Lange como nunca y, a la vez, se siente aliviado de no encontrársela en medio de ese absoluto despropósito que acaba siendo la sexta temporada de American Horror Story.