Todos tenemos una lista secreta, incluso aquellos que en público sólo aceptan que ven películas de Tarkovski y se declaran incluso por encima de Game of Thrones. En algún lugar, todos guardamos un amor inconfesable por algo: las comedias baratas de Hollywood, los musicales de Bollywood o la música de Britney Spears. Sin embargo, todas estas cosas que no pasan por el filtro de lo políticamente correcto o de lo culturalmente aceptable se disfrutan a medio camino entre el placer y la vergüenza.

Todo aquello que se disfruta a medio camino entre el placer y la vergüenza

Pero ¿por qué sentir vergüenza por la calidad de los productos culturales que consumimos? En parte, porque para muchas personas es difícil separar las cosas que disfrutan de quiénes son como individuos, y exponer nuestra preferencia (o incluso nuestro amor) por algo que los demás consideran "inferior" puede ser una manera de hacernos muy vulnerables de un modo muy público, en particular en la cultura contemporánea de la sobreexposición en internet. Por otra parte, nuestra identidad individual en la red es una construcción, y todas las cosas que compartimos sobre nosotros se añaden a la noción que los demás se forman sobre esa identidad. Es fácil caer en la tentación de intentar hacer creer a los demás que nuestra película favorita es Casablanca, y ocultar nuestro fanatismo por las películas de terror de bajo presupuesto. Es el equivalente a hacer ejercicio y comer cinco piezas de vegetales al día: corresponde a la imagen que queremos proyectar, es decir, es aspiracional, no realista.

Sin embargo, ¿tiene algún sentido hoy en día esa separación entre "arte" y "cultura popular"? Es cierto que algunos productos culturales (películas, libros, música, arte) cumplen la función de hacernos pensar, retarnos o inspirarnos de algún modo. Pero en cambio, los que denominamos "placeres culposos" también tienen una importante función: constituyen un escape, un medio para permitirnos separarnos de la tensión de lo cotidiano, desconectarnos: mantenernos mentalmente sanos. No todo lo que consumimos puede retarnos o hacernos pensar: en ocasiones simplemente necesitamos descansar, y a veces ver, o leer, o escuchar algo tonto o divertido nos concede esa oportunidad.

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"Movie night" por Ginny, bajo licencia CC BY 2.0.

Si ésta fuera su única función, en mi opinión ya sería suficiente. Sin embargo, lo cierto es que también cumplen un rol fundamental en conectarnos con quienes realmente somos. Como sabe cualquiera que se considere nerd de corazón, lo que amamos está en el centro de lo que somos como personas, y en muchos casos viene de lo que amamos cuando éramos niños. Nadie puede sostener con la cara en alto que las películas y caricaturas que veíamos en los años ochenta y noventa sean productos de gran calidad artística, pero hay pocas cosas tan reconfortantes como regresar a las cosas que disfrutábamos cuando éramos pequeños y recordar por qué nos gustaban en primer lugar.

Ser capaz de aceptar y disfrutar lo "malo" en una película mala es un acto de vulnerabilidad enorme

Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que ser capaz de aceptar y disfrutar lo "malo" en una película mala es un acto de vulnerabilidad enorme, y también un salto de fe, como aceptar que necesitamos ayuda o que nos hace falta un abrazo en un momento de tristeza. Pero la noción de que el placer (o más en general, el bienestar) es un acto de auto-indulgencia es una idea que rechazo en extremo, como si sólo pudiéramos permitirnos disfrutar algo a cambio de que nos eleve, nos eduque o nos resulte productivo de alguna manera: es decir, la noción de que el placer no puede ser un fin en sí mismo, sino en todo caso un subproducto, casi accidental, de un acto de productividad.

En el fondo, esta manera de ver las cosas no es sino un acto de arrogancia intelectual, como si pretendiéramos que no necesitamos consumir entretenimiento por el puro entretenimiento, como el resto de los mortales. Esto no significa que para bajarnos de este pedestal tengamos que disfrutar todo lo que es de mala calidad, pero sí podríamos empezar por admitir que, en ocasiones, nos gustan ciertas cosas no porque sean artísticamente perfectas, sino porque se conectan en algún nivel con nuestros intereses o nuestros puntos débiles. O porque son una buena excusa para hacer palomitas de maíz.