2022 será recordado como el año en el que la Inteligencia Artificialaplicada fue puesta al alcance de todo el mundo. DALL-E 2 primero, y ChatGPT después, se abrieron a todo el mundo sin apenas limitaciones —el primero, con créditos de uso gratis para crear imágenes y, el segundo, completamente abierto— para asombrarnos con sus capacidades. La IA había llegado de forma tangible y, lejos de historias de ciencia-ficción, servía para generar imágenes con enfoque artístico y textos y respuestas razonadas de forma asombrosa. Tras ambas estaba OpenAI, y al frente de ella, nuestro protagonista: Sam Altman, su CEO.

Altman cofundó OpenAI en 2015 con, entre otros, Elon Musk. Como entidad, OpenAI es una rareza en sí misma. Un laboratorio de investigación sin ánimo de lucro sobre IA fundado y financiado por grandes nombres y compañías que, a su vez, está dentro de una compañía que sí que cuenta con vocación comercial.

Ese ánimo de lucro, no escrito en sus orígenes, fue el gran cambio que introdujo Altman hace ahora tres años y lo que les ha llevado al siguiente nivel. 

Fue en 2019 cuando Microsoft aportó 1.000 millones de inversión, en algo que en su momento se vio como una compra o al menos juego de influencia soterrado. En ese momento, Microsoft y OpenAI anunciaron que habían establecido una asociación exclusiva de varios años para construir la nueva tecnología de supercomputación de IA de Azure, el ecosistema en la nube de Microsoft.

Hoy esa alianza se ve más desnuda que nunca tras las informaciones que aseguran que ChatGPT será incorporado en Bing, el buscador de Microsoft, durante la primera mitad de este año. Un movimiento que es un jaque directo a la hegemonía de Google.

Altman, antes del inicio de OpenAI, ocupó durante muchos años el puesto de presidente en Y Combinator, una de las aceleradoras de startups más importantes del mundo. 

Ahora, Altman, de 37 años, natural de Chicago, criado en una familia judía y que estudió computación en la Universidad de Starnford, es el nuevo chico de oro tecnológico, y seguramente se hable en el futuro mucho más de él. Esta es su historia.

De la idea de OpenAI a hacerla crecer

OpenAI

Como comentábamos, OpenAI comenzó como una organización sin ánimo de lucro en 2015 con subvenciones de Altman, Elon Musk, o el cofundador de LinkedIn, Reid Hoffman y otros patrocinadores. El equipo, que trabaja en una oficina en San Francisco, pretendía crear un contrapeso de investigación a grandes empresas tecnológicas como Google.

En lugar de perseguir el beneficio empresarial, OpenAI se comprometió a hacer avanzar la tecnología “en beneficio de la humanidad”. Los estatutos fundacionales del grupo prometían abandonar la carrera por desarrollar inteligencia artificial general si un competidor llegaba primero. 

Altman está convirtiendo OpenAI de un instituto de investigación a una empresa con ánimo de lucro

Ese enfoque cambió. En 2019, OpenAI incorporó a su primer grupo de inversores y limitó los rendimientos a 100 veces el coste de sus contribuciones. Tras la inversión de Microsoft, Altman presionó a OpenAI para que aportara más ingresos para atraer financiación y respaldar los recursos necesarios para entrenar sus algoritmos que a nivel de grandes computadoras y servidores no son pocos. Para hacerse una idea, se estima que tener a ChatGPT abierto y gratis les costará unos 1.000 millones de dólares al año.

Aquel acuerdo también dio a Microsoft un punto de apoyo estratégico en la carrera para capitalizar los avances en IA. Microsoft se convirtió en el socio preferente de OpenAI para comercializar sus tecnologías, como va a pasar.

Con la ayuda de la financiación, OpenAI aceleró el desarrollo y la publicación de sus modelos de inteligencia artificial, un enfoque que los observadores del sector han descrito como más agresivo que las tácticas de competidores más grandes y sometidos a un mayor escrutinio, como Google. 

Altman está convirtiendo OpenAI de un instituto de investigación a una empresa con ánimo de lucro

Alegoría de una IA evolucionando, creado con Dall-E 2
Alegoría de una IA evolucionando, creado con Dall-E 2

Para contribuir a mejorar la remuneración de sus empleados y así atraer más talento, Altman también realizó ofertas públicas de acciones ocasionales para ayudar a los empleados a vender sus acciones. Dijo en varias ocasiones que OpenAI no tiene planes de ser adquirida ni de salir a bolsa. 

OpenAI ha limitado los beneficios de algunos inversores de riesgo a unas 20 veces sus inversiones, con la posibilidad de obtener mayores beneficios cuanto más tiempo esperen para vender sus acciones, según ha publicado el Wall Street Journal. Altman ha dicho que esta estructura de inversión era necesaria para garantizar que el valor de OpenAI se acumule no solo para los inversores y empleados, sino también para la humanidad en general.

En conversaciones recientes con inversores, Altman ha afirmado que la empresa pronto podrá generar hasta 1.000 millones de dólares de ingresos anuales, en parte gracias al cobro de sus propios productos a consumidores y empresas. Ya cobra por un uso importante de DALL-E y GPT, y seguramente lo haga en el futuro por ChatGPT.

Todo ello ha hecho que las críticas no hayan tardado en surgir. Algunos miembros de la comunidad IA le acusan de alejar a OpenAI de su promesa de hacer transparente su investigación y evitar enriquecer a los accionistas. 

«Quieren adquirir más y más datos, más y más recursos, para construir grandes modelos», afirma Emad Mostaque, fundador de Stability AI, una empresa competidora que ha impuesto menos restricciones a su programa de generación de imágenes Stable Diffusion, haciéndolo de código abierto y gratuito para los desarrolladores.

Hasta ahora, OpenAI ha generado decenas de millones de dólares en ingresos, en su mayoría procedentes de la venta de su código programable a otros desarrolladores, según ha podido saber el mismo diario.

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