Las consecuencias horribles de la violencia es lo primero que los espectadores ven en el episodio “The Rotten Core” (11x14) de The Walking Dead. El mundo apocalíptico de la famosa serie zombi de la AMC, llevada por Frank Darabont antes de que discutiese con la productora y saliese echando mistos por la puerta a causa de ese eufemismo de las diferencias creativas, no ha cambiado ni una pizca en ese aspecto.

El director Marcus Stokes retoma la trama donde la había dejado Loren Yaconelli en “Warlords” (11x13), y con los mismos guionistas, Jim Barnes y Erik Mountain, que ya suman doce capítulos de esta adaptación terrorífica desde “Ghosts” (10x03) y “One More” (10x19). Pero sin la agradecida estructura de puzle anterior y solo algún flashback, y con más de un foco dramático esta vez, puesto que los demás personajes también necesitan atención.

Con el mismo espíritu en cualquier caso, el del propósito de seguir abriéndole las costuras a la Commonwealth y destruir las esperanzas de hallar un nuevo paraíso en esta devastada tierra de cadáveres que continúan caminando y mordiendo. Hasta que su podredumbre los sepulta entre la maleza como hemos visto en The Walking Dead: World Beyond (2020-2021); o un superviviente le cortocircuita los sesos descompuestos, claro.

Cuando ‘The Walking Dead’ sabe estrujarnos el corazón

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Las viejas y peligrosas ambiciones de antaño vuelven con variaciones distintas, adaptadas al contexto como no podía ser de otra forma; y los tratos a los que se llegan, sirviéndose del interés codicioso por las habilidades adquiridas en este fin del mundo, proporcionan argumentos como el de “The Rotten Core” para el Daryl Dixon de Norman Reedus y la Rosita Espinosa de Christian Serratos.

Pero el giro que nos provoca más gusto es aquel que nos hace pensar en lo mucho que echábamos de menos al Negan Smith de Jeffrey Dean Morgan, y que parece mentira que nos resultara tan insoportable en el pasado de The Walking Dead. Sobre todo, teniendo en cuenta que su personalidad es la misma pero con una gran evolución. Y hay diálogos que de veras nos emocionan por sus circunstancias.

O es que sentimos una debilidad irreprimible por las historias de redención y de personas heridas que tal vez perdonen los horrores cometidos por alguien infame, siempre que su desarrollo sea gradual y no caiga en la inverosimilitud. Pero Marcus Stokes, con las líneas escritas por Jim Barnes y Erik Mountain en boca del ex villano, incluso consigue que nos encontremos al borde de las lágrimas.

La última temporada va francamente bien

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La otra parte de este episodio de The Walking Dead nos procura otros momentos de tensión genuina nada desdeñables, aderezados con detallitos lúcidos de iluminación y de sonido. Así, pese a cierto deus ex machina que, de todos modos, se prepara con credibilidad. Y el espanto de lo que ocurre nos recuerda a otro semejante, pero más intenso y cruel, del capítulo “No Way Out” (6x09).

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Por otro lado, uno de los volantazos narrativos que nos arrojan en “The Rotten Core”, y que resuelve la situación específica con el Toby Carlson de Jason Butler Harner, nos genera ideas enfrentadas. El desperdicio de un personaje que podría dar más de sí, como con el Emile LaRoux de Demetrius Grosse en Fear the Walking Dead (desde 2015), y la decisión tan apropiada sobre su destino.

El placer viene además porque entendemos lo oportuno de que la ladina Carol Peletier de Melissa McBride, una de los protagonistas con una transformación más interesante a lo largo de estas once temporadas, sea la que esté en posición de podérsela jugar al chanchullero Lance Hornsby de Josh Hamilton. Y el último viraje sirve para echar más leña al fuego del conflicto dramático. Vamos bien.