El primer capítulo de Estamos muertos, nueva serie de Netflix, se toma su tiempo para presentar a sus personajes. El argumento toma la poco común decisión de recorrer la idea sobre una total y violenta infección zombie a través de la paciencia. Y hacerlo además, con un especial hincapié en los espacios y lugares en que ocurrirá la tragedia. Como si eso no fuera suficiente, Estamos muertos opta por analizar con cuidado el comportamiento de sus personajes. Esta vez, se trata de un grupo de adolescentes abrumados por los males y pesares de su edad. Atrapados en una pulcra escuela que encapsula el fenómeno de la tragedia y lo ocurrirá después. 

Una mezcla semejante puede ser problemática en la medida en que pondera y explora los motivos de sus figuras centrales con especial cuidado. Y a la vez, descuida casi sin querer el punto álgido de cualquier historia del género zombi. Esa velocidad agresiva, destructiva y al final devastadora de una criatura que se multiplica y crea legiones de sus semejantes a la menor provocación.

Sin duda, en los films que narran las vicisitudes de los muertos vivientes, hay una regla tácita sobre esa velocidad exponencial. Mientras más rápido se pueda comprender qué ocurre, mayores son las probabilidades de sobrevivir. 

Lo mismo podría aplicarse a la narración de una tragedia monstruosa que se desarrolla con una inquietante velocidad. Pero en Estamos muertos, el escritor Chun Sung-il y el dúo de directores Lee Jae-kyoo y Kim Nam-su, parecen ignorar la salvedad. Y quizás uno de los problemas de la serie es esa lentitud cuidadosa al momento de establecer las reglas del argumento. Eso a pesar que los primeros y críticos capítulos transcurren en una tarde y en en el mismo lugar. 

A pesar de su interés por la brutalidad del contagio, Estamos muertos pierde pronto el ritmo y se convierte en una frenética sucesión de escenas semejantes. Además, la narración se contamina por la noción de que una tragedia a gran escala revela lo peor y mejor de sus personajes. Una premisa que podría funcionar con mayor soltura e inteligencia a no ser por todas las trabas que el guion pone a su desarrollo. La serie, que construye una inquietante versión sobre el apocalipsis zombi, se toma un considerable tiempo para avanzar. Y cuando finalmente permite a sus personajes y estructura central funcionar como un mecanismo grotesco y gore, hay una cierta sensación de torpeza. 

Estamos muertos y el miedo juvenil

A pesar de eso, Estamos muertos tiene la suficiente audacia para convertir el relato básico del ataque zombi en una cápsula de matices. Ya sea porque sus protagonistas son un grupo de adolescentes sin adultos (al menos la mayor parte del tiempo) o por su crudeza. La serie toma inteligentes decisiones de mostrar esa primera y crítica hora del contagio. La cámara se mueve con rapidez y narra la forma en que la violencia aumenta.

A la vez, deja claro que la secundaria — un espléndido edificio con docenas de salones y espacios — es un laberinto inquietante. Ambas cosas combinadas construyen una versión sobre la crudeza de la historia que resulta por momentos apabullantes. Pero la serie falla al tratar de mantener ese ritmo y tono a lo largo de sus doce episodios. Y mucho menos, en cada una de las secuencias que entremezcla en una cadena de horrores. 

Quizás uno de los mayores problemas de Estamos muertos sea justamente el hecho que su extensión juega en contra de su solidez. Con una docena de capítulos de una hora de duración, la historia termina por volverse repetitiva y también claustrofóbica. En particular, cuando el argumento debe encontrar la forma de resolver el hecho básico de la infección que aumenta en su virulencia. Atrapados en un edificio que se convierte en una amenaza en sí mismo, los personajes deben dirimir las formas de sobrevivir. No obstante, la narración termina por perder fuelle al encontrar puntos ciegos en medio de una conflagración cada vez más turbia. 

Y al final, todos los miedos se entremezclan 

Sin duda, Estamos Muertos utiliza la estructura de la escuela para crear la idea de una mirada mínima a una tragedia mayor. También a un grupo de adolescentes confundidos, esforzados y aterrorizados. No obstante, no logra que ambas cosas funcionen como un todo unificado y termina por decantarse por el gore en estado puro. Lo cual solo funciona en la medida en que el contagio zombi se convierte en un contexto general. 

Pero Estamos muertos no logra superar la sensación de batalla por la supervivencia que no lleva a ninguna parte. Después de todo, la mayoría de los estudiantes están contagiados y los pocos que sobreviven terminan acorralados. El argumento termina por dar vueltas en círculo entre esas dos ideas. A la serie le lleva una considerable cantidad de esfuerzo avanzar hacia cualquier lugar a partir de allí. 

Y es quizás, esa noción sobre la confusión que les mueve — y el miedo inevitable de un único resultado — lo que hace que la serie termine por ser predecible. Con todo, su extraña percepción sobre la muerte y sus intrigantes ideas sobre el miedo le brinda a la serie sus mejores momentos. Y quizás, lo más consistentes en una larga sucesión de eventos que al final no llevan realmente a un propósito.