Scream 5, de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, sabe de dónde proviene. También que había poca confianza en esta secuela con aires de reboot que nadie esperaba. Pero no solo es sorprende — y en varias formas muy gratas — , sino que además tiene la suficiente solidez para ser un homenaje independiente.

La película, que emula de forma poco disimulada el gran éxito de terror de los noventa, es también un homenaje bien pensado. Uno que se sostiene sobre el hecho que la saga Scream siempre combinó el terror con una cualidad cínica tenebrosa. Hay sangre derramada, un asesino casi predecible, pero también una gran atención a los detalles. El resultado es un film singularmente entretenido, que demuestra lo que las secuelas anteriores pudieron ser y no fueron.

Claro está, provenir de un clásico de culto que reavivó el interés en el slasher pone a Scream 5 en la situación complicada de aportar algo nuevo. No lo hace, pero sí logra que su premisa — esa persecución a ciegas de un brutal agresor — tenga un aire fresco. La percepción sobre el elenco — el que regresa y el que presenta — es mucho más autoconsciente. Si las secuelas insistieron en usar la fórmula original hasta desgaste, Scream 5 se atreve a dar un paso inteligente. Y es reconocer que dentro de su mundo hay límites. Esto es un slasher que cumple la premisa del género. También un brillante colofón a lo que Craven comenzó en el ’96. 

Si la película original utilizó la cultura pop, la autoconciencia y un cierto lenguaje meta para sostenerse, Scream 5 lleva la idea a un nuevo nivel. No es un film en que el asesino de la máscara sea una excusa para mostrar sangre — aunque la muestra — sino uno que crea algo tenso. Desde su primera escena homenaje hasta el tramo final, pulcro en su uso de los mecanismos del género, Scream 5 es más que una secuela. Es un reflejo inmediato de toda la generación de directores y de público que creció a la sombra de Ghostface. Y sin usar la condición de la nostalgia — sorprende lo mucho que lo evita — la película es una burla siniestra al género. El dúo de directores lleva la fórmula de Craven de diseccionar las claves del slasher hasta un límite casi paródico. 

Ghostface en el nuevo milenio 

De la misma manera en que lo hizo The Matrix Resurrections de Lana Wachowski, Scream 5 depende del mundo anterior del que proviene para funcionar. Pero la diferencia radica en que el guion de James Vanderbilt y Guy Busick enlaza con la raíz del dilema. ¿Cómo puede pasar desapercibido un asesino en una época hipercomunicada, llena de cámaras y teléfonos móviles? Scream 5 no deja de bromear cada vez que puede con la idea de la metaficción. De elucubrar sobre un asesino en serie en la actualidad, sobre el slasher en la época de las Apps de citas. De cómo vencer una amenaza enmascarada en una década sin misterios. 

Y de hecho, el mayor triunfo de la película es incorporar la noción de su imposibilidad a la narrativa. Si Halloween Kills de David Gordon Green es un homenaje lento y torpe a un mundo mayor, Scream 5 toma la batuta con ingenio. La referencia se convierte en un punto a seguir y también en límite. Cuando Woodsboro de nuevo debe lidiar con un asesino, el guion tramposo convierte el tedio en ironía. Incluso cuando Tara Carpenter (Jenna Ortega), versiona la ya clásica escena de Drew Barrymore, hay un ingrediente de siniestro humor consciente. No hay nada nuevo que mostrar, pero lo viejo se recupera y se redimensiona. Scream 5 triunfa porque no olvida el filón del terror como un hecho despreocupado y cruelmente festivo. 

Todos son sospechosos de Scream 5 y el culpable un truco de feria

Para su tramo final, la película mostró sus mejores puntos con Woodsboro como escenario infalible para el horror. Más allá del horror nihilista, cuidadoso e intelectual de los últimos años, Scream 5 es una provocación. Una violenta a medio camino entre mirar la cultura desde su obsesión por los horrores y la bienvenida a una nueva generación de amantes del slasher. 

Si la obra de Craven abrió un nuevo camino para el slasher, Scream 5 recupera el sabor por lo brutal en estado puro. Más allá de homenajes, dobles discursos y símbolos, Scream 5 es una carcajada siniestra. Lo mejor que puede decirse de una película por la que nadie tenía expectativas.