A estas alturas de las operaciones hollywoodienses en las últimas décadas, contagiadas al resto del mundo, no cabe duda de que la nostalgia de los espectadores es un valor comercial; y que podría tener su propia cotización en la bolsa. Las secuelas de películas queridas en marcha bastante tiempo después de que las primeras llegasen a los cines están a la orden del día. Piénsese, por ejemplo en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Steven Spielberg, 2008), en Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) o, ahora, Cazafantasmas: Más allá (Jason Reitman, 2021).

Es posible que con un filme así, realizado por el hijo del director original, Ivan Reitman, se intente transmitir cierta idea de engarce creativo. Pero cada cineasta tiene sus propia personalidad, en caso de que no se trate de un simple mercenario; y si se comparan los largometrajes del papá checoslovaco con los de su vástago canadiense, no puede menos que reconocer mayores virtudes en los del segundo. Al margen de sus nominaciones y estatuillas en los Premios Oscar, por supuesto.

El progenitor ha estrenado comedias un poco bobaliconas, del estilo comatoso que proliferó en Hollywood durante los años ochenta mayormente; como Los incorregibles albóndigas (1979), El pelotón chiclado (1981), Los gemelos golpean dos veces (1988), Poli de guardería (1990), Junior (1994) o Un lío padre (1997). Y sus únicas aportaciones aceptables podrían ser Peligrosamente juntos (1986), Dave, presidente por un día (1993) o Decisión final (2014); y también, claro, Los Cazafantasmas (1984) y Cazafantasmas 2 (1989).

Por contra, las comedias y los dramas de Jason Reitman resultan mucho más decentes. Ahí podemos ver Gracias por fumar (2005), Juno (2007), ganadora del Oscar al mejor guion original y con una nominación para su trabajo; Up in the Air (2009), con la que obtuvo otra y la de mejor película además de las de su trío de actores principales; Young Adult (2011), Una vida en tres días (2013), Hombres, mujeres y niños (2014), Tully, El candidato (2018) y, ahora, la que nos ocupa, Cazafantasmas: Más allá, que constituye una digna continuación.

La paradoja de la personalidad de Jason Reitman

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La gran paradoja de la que uno se da cuenta conforme transcurre el metraje de esta nueva película de la saga fantasmagórica es que el reboot femenino, quizá injustamente vilipendiado, de Cazafantasmas (Paul Feig, 2016), contenía un tono cómico que podía aproximarse más al espíritu desvergonzado del díptico con la firma de Ivan Reitman. Y la causa es que los dos directores se parecen en mayor medida que padre e hijo en el tono que imprimen a sus largos. La ligereza del cuarteto es la misma, pero Jason Reitman ha hecho suya la más reciente.

Que la haya escrito junto con Gil Kenan, responsable de Monster House (2006), City of Ember: En busca de la luz (2008) y el remake Poltergeist (2015), no lo creemos ninguna tontería. Los personajes protagonistas sufren verdaderas tribulaciones y conflictos emocionales; cosa que no pasa en las otras aventuras ni por asomo o con la misma sinceridad en vez de al servicio de la comedia. Harold Ramis y Dan Aykroyd, autores de los otros libretos, solo querían divertirse y divertirnos. A Jason Reitman le interesa el mundo interior de sus criaturas.

Sin embargo, tampoco hay que equivocarse. Como decimos, Cazafantasmas: Más allá se integra sin apuros en su universo cómico y, si se mete en los dolores e inquietudes personales de Phoebe y Callie, interpretadas con gusto por Mckenna Grace (La maldición de Hill House) y Carrie Coon (The Leftovers), lo hace sin demasiada profundidad. Lo diferente es lo que se sabe genuino de Jason Reitman: el interés dramático en esas interioridades y un humor más sutil o excéntrico, en absoluto tan desaforado como en las películas de Ivan Reitman y Paul Feig.

‘Cazafantasmas: Más allá’: nostalgia y descubrimiento

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No podemos afearle mucho a la banda sonora compuesta por Rob Simonsen (Canción de Nueva York), que había colaborado antes con Jason Reitman para las partituras de sus dos filmes previos, Tully y El candidato. No obstante, no hubiese constituido ninguna equivocación haber resuelto brindar a la audiencia algunos ecos gratificantes de la que conocemos de Elmer Bernstein para Los Cazafantasmas, remedada después por Randy Edelman para Cazafantasmas 2.

Finn Wolfhard (Stranger Things), que encarna a Trevor, se muestra en su línea eficiente pero sin lucirse demasiado; toda la expresividad de Paul Rudd (Friends) se encuentra al servicio de su Chad Grooberson; y, en cuanto a Logan Kim (Princess Bride) y Celeste O’Connor (Este cuerpo me sienta de muerte), cumplen como Podcast y Lucky Domingo. Y, a los demás miembros del reparto, ya les juzgaréis vosotros cuando intervengan.

Al igual que la intriga que se construye desde el principio y los adecuados recursos audiovisuales del director; la exposición paulatina de un emocionante pasado polvoriento y los guiños más o menos socarrones sobre él, las peripecias que viven los personajes novedosos frente a una sombría amenaza que hunde sus raíces fantasmales en el mismo; los reencuentros, los momentos conmovedores, los satisfactorios homenajes y, en definitiva, que nos hurguen bien en la nostalgia; además del descubrimiento para las nuevas generaciones de la mitología de Los Cazafantasmas y que nos preparen a todos para el futuro.

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