Si algo sorprende en la docuserie El asesino del impermeable: A la caza de un depredador en Corea es su honestidad. También, su eficiente manejo del lenguaje documental para narrar algo más elaborado sobre la violencia de un asesino en serie. Nada sobra o es excesivo en esta reconstrucción puntillosa de un hecho de violencia cultural que marcó a un país. A la vez, el programa tiene la capacidad de narrar, sin caer en convenciones o en baches argumentales, la naturaleza del terror. 

Una de las cosas más sorprendentes de esta mirada al origen de un tipo de amenaza contemporánea es su firme sentido de la veracidad. En un momento en que el género que recrea la violencia subraya innecesariamente las ideas, El asesino del impermeable sorprende por su firmeza. Mucho más por la precisión en que muestra el fenómeno del asesino en serie en un país que lo asume desde un extremo distinto al occidental. La docuserie tiene dos objetivos claros y los logra a plenitud. Por un lado, narrar un hecho terrorífico que traumatizó a una cultura entera. Y por el otro, mostrar la forma en que esa misma cultura, se refracta alrededor de la anomalía. 

El guion, construido como un cuidadoso relato policiaco, tiene todo el aire de una pieza de ficción. Quizás, por su facilidad para encajar piezas dispares o en todo caso, por la forma en que narra con contundencia hechos puntuales. Pero en realidad, se trata de una habilidad concisa del dúo de directores John Choi y Rob Sixsmith para encontrar el tono y el ritmo correcto. La docuserie no intenta asombrar, enaltecer o llevar las conclusiones a un lugar concreto. Mucho menos, dirigir la atención del espectador a las diferentes líneas de la narración. Lo que intenta es mostrar, en la medida de sus posibilidades, un hecho cruento en medio de un país lleno de problemas. 

De hecho, uno de los puntos más resaltantes de la docuserie El asesino del impermeable es que hace un recorrido incómodo por la Corea del Sur; en especial debajo de su aparente prosperidad económica. El país que muestra la docuserie sufre una brecha considerable entre ciudadanos y un temor constante al individuo. En especial, también una considerable percepción de descontento, entrelazado y profundizado en una dura diferencia social. Al narrar el contexto, la serie encuentra sus puntos más altos y de mayor interés. Pero también crea una premisa brillante que hace de la serie entera un experimento audaz. ¿Cuántas veces una sociedad es capaz de construir y sostener a un asesino?

'El asesino del impermeable', el símbolo de algo más oscuro

El guion de Nicolina Lanni, Rob Sixsmith y Conal Whyte es un recorrido puntilloso a través del caso ocurrido en Seúl durante el año 2003. La concurrencia de varios crímenes con características similares pone en movimiento el mecanismo policial de la ciudad. Pero más que eso, también despierta la sensación inevitable que hay líneas que se entrecruzan o se mezclan en medio de un escenario de pura amenaza. 

La relación entre robos o asaltos de una inusitada agresividad a familias en zonas lujosas, de pronto parece mostrar algo más una serie de asesinatos. Es entonces cuando El asesino del impermeable encuentra la forma de enhebrar y reconstruir un hecho criminal.- Pero además dejar claro que lo que ocurre no es ajeno a lo que le rodea. La docuserie es también una radiografía detallada a un país y una ciudad. De las personas que la habitan, de las condiciones que crearon una tormenta perfecta para que un asesino actuara casi en medio de las sombras. 

Si algo sorprende en El asesino del impermeable es la manera en que pondera sobre los escenarios sociales y culturales que rodean a un asesino. De la misma que en su oportunidad lo hizo El ciudadano X (1995), de Chris Gerolmo, la docuserie no es ajena a los efectos del entorno. Pero mientras Gerolmo logró mostrar como el comunismo ruso evitó que Andrei Chikatilo fuera capturado durante décadas, Choi y Sixsmith hacen algo distinto. La propuesta de ambos directores es más auténtica y sencilla en la medida de su capacidad para mostrar a la Corea de Sur secreta. Las calles de Seúl se convierten bajo el lente de la cámara en un hervidero de descontento y desencanto. 

Y aunque El asesino del impermeable no ofrece respuestas, tampoco deja de cuestionarse. ¿Qué le hace un asesino serlo? ¿Qué desata la violencia a niveles inquietantes? Hay una frialdad distante de documento policiaco que hace de la docuserie una reflexión dura sobre la cultura que engendra monstruos. Y a medida que avanzan los capítulos, la noción sobre eso es más notoria que nunca. 

La pérdida de la inocencia 

Durante los últimos años, los conflictos sociales en Corea del Sur han sido ampliamente narrados. Desde la impecable Parásitos (2019) de Bong — Joon — ho hasta el reciente fenómeno El juego del calamar; la cuestión sobre la pobreza y la desigualdad ha estado en el tapete en las producciones surcoreanas. Pero es El asesino del impermeable, con su estilo duro y enigmático, lo que brinda la oportunidad de ensamblar algo más elaborado. No solo se trata de una metáfora sobre un país que se derrumba en cuestionamientos económicos y sociales. Sino también sus consecuencias. 

El asesino del impermeable es quizás una de las series más pulcras e inteligentes del catálogo de Netflix. La historia, que se entremezcla con todo tipo de pequeñas miradas al miedo y al peligro, es también una mirada a la desdicha colectiva. Entre ambas cosas, la crispación social y la angustia del individuo, parecen poca cosa. O al menos elementos lineales. Eso hasta la caída en el desastre de algo más duro y angustioso. Una percepción sobre el bien y el mal que se sustenta sobre la oscuridad de todo un país. Quizás su punto más poderoso y desasosegante.