Hay proyectos cinematográficos que se plantean de un modo confuso, tal vez deliberadamente. Que El escuadrón suicida (James Gunn, 2021) se titule así siendo una divertidísima secuela del filme casi homónimo (David Ayer, 2016) que recibió críticas devastadoras, quizá exageradas, y tampoco gustó mucho a los espectadores, se debe al deseo de replantear su historia por tan mala acogida sin que el Universo Extendido de DC reniegue de la obra anterior. Pero el caso de Candyman (Nia DaCosta, 2021) es distinto.

También se trata de una continuación directa de la película con el mismo nombre (Bernard Rose, 1992), puede que obviando los hechos de las que la siguen, Candyman: Farewell to the Flesh (Bill Condon, 1995) y Candyman: Day of the Dead (Turi Meyer, 1999). Y, aunque no se ha ocultado tal realidad, el juego del productor y guionista Jordan Peele (Nosotros) y compañía sí ha sido el de la ambigüedad para que se piense que hablamos de un remake.

Una confusión que favorece la experiencia de ‘Candyman’

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Por fortuna, las razones para que el equipo del filme prefiera que el público se siente en las salas de proyección creyendo que, con Candyman, Nia DaCosta (Cruzando la línea) recomienza la narración sobre el fantasma asesino del garfio son artísticas por completo. Uno acude al pase con la esperanza de que “la nueva versión” supere a la original. A no pocos cinéfilos les gusta bastante, si bien otros consideramos que se excede en la escabechina y en otros aspectos.

Pero, de pronto, oímos las notas de la icónica partitura que el gran Philip Glass (Koyaanisqatsi) compuso para el primer largometraje en una secuencia de sombras chinas; y entornamos los ojos del mosqueo. Después, se refieren a la tragedia de Helen Lyle (Virginia Madsen), es decir, a lo que relata la obra inaugural de Bernard Rose, como un antecedente imprevisto, y hasta nos muestran una fotografía suya y escuchamos su voz; y lo que hacemos es abrir la boca de la sorpresa.

El interés de este personaje, una mujer titulada por la Universidad de Chicago, era nada menos que la investigación sobre leyendas urbanas. De modo que no se resiste y toma la decisión de meter sus narices curiosas en la de Candyman tras conocerla, y escribir su tesis al respecto; igual que Anthony McCoy (Yahya Abdul-Mateen II) en la pesadilla de Nia DaCosta para su propio proyecto pictórico. Con las mismas consecuencias horribles.

Asombrando a los espectadores

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Más tarde, en la nueva propuesta de terror se ve una cara familiar en una de las pinturas del protagonista. Y nos estremecemos al sernos revelado que este es el hijo de Anne-Marie McCoy (Vanessa Williams), al que Candyman rapta de bebé en el filme de Bernard Rose, cuando aparece la actriz. Pero, en el momento que enfocan a un rejuvenecido Tony Todd (The X-Files) durante la escena final como Daniel Robitaille, el Candyman más antiguo, rodeado de sus abejas y con la música de Philip Glass en todo su esplendor, los globos oculares casi se nos salen de las órbitas.

Así, nuestra experiencia con la nueva película es mucho mejor que sin semejante asombro; y la convierte en una secuela a pesar de que reformule la mitología del relato de Clive Barker (1985) con aquellos que se transforman en el espíritu homicida. E incluso este punto específico ya estaba de cierta manera en el largo de Bernard Rose, pues así termina la pobre Helen Lyle.