Decir que Ghibli es uno de los estudios de cine animado a los que se le tiene más respeto en todo el mundo, con los mellizos Disney y Pixar y Aardman, es manejar obviedades. Nueve de sus veintidós películas han sido realizadas por el japonés Hayao Miyazaki, desde El castillo en el cielo (1986), pasando por Mi vecino Totoro (1988), La princesa Mononoke (1997), El viaje de Chihiro (2001) o El castillo ambulante (2004), hasta El viento se levanta (2013). Otro hito indiscutible de la misma factoría es, claro, La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988). Pero, aunque Gorô Miyazaki haya seguido los pasos de su veterano progenitor, de momento no parece haber sobresalido de igual manera que él en opinión de la crítica especializada y los espectadores; y su último filme, Earwig y la bruja (2020), nos confirma en ese criterio aún expectante.

No perdió el norte en absoluto con su debut, la entretenida fantasía de Cuentos de Terramar (2006), la cual adapta dos novelas de la californiana Ursula K. Le Guin: las entregas tres y cuatro de su pentalogía, que se titulan La costa más lejana (1972) y Tehanu (1990).

Pero subió el nivel con La colina de las amapolas (2011), una propuesta basada en el manga homónimo del guionista Tetsurō Sayama y el dibujante Chizuru Takahashi (1979-1980), que no huye del realismo sino que se afinca en cierto periodo histórico y resulta encantadora durante cada escena de su metraje.

El salto tardío de ‘Earwig y la bruja’

Ghibli

Y tampoco se puede negar que Gorô Miyazaki se ha defendido bien en el salto a la animación digital que supone Earwig y la bruja, la primera película en este formato digital para Ghibli, veinticinco años después de la revolución cinematográfica de Pixar con Toy Story (John Lasseter, 1995).

Por supuesto, han tardado bastante en dar su brazo a torcer. Disney y Aardman no estuvieron dispuestos a semejante demora en este sentido: Dinosaurio (Eric Leighton y Ralph Zondag, 2000), del uno, se estrenó durante la misma temporada que el primer largometraje con Claymation del otro, el estupendo Chicken Run: Evasión en la granja (Nick Park y Lord, 2000); y los británicos tuvieron que esperar hasta el digitalizado Ratónpolis (David Bowers y Sam Fell, 2006) con DreamWorks.

Si bien habían comenzado con la plastilina en la serie The Amazing Adventures of Morph (Peter Lord y David Sproxton, 1980-1981), será que la importancia del estilo en el sello pesa en mayor medida para el estudio de Hayao Miyazaki. Aunque no pierde su esencia en Earwig y la bruja, desde luego.

El respeto de la esencia de Ghibli

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Porque en este filme de Gorô Miyazaki, con el que Ghibli reincide en las traslaciones de los libros de la londinense Diana Wynne Jones (2011) a la gran pantalla tras El castillo ambulante (1986), está cuanto uno puede reconocer de su filmografía:

El exquisito detallismo en la composición del dibujo, la resuelta parsimonia narrativa que se sigue de recrearse en ella o la imaginación febril por la que se suceden uno tras otro los detalles de fantasía caprichosa, esta última de la escuela de Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll, 1865) y con el mayor exponente en El viaje de Chihiro por lo que respecta a este estudio de animación. Nada de ello se pierde en Earwig y la bruja, e incluso en el tema de la brujería se revela perfectamente coherente.

Una frustración inconcebible

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No en vano, ha sido supervisada por el propio Hayao Miyazaki para intentar garantizar un traspaso feliz. El grandísimo problema de la película es uno muy distinto: las decisiones incomprensibles del guion de Keiko Niwa, que ya había participado en los de Cuentos de Terramar y La colina de las amapolas, y la novata Emi Gunji.

La totalidad del filme parece un largo prólogo o un desarrollo incompleto para unas andanzas o unclímax que jamás llega, la primera de parte de una saga inexistente de Ghibli; y que en el libro de Diana Wynne Jones pueda contarse una historia idéntica no justifica este tratamiento cinematográfico. En el instante preciso que uno se prepara para las más grandes revelaciones y un presumible estallido emocional, Earwig y la bruja acaba y nos deja con un palmo de narices y un inconcebible sentimiento de incredulidad y de frustración. Algo insólito.

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