El compromiso de Netflix para aportar nuevas producciones de ciencia ficción no se puede poner en duda. Ahora nos llega Polizón, una aventura puramente espacial dirigida por el brasileño Joe Penna (2021). Parece lógico que confiasen en él después de la buena acogida que tuvo Ártico (2018), su debut en el largometraje, con cuya esencia dramática coincide el segundo: reputación positiva y afinidad de intereses narrativos.

Y, entrando en materia, la decisión de cómo mostrar la experiencia de los astronautas al salir de nuestra atmósfera no es moco de pavo. Hay filmes que se decantan por un montaje que mezcla planos específicos de los controladores de la misión, del propio despegue y el ascenso al espacio y lo que viven los tripulantes protagonistas en la nave de turno durante esos momentos.

Para esta película de Netflix, sin embargo, Joe Penna escoge la última opción, como Damien Chazelle para ciertas experiencias de First Man (2018). Y el motivo es aquí, por un lado, concentrar la atención de los espectadores en los personajes principales y su entorno poco común, sin abandonarlo nunca para enfocar la construcción dramática en él, y por otro, reducir la plantilla de actores, que siempre viene de maravilla para el presupuesto.

Máxime si tres de los cuatro únicos intérpretes son bastante conocidos: Anna Kendrick (Scott Pilgrim contra el mundo) en la piel de Zoe Levenson, Toni Collette (Las horas) como Marina Barnett y Daniel Dae Kim (Lost) encarnando a David ídem, a quienes se suma Shamier Anderson (Goliat) como Michael Adams.

‘Polizón’ y la hostilidad del espacio

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El tratamiento de Joe Penna para Polizón consiste en dejar que los actores soporten el peso de la obra en gran medida. De ahí lo sobrio que se muestra el realizador. Y no se apresura ni se toma mucho tiempo hasta llegar al incidente desencadenante, el que nos lanza el enigma transitorio al que esta película de Netflix debe su nombre.

Con Ryan Morrison, que trabaja en sus filmes desde el cortometraje Meridiano (2012) como montador y guionista recurrente, insiste en la idea de la precariedad de la vida en el espacio, propia de la mayoría inmensa del cine con escenario semejante, desde 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) hasta Misión a Marte (Brian de Palma, 2000), Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) o Interstellar (Christopher Nolan, 2014).

Pero, esta vez, se trata del núcleo del conflicto dramático a partir de cierto giro de los acontecimientos que, por el modo en que se estructura Polizón, no nos puede pillar por sorpresa porque se va preparando. Un núcleo con dificilísimas implicaciones morales que se sitúa más allá de lo que es costumbre, pero sin ir al terreno de Náufragos (Alfred Hitchcock, 1944) porque no estalla hasta ese punto.

La labor digna del director Joe Penna

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Por otra parte, hay en esta película de Netflix algunos planos secuencia con recorrido dignos de agradecer; no tan espectaculares como los que componen la estupenda Gravity, desde luego, porque Joe Penna no ha dado señales hasta ahora de un talento tan enorme como que el cineasta mexicano tiene a la vista, pero la verdad es que bastan para que deseemos estrecharle la mano al brasileño.

La minimalista banda sonora de Volker Bertelmann (Patrick Melrose) suena a ya oída, pero no por ello resulta menos eficiente a la hora de apuntalar la inquietud y la tensión irreprochables que ocasionan las circunstancias de Polizón. Aspecto que contribuye a que en conjunto de la película de Netflix nunca aburra en su lentitud ni por su sobriedad audiovisual, sino que pueda mantener la atención de los espectadores una escena tras otra.

O, al menos, el de los que respetamos la labor mesurada y meticulosa de Joe Penna. Una labor en la que nos priva de su propia secuencia de vértigo espacial, de las que nos hacen sentir un vacío de puros nervios en el estómago. Y, pese a que estas sencillas peripecias de astronautas en peligro no logre volvernos locos de amor cinéfilo, sí que nos satisfacen lo suficiente.