Digámoslo ya de entrada sin ambages: Sobrevivir a la muerte (2021) es uno de los mayores despropósitos de esta incipiente temporada de cine. Y no viene de ningún novato ni de alguien que no se haya hecho acreedor de nuestro respeto con sus aportaciones previas. Porque la cineasta norteamericana Ricki Stern no es desconocida en el terreno de los documentales. Su trayectoria incluye trece largos y tres series televisivas del género desde Neglect Not the Children (1991). Siempre con su compatriota Anne Sundberg, ha realizado Los juicios de Darryl Hunt (2006), The Devil Came on Horseback (2007), Joan Rivers: A Piece of Work (2010) y In My Father’s House (2015), multipremiados en varios festivales casi sin salir de Estados Unidos.

Además, su colaboración se extiende hasta Marathon: The Patriots Day Bombing (2016) para HBO y Caso Roe: El aborto en los EE.UU. (2018) para Netflix. Sin olvidar The Preppy Murder: Death in Central Park (2019) y Surviving Jeffrey Epstein (2020), dos de las tres series de televisión que mencionábamos. A las que sigue la inconcebible Sobrevivir a la muerte, recién estrenada como su segunda contribución a la plataforma de Reed Hastings y Marc Randolph. Pero, esta vez, su paisano Jesse Sweet ha sustituido a Anne Sundberg en el puesto de correalizador de la obra. Con el currículum de haber dirigido capítulos de ocho series documentales y la película City of Joel (2018).

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Fenómenos sin demostración científica

Una de las cosas más indignación produce de este patinazo de Ricki Stern es que miente sobre lo que supone una aproximación con el método de la ciencia a una materia específica y lo que no. Difundiendo falsedades asombrosas sobre el asunto y se va lejísimos de los consensos a los que ha llegado la comunidad científica. Porque nadie, en toda la historia humana, ha sido capaz de demostrarnos, en condiciones medibles, de laboratorio, la existencia de algo paranormal. Ni ofreciéndoles una gran suma de dinero. Y hay quien ha dedicado su vida, como el gran James Randi (1928-2020), a desenmascarar a los que se aprovechan de los crédulos en este campo. Por sentirse especiales o llenar sus bolsillos sin fondo.

Y algo que se conoce muy bien gracias a la neurología es que lo que percibimos no tiene por qué coincidir, ni mucho ni poco, con lo que interpretamos que percibimos. Hasta puede que ni siquiera hayamos percibido nada. Porque nuestro cerebro es defectuoso. Y, ante la falta absoluta de evidencias de ningún tipo sobre las supuestas experiencias cercanas a la muerte del capítulo “Near-Death Experience” (1×01), las señales imaginarias de los difuntos en “Signs from the Dead” (1×04) o las pretendidas interacciones con fantasmas en “Seeing Dead People” (1×05), podemos recurrir a explicaciones razonables, sin desvariar con las fantasías de Sobrevivir a la muerte, por nuestro conocimiento neuropsicológico.

La parapsicología no es una ciencia

Pero en este pasmoso documental de Ricki Stern hablan de “ciencia materialista” como si hubiese otra para determinar lo que existe con un método fiable. Y de la parapsicología como una ciencia cuando se halla en todas las recopilaciones de lo pseudocientífico, lo que resulta alucinante. Continúan alegremente, por otro lado, con el tópico falaz más extendido en este asunto: que “hay cosas que la ciencia no puede probar, pero eso no significa que no ocurran”. Y ahí encuentran justificación todos los delirios posibles, cuando lo cierto es que, si no se puede verificar con el método científico, cuanto se afirma al respecto no son más que invenciones. Y debemos aplicar la navaja de Hitchens.

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‘Sobrevivir a la muerte’ es un altavoz para los embaucadores

Pero de ningún modo pueden escudarse Ricki Stern y Jesse Sweet en que esto es una recopilación de testimonios de otras personas, en que no se trata de su voz sino la de los entrevistados. Porque el discurso que transmiten los seis delirantes episodios de Sobrevivir a la muerte es el que los dos cineastas han decidido, el suyo. Y ni uno solo de los numerosísimos disparates que sueltan las personas que aparecen en él son desmentidos de ninguna manera. Si eso ya entraña una enorme gravedad, lo que implica servir de altavoz para charlatanes que ganan dinero embaucando a la gente, como los médiums de tarifa, es la repanocha. Y, si se tiene la cabeza sobre los hombros, se sufre un montón con esta farsa.

El desmadre llega hasta el punto de que, en una escena bochornosa del capítulo “Mediums, part 1” (1×02), a un churrullero no le funciona la pesca con la lectura en frío, pone una excusa absurda y el documental sigue como si nada. O, en “Mediums, part 2” (1×03), una sesión de espiritismo se realiza con la teatrera protagonista oculta, en la oscuridad y con las grabaciones en vídeo prohibidas, no sea que alguien contemple lo que está sucediendo; y se presentan las falsas materializaciones del polaco Franek Kluski (1873-1943) como verdaderas, siendo que se supo su fraude cuando se quemó las nalgas con la parafina por intentar dejarles el molde de su propio trasero de muestra sobrenatural.

Sobrevivir a la muerte es una lamentable tentativa de legitimar el pensamiento mágico, que hurta deliberadamente las explicaciones lógicas a los espectadores. Incluso cuando alguien las saca a colación, porque se pierden en el fárrago. Es un compendio acojonante de falacias de non sequitur y de galopantes sesgos cognitivos. Y en este intervienen personas que ven señales milagrosas donde no hay absolutamente nada y establecen conexiones entre hechos y personas fallecidas cuya relación solo está en sus cabezas. Como en el capítulo “Signs from the Dead”. Y a los documentalistas les parece estupendo que sea así, que esta cantidad ingente de desatinos sirvan como sostén para una tesis irracional.

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Aprovechándose de personas desesperadas

Y lo peor sobreviene cuando Ricki Stern asume el mismo papel que los médiums a los que recurre, el de carroñera emocional. Y utiliza el terrible desconsuelo de sus entrevistados para apoyar sus falacias. El de personas que han perdido a un ser amado y están rotas de dolor, que se reconocen desesperadas y en busca de algún significado para sus tragedias o algún atisbo de esperanza que les alivie. En una palabra: vulnerables. Y se tropiezan con sujetos que se dedican a alimentar sus ilusiones de ultratumba. Tan irresponsables que, en algún momento, dicen que unos ejercicios respiratorios son mejores que un antidepresivo y que, oh, hay que “dejar a un lado la mente crítica”. No sea que se les caiga el chiringuito.

O que deciden que algo paranormal es auténtico según sus impresiones subjetivas y punto, como durante “Seeing Dead People” (1×05) o “Reincarnation” (1×06). El colmo de la ridiculez. Y es que Sobrevivir a la muerte, elaborada con la diversidad audiovisual y el oficio que se le presupone a Ricki Stern, provoca indignación y tristeza a partes iguales. La una, porque carece de la decencia intelectual más básica; y la otra, por los abismos de la insensatez a los que vemos que empujan y se precipitan estas pobres personas en su duelo. Y, con el bien que Netflix suele hacer por la nueva era del cine, que se preste a difundir algo como esta reprensible serie documental debería avergonzarles.

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