El director español más imprevisible del firmamento cinematográfico —y eso que Álex de la Iglesia tampoco se queda atrás en lo de hacer que no tengamos ni la más remota idea de por dónde van a ir los tiros en sus películas—, está que no para este año. Hasta en pandemia, Javier Fesser no puede quedarse quietecito y, por lo pronto, ha estrenado un salado mediometraje documental con el título de El monstruo invisible (2019), el curioso corto de surrealismo confinado Tres veces e Historias lamentables (2020), un largo irregular de antología interconectada con un tramo muy satisfactorio.

Algunos no queríamos perdérnoslo después de otras gratísimas experiencias con este director, como la inconmensurable El milagro de P. Tinto (1998). No igual que una adaptación fallida como La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003), pero sí como la tremebunda Camino (2007), los descacharrantes cortometrajes Depresión (2010) y Eternos, que sirve de prólogo y epílogo para el filme episódico Al final, todos mueren (2013), y la triunfante Mortadelo y Filemón contra Jimmy, el Cachondo (2014). Y luego, Javier Fesser quiso realizar la sobrestimada Campeones (2018).

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Pero lo que debió haber hecho ese año, a pesar de la gran recaudación y el triunfo en los Premios Goya de esta última, es ponerse tras las cámaras de Superlópez (Javier Ruiz Caldera, 2018). Por fortuna, Javier Fesser ha vuelto a su terreno específico, para el que pocos cineastas valen sin duda. La comedia es uno de los géneros más complicados, en mayor medida que el drama por mucho, pues el ritmo de pura percusión en su maquinaria narrativa resulta fundamental, imprecindible para que el espectador quede atrapado y cada situación graciosa funcione como es debido.

Y, por si esto fuera poco, si el drama requiere lucidez y profundidad emocional, las obras cómicas necesitan asimismo ingenio en su humor, más difícil de obtener. Y lo que Javier Fesser se propone a menudo, como en Historias lamentables, es incluso más arduo porque le tira al disparate más descomunal como si no hubiese un mañana. El principal apuro de ello estriba en que, para que cuaje un filme con un humor de este estilo, abiertamente surrealista, hace falta un grado de cohesión en el nivel de los chistes, el desarrollo y sucesión de las escenas que los contienen de un altísimo calibre.

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Y esto lo ha consegido Javier Fesser en cinco ocasiones memorables: muy en especial, con El milagro de P. Tinto, una cosa gloriosa por donde se la mire, los cortos Depresión y Eternos, Mortadelo y Filemón contra Jimmy, el Cachondo y, ahora, la segunda de sus Historias lamentables: “El hombre de la playa”, un despendole insólito con un impagable Chani Martín (La suerte dormida) como el atribulado Bermejo, un fantástico plano secuencia, el adecuado chunda-chunda de Rafael Arnau (Cándida) y la novata Laura Molina Sepúlveda, una desfachatez admirable y una baba malísima, que contemplamos con la boca abierta de sincero asombro e hilaridad.

En las cuatro Historias lamentables, coescritas por Claro García (Ekipo Ja) y con un reparto cumplidor, se observa nítidamente el dominio que atesora Javier Fesser de la gramática cinematográfica y sus recursos, con la misma planificación diversa y detallista y el montaje contundente que ya nos había brindado en esos otros cortos y largometrajes y en Camino, pero un pelín más sereno en la mayoría de las escenas. En cuanto a “Rayito”, no tiene demasiada chicha cómica, y “El cumpleaños de Ayoub” y “La excusa” nos hacen reír a veces, pero no le llegan ni a la altura del betún a “El hombre de la playa”, el único relato fílmico que aquí merece la pena de verdad aunque se vean en conjunto.

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