En ocasiones que se dan con escasa frecuencia, uno se acomoda a ver una película y, durante la proyección, no sólo se percata de que quizá un director diferente podría haber conseguido mejor resultado, sino que además sería el idóneo para el proyecto. Tal cosa ocurre cuando uno contempla Superlópez (2018), la adaptación al cine de las historietas homónimas creadas por el leonés Jan en 1973, con setenta y un números hasta el momento, que ha realizado el barcelonés Javier Ruiz Caldera. Esta parodia de las ya clásicas narraciones sobre superhéroes, que toma como obvio modelo la del alienígena kriptoniano Superman (Jerry Siegel y Joe Shuster, desde 1933), y su surrealismo cafre probablemente lo habría bordado el cineasta madrileño Javier Fesser, o al menos habría tenido más posibilidades de lograrlo sin duda alguna.

No es que se pueda decir que su currículum tras las cámaras sea intachable en absoluto, pues nos ha entregado filmes fallidos de una forma que no admite una discusión seria; y aun así, somos conscientes de que se trata del único director español de veras capaz de asumir el reto y salir airoso, porque ningún colega suyo se ha lanzado a una piscina como esta sin ahogarse tristemente. Y es que Fesser sabe nadar muy bien en ese espíritu surrealista cargado de una mala leche inabarcable, de un humor negrísimo muchas veces y, otras, de cierta ñoñería, con unas brazadas estilizadas sobre las que cualquiera podría suponer que le salen con una naturalidad pasmosa y una sincera alegría, tal vez solamente comparables a las del francés Jean-Pierre Jeunet, realizador de la deliciosa Amélie (2001), la desaforada Un long dimanche de fiançailles (2004) o la imaginativa Micmacs (2009).

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Aunque un poco más bruto es el surrealismo de Fesser, y lo demuestra en esa comedia incomprendida y gloriosa que es El milagro de P. Tinto (1998), en La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003) y su flojera de libreto, en la fábula terrible de Camino (2008), en su redención animada con Mortadelo y Filemón contra Jimmy, el Cachondo (2014) y, por último, en la risueña y empalagosa Campeones (2018). Esta filmografía no nos permite titubear ni lo más mínimo al defender que, si se hubiese puesto al frente de Superlópez, otro gallo le cantaría al superheroico Jo-Con-Él del planeta Chitón. Porque lógico es pensar, por supuesto, que esta impresión descorazonadora ni se nos pasaría por la cabeza si lo que ha estrenado Ruiz Caldera mereciese que se le dedicara nuestro tiempo, pero no es así ni por asomo.

Ya nos temíamos lo peor con la trayectoria de casi diez años, desechable por completo, que lleva en el largometraje cómico, desde esa copia sin agudeza de fórmulas hollywoodienses más que agotadas que fue Spanish Movie (2009), pasando por la vergonzosa brocha gorda de Promoción fantasma (2012) y Tres bodas de más (2013), hasta la hundida e inverosímil Anacleto: Agente secreto (2015), con la que ya se afirmaría que Javier Fesser la hubiera podido sacar a flote por su estilo conveniente y su experiencia en adaptaciones de cómics paródicos. Y luego comprobamos que nuestra inquietud era razonable, pues Superlópez decepciona con un guion de Borja Cobeaga y Diego San José (Ocho apellidos vascos) sin pulir y que casi no atina en sus chistes, con unos personajes que hacen torcer el gesto porque carecen de enjundia y fuerza y la planificación visual mediocre de costumbre.

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Y lo que obviamente no ayuda es que el actor principal sea Dani Rovira (Cien metros) con el mostacho de Superlópez, que no parece tener lo que se necesita para cambiar de registro y no repetirse una y otra vez; cosa que también se le puede atribuir a Julián López (No controles) y su Jaime González, una especie de trasunto del excéntrico Martín encarnado por Berto Romero (Tiempo después) en Anacleto. En su cuarta colaboración con Javier Ruiz Caldera, la actriz Alexandra Jiménez (Las distancias) se diferencia por algún pequeño matiz de sus cuatro roles anteriores como Luisa Lanas. A Maribel Verdú (Siete mesas de billar francés) se la encuentra arquetípica y sin profundidad en la piel de Agatha Müller, y no se lucen Pedro Casablanc (Truman) y Gracia Olayo (La llamada) como los padres adoptivos de Superlópez, pero a ellos se les deben quizá las gracias más efectivas del filme.

El compositor Fernando Velázquez, que se había hecho un nombre con sus partituras para El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), Devil (John Erick Dowdle, 2010), Lo imposible (Bayona, 2012), La cumbre escarlata (Guillermo del Toro, 2015) o Un monstruo viene a verme (Bayona, 2016) y que ya le había brindado una banda sonora a Ruiz Caldera, la de Spanish Movie, no parece por la labor de apartarse de los tópicos musicales superheroicos en su vertiente paródica; aunque no hay que descartar que Ruiz Caldera le haya indicado que era eso lo que quería de él precisamente. Nada parecido gozoso despiporre melódico de Suso Sáiz (Juego de luna) y las canciones escogidas para El milagro de P. Tinto, una obra mejor que todas las de Ruiz Caldera juntas y, por cuyo espíritu, Javier Fesser debería haber dirigido la adaptación de Superlópez.