Westworld, la serie televisiva creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy para la HBO en 2016, es la más fascinante que se puede ver a día de hoy, junto con la alemana Dark en Netflix. Desde su primer episodio, conocimos el maltrato que sufrían los robots con inteligencia artificial del parque de atracciones construido por la compañía Delos Destinations y basado en el Salvaje Oeste; igual que los otros que tenían en activo antes de que el genio que los fundara, el inefable doctor Robert Ford (Anthony Hopkins), desatase una ola de violencia junto con la androide autoconsciente Dolores Abernathy (Evan Rachel Wood).

La idea era que los humanos huéspedes, previo pago de cantidades prohibitivas, disfrutasen de una experiencia única en entornos vivientes de otras épocas, saciando todos los apetitos que pudiese albergar sus caprichosos espíritus y fuesen estos carnales o motivados por la crueldad. Así, los robots solían ser tiroteados y los femeninos, víctimas de violación; y tras “su muerte”, los hábiles técnicos de la empresa los reparaban y los recomponían lo mejor posible para mandarlos a los parques de nuevo, sin consciencia de lo que les había ocurrido. El Guantánamo de la diversión, porque los androides no tienen derechos.

westworld distopía
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Tratándose de inteligencias artificiales sobre cuya esencia discurría largamente el bueno del doctor Ford antes de morir, los espectadores no pueden evitar una merecida empatía hacia ellos aunque malvados también los haya. Y, si se los considera individuos que padecen la opresión del entorno futurista en el que viven, no cabe duda de que el suyo es distópico con todas las de la ley, una pesadilla social de la que dos de las principales autoconscientes, Dolores y Maeve Millay (Thandie Newton) quieren escapar, cada una con sus propios planteamientos, y Bernard Lowe (Jeffrey Wright), en contra de sus estragos pese a las manipulaciones a las que le han sometido Ford y Dolores.

Pero hete aquí que Jonathan Nolan y Lisa Joy, a los que habría que poner un quiosco en la Gran Vía madrileña por su ingenio narrativo, no nos han planteado una historia de tiranía unilateral ni sin ambigüedades porque, por un lado, la sociedad humana también es una distopía y, por otro, la que pretende erigir Dolores sojuzgando a la humanidad lo es también. Pero las revelaciones del episodio “The Absence of Field” (3x03) acarrean que el primer caso entrañe implicaciones alucinantes: el mundo en el que transcurre la existencia de las personas es un reflejo exacto de la distopía de los androides en los parques de Delos. Y permitidnos una explicación.

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Hasta que Dolores, Maeve y Bernard rebasan la mente bicameral intermedia hacia la consciencia absoluta, tanto ellos como sus congéneres robóticos habían sido previamente sometidos por la narrativa que el doctor Ford u otros como Lee Sizemore (Simon Quarterman) habían introducido en su programación, una narrativa pensada para que los huéspedes humanos vivieran aventuras controlables, y los anfitriones se comportaban sin salirse del sendero que les habían trazado: su distopía se sustenta en tal determinismo, al que sus opresores salpimentaban para un interminable e ignorado Día de la Marmota. O sea, el nacimiento de la inteligencia artificial autoconsciente supone el fin de su distopía.

Y, según lo que le ha expuesto Dolores a Caleb Nichols (Aaron Paul) en la tercera temporada, los seres humanos también siguen su propia narrativa de la que no pueden huir: “El sistema [de Rehoboam] tiene un algoritmo predictivo”, le dice para describir su negro futuro a continuación; y continúa con estas palabras: “Antes del sistema, un hombre como tú tenía una oportunidad, trabajando mucho y esforzándose. Pero no pasarás de ser un obrero o un criminal de poca monta porque es lo que te permiten”. Y remata: “No invertirán en alguien que se va a suicidar. Pero, al no invertir, garantizan ese destino”. Y solo la revolución consciente, como para los androides, destruirá una distopía semejante.