Las películas y las series de televisión verdaderamente valiosas distan mucho de ser cosa de diálogos expositivos, plano y contraplano, cancioncita que te parió y a correr. Ni siquiera un libreto ingenioso, lúcido y con hondura basta para elaborar algo sobresaliente. Porque el cine es, sobre todo, imágenes en movimiento, y se nos olvida con demasiada facilidad; e incluso muchos analistas profesionales escriben mayormente lo que se conoce como críticas de guion, aquellas centradas en el desarrollo de la historia y c’est fini. La mayor grandeza del séptimo arte consiste, pues, en el esfuerzo de llevar a cabo hazañas con el aparato audiovisual.

Los planos secuencia suelen ser ejercicios idóneos para que los espíritus creativos se afanen y se luzcan, porque en ellos se pretende la coordinación y la sincronicidad absolutas de todo el equipo de rodaje, con los actores siguiendo en su recital el ritmo pautado por los cineastas, para la exacta conjunción de la planificación visual con la puesta en escena. Se trata, tal vez, del mejor ejemplo para el cine como creación colectiva, como un arte de participación múltiple pese a la posible huella autoral del director. Y la última muestra relevante que hemos tenido de esto no es otra que el filme bélico 1917 (Sam Mendes, 2019).

Parecía el gran favorito para la edición pasada de los Oscar, pero Parásitos (Bong Joon-ho, 2019) le arrebató las estatuillas principales, de modo que su propuesta atractiva de una narración con un único y falso plano secuencia solo ha triunfado en los Globos de Oro. La misma intención hay en la fascinante intriga criminal de La soga (Alfred Hitchcock, 1948) en un espacio cerrado y un homicidio oculto, y Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957) contiene uno en el que el general Paul Mireau (George Macready) pasa revista a sus tropas en las trincheras antes de que se aboquen a la batalla.

Sed de mal (Orson Welles, 1958) se inicia con otro arrebatador plano secuencia, de perspectiva versátil, hasta que el incidente desencadenante estalla. Y en El resplandor (Kubrick, 1980), el pequeño Danny Torrance (ídem Lloyd) circula varias veces con su triciclo por las salas y los pasillos temibles del Hotel Overlook, con la ominosa banda sonora Wendy Carlos y Rachel Elkind acentuando la transición desquiciante del sonido de las ruedas que pasan sobre el suelo limpio o las alfombras, y hasta que tuerce en una esquina y pasa ante el horror, todo ello es la clase de plano al que nos referimos.

En Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990) hay un largo plano secuencia durante el que Henry (Ray Liotta) y Karen Hill (Lorraine Bracco) se mueven por las entrañas de un restaurante hasta el salón de fiestas del Copacabana. De Hervidero (John Woo, 1992) se recuerda la masacre sin cortes en un hospital. Y Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997) comienza con otro sequence shot de la calle al interior de un local festivo; y repite con una juerga en una mansión y su piscina, incluso sumergiendo la cámara; y una vez más cuando el Pequeño Bill (William H. Macy) busca a su promiscua esposa (Nina Hartley).

Resulta imposible olvidar el largo plano secuencia inicial de Ojos de serpiente (Brian de Palma, 1998), de casi trece minutos, en el que Rick Santoro (Nicolas Cage) va por el interior de un estadio donde se celebra un combate de boxeo e interactúa con distintos personajes; y que acaba con otro muy distinto. Y, en Gangs of New York (Scorsese, 2002), contemplamos cómo los inmigrantes irlandeses llegan a Nueva York, los hacen alistarse en el ejército, les visten con el uniforme y les dan arman y suben a otro barco hacia la guerra y, a renglón seguido, cómo van desembarcando los ataúdes con los muertos en la misma.

Elephant (Gus van Sant, 2003) se construye a base de diferentes planos secuencia concatenados que acentúan el realismo escalofriante y la tensa expectativa de lo que sabemos que va a ocurrir. A la mejor película de la saga sobre el joven mago Harry Potter, El prisionero de Azkaban (Alfonso Cuarón, 2003), no le faltan tampoco secuencias de este elaborado estilo, como una en el El Caldero Chorreante. Y en Hijos de los hombres (Cuarón, 2006) también hay varias: los títulos iniciales en la capital inglesa, la encerrona en un camino rural, la captura y huida de Theo Faron (Clive Owen) y el parto de Kee.

La que se nos regala El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009) durante la persecución en el estado de fútbol es absolutamente impresionante. Como el recorrido del asentamiento de las tropas en la playa de Dunkerque en Expiación (Edgar Wright, 2013). Encontramos más planos secuencia jugosos en Gravity (Cuarón, 2013); por ejemplo, el de la inminente lluvia de basura espacial. Y otro experimento de falso plano secuencia ininterrumpido es Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (Alejandro González Iñárritu, 2014).

La sangrienta emboscada a los tramperos que llevan a cabo los indios arikara en El renacido (Iñárritu, 2015) se realizó con las mismas características. En El Clan (Pablo Trapero, 2015), las secuencias del pollo asado para cenar en casa de la familia y lo que sucede en el coche de Arquímedes Puccio (Guillermo Francella) con la tentativa de secuestro son planos sin cortes. Como el inicio de Spectre (Mendes, 2015) en México, donde también se desarrolla Roma (Cuarón, 2018), con planos similares: el giratorio en el salón de la familia, parte del caos en la ciudad y, completo, el del incidente en la playa del tramo final.

👇 Más en Hipertextual