– Nov 21, 2019, 9:01 (CET)

Entre ‘Narnia’ y ‘La materia oscura’: simbología religiosa para niños

La religión cristiana alcanza a la ficción infantil en la fantasía y la ciencia ficción. Mientras que Las crónicas de Narnia refuerzan los valores católicos, La materia oscura se erige como voraz crítica a la Iglesia.

La influencia de la religión, de cualquier religión, en la cultura se manifiesta en forma de festividades, costumbres y dichos populares, pero también cala en los estratos del entretenimiento, bien sea para ensalzarla o para criticarla. Con el estreno de la serie de HBO La materia oscura, que da una segunda vida a la trilogía de libros infantil de Philip Pullman, salta de nuevo a la palestra el debate sobre el influjo de la religión en la ficción infantil.

Donde la suya es toda crítica encarnizada contra la Iglesia y las instituciones religiosas, la obra de Tolkien es ensalzamiento cristiano y la de C. S. Lewis, una moralina bíblica enmarcadas en tierras fantásticas. Pero, ¿cómo afecta en realidad a los niños esta simbología? ¿Acaso la perciben? Analicemos los casos.

La simbología cristiana en Las Crónicas de Narnia ha sido largamente discutida por expertos y críticos tanto seculares como religiosos, y es que la historia de C. S. Lewis ha levantado ampollas en ambas áreas. Lo que para unos es casi adoctrinamiento espiritual, para otros es una alegoría incompleta de las creencias cristianas, que lanza un mensaje erróneo.

Lo cierto es que Lewis no tenía, al menos en un principio, la intención de escribir una saga infantil que enseñara los valores bíblicos. El autor británico siempre defendió que primero le vinieron las imágenes del mundo mágico, y después empezó a conectar los paralelismos con su propia religiosidad. El resultado final es una versión libre de algunos pasajes de la Biblia. El ejemplo más obvio es el de El león, la bruja y el armario, el segundo libro de la saga y el primero en adaptarse a la gran pantalla. En esta entrega, Lewis representa de forma bastante clara la muerte y resurrección de Jesucristo según la religión católica.

Como apuntaba un artículo de 2005 en The Guardian, “los niños no pillarán el subtexto cristiano”. Los paralelismos religiosos están tan enraizados con los eventos mágicos que es difícil percatarse de ellos si no los están buscando. Pero en El león, la bruja y el armario es un poco más sencillo de ver. Este tomo nos presenta a los hermanos Pevensie y su llegada a Narnia, donde deberán luchar contra la Bruja Blanca para acabar con el invierno eterno en el mundo mágico.

Allí se encuentran con todo tipo de criaturas fantásticas, desde el fauno Tumnus, interpretado en la cinta de 2005 por James McAvoy, hasta castores que hablan y centauros; pero también con un imponente león parlante que se aparece en ocasiones como una figura misteriosa y sabia para ayudarles a continuar. Se trata de Aslan, la representación mágica de Cristo en esta narrativa.

Aslan, rey de reyes

Hacia el final del libro, Aslan se entrega a la Bruja Blanca para redimir la traición del pequeño de los hermanos Pevensie, Edmund, que había confiado en ella al comenzar la novela. Su muerte guarda infinito parecido con la Biblia: se sacrifica voluntariamente, es maltratado y humillado de camino al lugar de su muerte y, finalmente, resucita de forma mágica pasado un tiempo. En la película de Andrew Adamson, incluso vemos una imagen con las hermanas Susan y Lucy llorando sobre su cuerpo inerte que recuerda a la iconografía católica del descenso de la cruz.

Si bien la alegoría no es literal —por ejemplo, Aslan se sacrifica para salvar a uno de los niños, y no a todos los narnianos, como se dice que hizo Jesucristo—, se ajusta lo suficiente como para que sea evidente. A lo largo de toda la saga, Aslan muestra distintas características “divinas” que no hacen más que confirmar su condición de mesías en las tierras de Narnia.

Para empezar, posee el llamado “aliento de vida”, que le permite insuflar valor a sus protegidos, otorgarles la capacidad de volar, o de hablar en el caso de los animales y despetrificar a los condenados por la Bruja. Se aparece a los protagonistas en sueños o encuentros místicos, en los que les sirve de guía moral y espiritual. Además, es el único que puede abrir la puerta a Narnia, y solo él decide quién la traspasa.

Pero ¿por qué un león? Se dice durante la saga que esa es solo una de sus muchas formas y que, en otros mundos, no tiene aspecto felino. Para C. S. Lewis, era una elección lógica, ya que Narnia es mundo mágico y, por tanto, la divinidad tendría que encarnar una criatura mágica para presentarse ante sus habitantes. Además, según ciertas representaciones bíblicas, algunos pasajes se refieren a Jesucristo como “León de Judá”. En una carta a una lectora, el autor lo explicó así:

“[Aslan] es un invento que nace de la cuestión imaginaria «¿En qué se convertiría Cristo si existiera un mundo como Narnia?» (...) Como Narnia es un mundo de bestias parlantes, supuse que Él [Cristo] se convertiría en una bestia parlante, igual que aquí se convirtió en hombre."

Esta representación despertó cierta respuesta contraria por parte de la Iglesia, ya que la iconografía más extendida muestra a Dios, o a Cristo, como un cordero; siervo en lugar de depredador. De hecho, hacia el final de la quinta novela, La travesía del Viajero del Alba, los protagonistas se encuentran con un cordero que resulta ser Aslan disfrazado, potenciando tanto su papel divino como el hecho de que su forma verdadera no es la del rey de la selva.

La gran alegoría cristiana

Más allá de este personaje, Las crónicas de Narnia rebosan iconografía y valores cristianos. Puede que no fuera el objetivo primigenio de su obra, pero sí una vez que estableció las bases. De hecho, Lewis, convertido al cristianismo, dicen, después de una larga noche de confesiones y debates espirituales ni más ni menos que con J. R. R. Tolkien, publicó varias novelas de carácter apologético. En su saga de fantasía infantil, intentó hacer llegar el mensaje bíblico a los más pequeños.

Así, el primer tomo de la saga, El sobrino del mago, representa el Génesis, la creación de Narnia, y el séptimo, La última batalla, es una suerte de Apocalipsis y Juicio Final en el que los niños mueren en la vida real y trascienden al llamado País de Aslan.

El resto de entregas no guardan tanta relación con textos concretos de la Biblia, sino con debates morales que caracterizan a la religión católica: El muchacho y el caballo muestra la conversión de un no creyente, El príncipe Caspian nos enseña la lucha por reestablecer la fe verdadera tras un periodo de corrupción, La silla de plata es, de nuevo, la guerra entre el Bien y el Mal, y La travesía del Viajero del Alba representa la lucha interna y el viaje espiritual.

De hecho, es esta novela la más interesante de la saga a ese respecto, ya que es la única en la que no hay un villano al uso. La narración se centra en el viaje de un navío por los mares de Narnia en busca del Reino de Aslan. Durante su travesía, los tripulantes del Viajero del Alba, entre los que se encuentran Lucy y Edmund Pevensie, su primo Eustace y el propio Caspian, se enfrentan a sus vicios y defectos: miedo, egoísmo, arrogancia o falta de fe. Una evolución espiritual que culmina con el sacrificio de Reepicheep, el ratón parlante que representa el valor de un guerrero y su sometimiento al poder superior, en este caso, Aslan.

El lado oscuro de Narnia

Lewis, un experto en literatura alegórica, con varios trabajos publicados sobre el tema, defendió siempre que su obra no era una alegoría al uso porque no representaba los elementos bíblicos uno a uno. Sin embargo, no ocultó su intención de convertir cada tomo en el ensalzamiento de un valor cristiano. Fue por esta cuestión alabado y criticado a partes iguales.

Mientras que autores tan reconocidos como J. K. Rowling admiten la fuerte influencia de Narnia en sus propias novelas —no debemos olvidar que el propio Harry Potter muere y resucita en la batalla final con Voldemort para salvar a todo el mundo mágico—, otros, como Philip Pullman, expresan sin tapujos su más absoluto desagrado.

Es Pullman, precisamente, uno de sus más fervientes críticos. Para este otro autor británico, escritor de la exitosa saga infantil La materia oscura, las novelas de Lewis son poco más que una aberración —“una de las cosas más feas y tóxicas que he leído”— y, además, “sexista y racista”. Así lo ha hecho saber durante años, aunque dejó plasmada su teoría al completo en un artículo para The Guardian en 1998 que tituló “El lado oscuro de Narnia”:

“Es monumentalmente despectivo para las niñas y las mujeres (...) Es descaradamente racista. Envió a una niña al infierno porque empezaba a interesarse por la ropa y los chicos.”

Pullman no va desencaminado en su airada crítica. En la séptima novela narniana, La última batalla, todos los niños mueren en un accidente ferroviario en el mundo real, y van a parar al País de Aslan, una especie de réplica mejorada de Narnia, el paraíso de la vida eterna. Todos, menos Susan Pevensie. La mayor de los protagonistas originales no llega a subirse al fatídico tren, pero se dice que tampoco alcanzará el Edén mágico porque “ya no es una amiga de Narnia (...) ahora solo le interesan el nylon, los pintalabios y las invitaciones a fiestas”, tal y como describe uno de los personajes.

Es decir, su despertar adolescente la había alejado de la fe narniana/cristiana y, al morir, no pasa el corte divino. Este Dios que Lewis propone no parece ser tan benevolente y misericordioso como promulgan los textos bíblicos.

Mundos opuestos: la voraz crítica de Pullman

Cuarenta años después de Lewis, Philip Pullman escribió su propia historia fantástica para niños, que no podría ser más opuesta a Narnia. En la trilogía La materia oscura asistimos a un mundo semejante al nuestro, pero con notables diferencias, siendo la primera que el alma de las personas se manifiesta fuera de su cuerpo en forma de daimonion. Además, en esta Tierra alternativa, los científicos viajan en zepelines, la corriente eléctrica es energía ambárica y la sociedad está controlada por una entidad religiosa conocida como el Magisterio.

El Magisterio es, digamos, lo que hubiera sucedido, según Pullman, si durante la Reforma de la Iglesia cristiana en la Edad Media no hubiera habido un cisma protestante, sino un reforzamiento de los principios católicos. El Magisterio controla las publicaciones e investigaciones científicas, es el máximo censor y perseguidor de los “herejes” y controla la llamada Junta de Oblación, su rama más dura, encargada de ejercer crueles experimentos en niños raptados.

HBO

Del mismo modo que Lewis enraizaba los elementos fantásticos con los relgiosos, Pullman nos cuela una dura crítica a la Iglesia y, en general, a las religiones organizadas, a través de una historia de aventuras. Aunque el Magisterio no es exactamente la Iglesia católica o protestante, es una representación caricaturizada que deja muy poco espacio a las perspectivas positivas sobre la religión.

El Magisterio es el símbolo del retroceso científico y la represión; sus obispos y sacerdotes son personajes crueles y extremistas, con escasa o ninguna estima por la vida humana y los valores morales que no atiendan a sus propios intereses. Incluso cuentan con un procedimiento de autoflagelación que los libera de los pecados cometidos y por cometer y limpia sus conciencias; un mecanismo que les permite seguir actuando de forma impune y sin faltar a su fe. No es necesario explicar aquí el paralelismo y la crítica mordaz de Pullman a la confesión católica.

Sin incurrir demasiado en los spoilers, para quien esté conociendo la historia por primera vez de la mano de la nueva serie de HBO, podemos señalar que la Junta de Oblación busca separar a los niños de sus daimonions, arrancarles su esencia misma. En La materia oscura, además, se habla de la existencia de otros mundos, visibles a través del misterioso Polvo. En un pasaje de la segunda novela, La Daga, la reina de un clan de Brujas habla de las iglesias de regiones lejanas y deja claro el punto de vista de la obra:

Nuestro contrincante es el Magisterio, la Iglesia. (...) Creedme cuando os digo que allí hay iglesias que también amputan a los niños, tal como hicieron en Bolvangar, no de la misma manera pero de forma igualmente repulsiva. Les cortan los órganos sexuales (...) Así procede la iglesia; todas hacen lo mismo: controlar, destruir y erradicar cualquier sensación placentera

Si en algo se diferencia La materia oscura de Las crónicas de Narnia, donde el sexo se castiga, o de la también repleta de simbología religiosa El señor de los anillos, donde se pasa por alto, es en la naturalidad con la que se trata la cuestión sexual. Para Pullman, no es sino una fase más del proceso de crecimiento y maduración humano que, sin embargo, su Magisterio, célibe, reprueba e intenta erradicar al mínimo necesario por parte de toda la población.

HBO

Y es que es ahí donde La materia oscura se desmarca: es una trilogía que no demoniza la edad adulta, como sí ocurría en Narnia, donde los niños son niños eternamente y, cuando crecen o se desvían, pierden de vista al león parlante, se alejan de Dios. En la saga de Pullman, el crecimiento se ve, también, en los daimonions, que adquieren una forma estable cuando el niño se convierte en joven adulto. Así, crecer significa perder una parte de inocencia y espontaneidad, pero ganar en autoconocimiento y seguridad. Para el autor, no se puede negar el paso a la vida adulta:

La idea de mantener viva la infancia para siempre y lamentar el paso a la edad adulta —ya sea un arrepentimiento suave, teñido de rosa, o un odio apasionado y sangriento, como lo es en Lewis— está simplemente mal.

Además, el Dios que se retrata en esta saga es un engaño, un estafador. No se trata de ningún ente divino y creador, sino de un ángel vanidoso que se apropió de un estatus que no le pertenecía. Y de un Dios tirano, solo puede surgir una Iglesia cruel. Uno de los personajes de la novela es una monja que se retira para convertirse en física, y que habla de la religión como un “poderoso y convincente error”.

A pesar de todo, HBO se lava las manos en cuanto a la cuestión religiosa. Durante la Comic-Con de San Diego de este verano, Jane Tranter, productora ejecutiva de la serie, afirmó que Pullman “no está atacando las creencias, ni la fe, no está atacando a la Iglesia como tal. Está atacando una forma concreta de control”. Según Tranter, además, el Magisterio no representa “ninguna iglesia o religión de nuestro mundo”.

No obstante, los libros hablan por sí mismos, del mismo modo que Pullman, que nunca ha ocultado su desarraigo de cualquier tipo de religión. Otra cuestión será ver qué imagen del Magisterio nos ofrece esta nueva versión de HBO y cómo se interpreta de forma externa. Para poder ver la serie completa y descubrirlo, nos quedan aún varias semanas.