El cambio climático tiene el poder de extinguir animales, resucitar enfermedades casi olvidadas y hasta derrocar imperios. Esto último puede parecer un tanto exagerado, pero es la conclusión de un estudio recién publicado en Science Advances, en el que un grupo internacional de científicos ha analizado las causas que llevaron a la caída del Imperio Neoasirio, allá por el siglo VII antes de Cristo.

Según lo establecido por estos científicos, el florecimiento de las tierras de cultivo en etapas anteriores llevó al auge del imperio, que después no pudo soportar las sequías que destruyeron todo lo que habían construido.

El secreto oculto en las estalagmitas

El Imperio Neoasirio, establecido en lo que hoy serían Siria e Irak, fue la superpotencia más grande de su tiempo, entre el 912 a.C y el 609 a.C.

Durante su apogeo logró extenderse desde el Mediterráneo y Egipto, en el oeste, hasta el Golfo Pérsico y el oeste de Irán, en el este. Fueron tres siglos de gran auge, que acabaron abruptamente, con una caída que arrasó todo en solo unas pocas décadas. La razón de que esto ocurriera es algo que ha llamado la atención de los historiadores durante años. La mayoría apuntan a la sobreexpansión imperial, las guerras civiles, los disturbios políticos o la derrota por parte de una coalición de fuerzas babilónicas y medas. Hay constancia de que esto último ocurrió y que, además, durante un periodo corto, después de su caída, Asiria fuer gobernada por el Imperio Medo. No obstante, los atacantes estaban constituidos por un ejército pequeño, en comparación con el que constituía la antigua superpotencia, conocida por tener la fuerza militar más potente del mundo. ¿Cómo pudieron acabar con ella tan fácilmente? ¿No sería que estaba ya debilitada?

Con el fin de dar respuestas a esta pregunta desde un enfoque muy diferente, los autores de este estudio decidieron viajar hasta el norte de Irak, donde se ubicaba la antigua ciudad de Nínive, saqueada durante las revueltas que acabaron con el Imperio Neoasirio.

Querían saber cómo había cambiado el clima en la zona en la época en la que tuvo lugar la misteriosa caída de la gran potencia, por lo que se dirigieron a la cueva Kuna Ba, para recolectar muestras de sus estalagmitas. Estas son las estructuras afiladas que crecen hacia arriba, saliendo desde el suelo, al contrario que las estalactitas, que surgen desde el techo.

Se sabe que estas prolongaciones se van formando poco a poco, a medida que el agua de lluvia cae sobre la parte baja de la cueva, depositando en ella minerales disueltos. Esta agua tiene isótopos de oxígeno ligeros y pesados o, lo que es lo mismo, átomos de este elemento con cantidades diferentes de unas partículas, llamadas neutrones, en su núcleo. Las variaciones en la proporción de isótopos de un tipo u otro se usa frecuentemente para conocer el estado del clima en un periodo concreto. Por eso, las estalagmitas son un buen medidor, ya que se pueden analizar los cambios experimentados con el paso de los años, capa por capa, estando los más antiguos abajo y los más nuevos arriba.

Fue así como estos científicos lograron construir una línea temporal del clima en el antiguo Imperio Neoasirio, aunque solo podían saber en qué orden ocurrieron los diferentes periodos climáticos, sin datos sobre la duración de cada uno. Pero también tenían una solución para este problema, puesto que las estalagmitas contienen uranio, que con el tiempo se descompone en torio a un ritmo predecible. Como consecuencia, los expertos pueden cuantificar el tiempo que transcurrió entre las diferentes épocas señaladas en la línea temporal, simplemente comparando la proporción de torio y uranio en cada momento.

Una vez que obtuvieron toda esta información, pasaron a compararla con los registros históricos sobre la evolución del imperio. Así, comprobaron que su mayor auge coincidió con un periodo inusualmente húmedo, que se vio interrumpido radicalmente por una época de mega sequías, iniciada a principios del siglo VII a.C, justo cuando se produjo el colapso.

Esto tenía mucho sentido; ya que, si bien el Imperio Neoasirio se extendía por una superficie de terreno muy amplia, su núcleo económico, ubicado al norte de Mesopotamia, era mucho más reducido y procedía principalmente de la agricultura. La caída repentina de las lluvias llevó a que esta potencia sufriera grandes pérdidas, que generaron una inestabilidad general, tanto política como poblacional. Terrenos que antes generaban una gran cantidad de ingresos no podían sacar adelante los cultivos, no había dinero para mantener las ciudades y mucho menos el ejército, que también comenzó a sufrir las consecuencias del cambio del clima; por lo que, como cabía esperar, los gobernantes de los imperios cercanos vieron el momento perfecto para actuar.

Extrapolable a la actualidad

Los propios autores del estudio recuerdan en un artículo de The Conversation que casualidad no implica causalidad y que podría ser que esta no sea la razón del declive del imperio. No obstante, todo parece apuntar a que, efectivamente, el clima tuvo mucho que ver.

Por eso, recuerdan que la pérdida de lluvias que se está experimentando en la actualidad en muchas partes del mundo podría desencadenar también graves consecuencias a nivel político y social. Aportan como ejemplo la gran sequía que se desarrolló entre 2007 y 2008 en el norte de Irak y Siria. Fue la más dura que tuvo lugar en esta región en los últimos 50 años y provocó la pérdida de una gran extensión de cultivos de cereal.

Afortunadamente, hoy en día la mayoría de naciones disponen de otros ingresos económicos, más allá de la agricultura. Sin embargo, si esta cae terminaremos cayendo con ella, como en su día lo hicieron los asirios. La gran diferencia es que en esta ocasión no deberíamos verlo como un asunto territorial, sino como una razón más para que todo el planeta luche unido por dejar un lugar en el que vivir a los que están por venir. Lo gobierne quién lo gobierne.

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