Entre 1950 y 1960, el ejército de los Estados Unidos llevó a cabo 19 series de pruebas nucleares en el océano Pacífico, suponiendo un total de 230 detonaciones. Las consecuencias de algunas de ellas siguen pagándose a día de hoy. Es, por ejemplo, el caso del atolón de Bikini, un enclave que, además de inspirar la ciudad en la que habitan Bob Esponja y sus compañeros, sirvió también como campo de pruebas durante doce años. En la actualidad sigue sin considerarse segura para que los humanos puedan habitar, aunque la vida está comenzando a aflorar de nuevo.

Pero no es el único caso, también los glaciares de la Antártida guardan restos de radiactividad, resultante de aquellos ensayos nucleares. Lo han mostrado ya muchos científicos, con la publicación de varios estudios al respecto. El último ha sido llevado a cabo por un equipo de investigadores franceses y publicado recientemente en Journal of Geophysical Research: Atmospheres. En él se analizan los niveles de un isótopo radiactivo muy concreto y se demuestra que, a pesar de haber pasado ya más de medio siglo, el hielo lo sigue liberando.

Nieve radiactiva

El cloro-36 es un isótopo que, principalmente, puede originarse de dos maneras. Por un lado, de forma natural, cuando el gas argón reacciona con los rayos cósmicos de la atmósfera. Por otro, al interaccionar las partículas procedentes de una explosión nuclear con el cloro del agua del mar. Por este segundo motivo se sabe que en la zona del Pacífico se formó una gran cantidad de esta sustancia radiactiva en la década de los 50. ¿Pero en qué estado se encuentra en la actualidad?

Para responder a esta pregunta, los autores del estudio tomaron muestras procedentes de núcleos de hielo fechados entre 1949 y 2007. Todos ellos se habían extraído de un pozo nevado en Vostok, una estación de investigación rusa ubicada en la Antártida Oriental, en la que se recoge muy poca nieve nueva al año. Por otro lado, estas se compararon con otras muestras, recogidas entre 1910 y 1980 en Talos Dome, una región a 1.400 kilómetros de distancia en la que sí que se recibe mucha nieve cada temporada.

Comprobaron así que en 1980 los niveles de cloro-36 en Talos Dome eran solo cuatro veces más altos de los que se esperaría solamente con una formación natural, mientras que en Vostok eran mucho más altos, 10 veces más elevados de lo normal en la capa superior. Esto sugiere que la nieve en esta zona todavía está liberando isótopos radiactivos procedentes de las pruebas nucleares y que estos son más móviles de lo que se creía, pues ascienden rápidamente a las capas superiores.

Los resultados de este trabajo se unen a los de una investigación internacional, presentada en Viena el pasado mes de abril. En esta ocasión sus autores fueron más allá, midiendo los niveles de radiactividad en 17 glaciares ubicados en Suecia, Noruega, Groenlandia, la Antártida, los Alpes, Canadá y el Cáucaso. Todos ellos albergaban una cantidad mucho mayor de lo esperado de partículas radiactivas, lo cual sugiere que el hielo es muy eficiente capturando y almacenando radionucleidos.

Esto, según explicaba durante la presentación en la Unión Europea de Geociencias la autora principal del trabajo, Caroline Clason, parecía proceder de la liberación a la atmósfera de isótopos durante diversas pruebas y accidentes nucleares. Estos caerían a la superficie en forma de nieve y quedarían atrapados en el hielo.

La misma científica, en declaraciones a EFE, sostuvo que los niveles de radiactividad presentes en las zonas analizadas no tienen por qué suponer un riesgo de por sí, pero que podrían ser peligrosos si quedan expuestos por el deshielo y pasan a la cadena alimentaria.

Cada vez está más claro que la fusión del hielo a causa del cambio climático puede dejar al descubierto muchos secretos desagradables, que habrían permanecido ocultos durante muchísimo tiempo. Desde organismos patógenos hasta partículas radiactivas. En parte, está en nuestra mano evitar que afloren pronto a la superficie.