La oscura realidad de la ciudad de Bob Esponja

La ciudad ficticia de Bob Esponja y sus amigos se sitúa en las profundidades de un atolón real, que entre 1946 y 1958 se convirtió en zona de pruebas nucleares de los Estados Unidos.

Por – Nov 30, 2018 - 10:00 (CET)

Esta semana recibíamos la triste noticia de la muerte de Stephen Hillenburg, fallecido a los 57 años de edad, a causa de la esclerosis lateral amiotrófica contra la que había luchado durante un año. Aunque era más conocido por su faceta de animador y creador de la serie de dibujos animados Bob Esponja, muchos no saben que también era un gran biólogo, especializado en recursos marinos.

En realidad, su formación científica fue muy importante para la creación del personaje de Bob Esponja y todos sus amigos, como explicaba hace unos días el también biólogo Carlos Lobato en un interesante hilo viral, que publicó en twitter a modo de homenaje.

Lógicamente, sus personajes son todos ficticios (si veis un calamar hablando, corred), pero poseen características muy fieles a las de las especies animales en las que están basados. Pero la cosa no queda ahí, pues la ciudad en la que viven, aun siendo también inventada, se encuentra en las profundidades de un atolón que sí existe y, de hecho, tiene una oscura historia detrás. Se trata del atolón Bikini, un enclave paradisíaco del océano Pacífico que ha pasado las últimas siete décadas deshabitado, después de que el gobierno de los Estados Unidos decidiera usarlo como campo de pruebas nuclear. Lo que ocurrió después pertenece a una de las partes más sombrías de la historia de la humanidad.

Una evacuación “temporal”

En julio de 1946, el gobierno de los Estados Unidos evacuaba a las 167 personas que vivían en el atolón Bikini, asegurándoles que pronto podrían volver a sus casas.

Aquel atolón, perteneciente al archipiélago de las islas Marshall, había sido escogido como zona de pruebas nuclear del ejército del país americano. Desde entonces, y hasta 1958, se realizaron un total de 67 pruebas nucleares. La idea era que fuesen solo pequeñas explosiones controladas, de modo que pasado un tiempo la zona pudiese ser habitada sin problemas. Sin embargo, en 1954 uno de aquellos ensayos salió mal, avocando al atolón y todos los seres vivos que lo habitaban a un largo periodo de muerte y desolación.

Ocurrió el 1 de marzo, durante la explosión controlada del artefacto bautizado como Castle Bravo. Se trataba de la primera de una serie de pruebas de diseño de armas termonucleares de alto rendimiento, aunque no se esperaba que tuviese un resultado tan devastador en la zona. Sin embargo, un defecto en el proceso de fabricación condujo a que su potencia fuese mucho mayor de lo previsto, alcanzando los 15 megatones. El megatón es una unidad de energía utilizada para medir el poder destructivo de las armas nucleares. Las bomba de Hiroshima, que terminó con la vida de más de 100.000 personas, tenía una “potencia” de alrededor de 15 kilotones; es decir, mil veces menos.

El poder devastador de Castle Bravo alcanzó 11.000 kilómetros cuadrados, afectando a cientos de habitantes de las regiones cercanas, e incluso a los tripulantes de un barco de pesca que faenaba por allí. La evacuación había salvado a menos de cien personas, pero muchas más enfermaron o murieron a causa de la explosión.

La efímera vuelta a casa

A pesar del desastre que supuso Castle Bravo, el gobierno cumplió la promesa que había hecho a los habitantes del atolón y diez años después del fin de las pruebas anunció que ya podían volver, si lo deseaban. Cien de ellos aceptaron y Bikini se convirtió de nuevo en una zona habitada. Sin embargo, pronto se comprobó que los niveles de radiactividad presentes en el agua, el marisco o la fruta cultivada en la zona seguían siendo muy preocupantes, por lo que se decidió volver a evacuar. A día de hoy, nadie ha vuelto a vivir allí. ¿Pero sigue siendo un lugar peligroso?

En la actualidad la zona sigue siendo inhabitable para los humanos y, de hecho, se calcula que seguirá así durante varias décadas más. Sin embargo, está abierta a visitantes, siempre que tengan un permiso de las autoridades locales y viajen en una embarcación autosuficiente. También han viajado hasta allí varias expediciones de científicos, que han comprobado sorprendidos que la vida comienza a florecer de nuevo. En 2008, por ejemplo, un equipo de investigadores de la Universidad de Queensland, de Australia, publicó en Marine Pollution Bulletin un estudio en el que describían el estado de los arrecifes de coral, medio siglo después del desastre nuclear. En dicho informe se describe la existencia de corales de hasta siete metros, además de bancos de peces y otros animales, como las almejas. De hecho, muchas de estas especies han creado comunidades en el interior de los cráteres horadados por la bomba.

Esta es una buena noticia, aunque aún queda mucho por recuperar. Por otro lado, en el estudio estos científicos explican que si un suceso similar se diera hoy en día la recuperación sería mucho más complicada, por la adición de las dificultades resultantes del cambio climático y el deterioro resultante de varias décadas de actividad humana.

Todo esto convierte al atolón Bikini en un lugar enigmático, que incluso en 2010 fue declarado patrimonio de la humanidad, como símbolo de lo que llegó a conseguir la avaricia humana. Otros prefieren recordar lo que ocurrió poblando las profundidades de este entorno de todo un asentamiento de simpáticos personajes, ajenos a lo que la maldad humana provocó en el terreno que se erige sobre ellos. Solo un genio como Stephen Hillenburg podría encontrar ese punto de inocencia en un lugar marcado por la destrucción y hacer disfrutar con ella a niños de todo el mundo. Ojalá, entre canción y canción y sin darse cuenta, esos adultos del futuro aprendan a cuidar el mundo que les rodea y eviten repetir los errores de los que les precedieron. Parece ser que Bob Esponja es mucho más que una esponja parlanchina que lleva calcetines debajo del mar. Gracias, Stephen.