– Jul 18, 2019, 12:00 (CET)

El curioso destino de las muestras del Apolo: sexo en la Luna y trapicheos aristócratas

Muchas muestras fueron regaladas a los países del mundo por parte del gobierno de Estados Unidos, otras se quedaron en la NASA para su estudio, pero la mayoría han corrido destinos totalmente inesperados.

El 20 de julio de 1969 quedó marcado para siempre como uno de los días más importantes de la historia de la humanidad, después de que dos hombres consiguieran por primera vez caminar sobre la Luna, mientras que un tercero permanecía en el módulo de comando y cientos de personas, responsables también del logro, seguían cada segundo desde la Tierra.

Pero no todo fue pasear sobre la superficie del satélite. Parte del trabajo de Aldrin y Armstrong fue también recoger alrededor de 20 kilogramos de muestras, que tuvieron destinos muy diferentes tras su vuelta a casa. Algunas, lógicamente, fueron destinadas a la investigación. Sin embargo, otras se utilizaron para la elaboración de obsequios conmemorativos para todos los países del mundo. Con ello, el gobierno de los Estados Unidos, entonces presidido por Richard Nixon, pretendía mostrar que aquel hito pertenecía a todo el planeta Tierra y no solo a su propio país. Ninguno tuvo intención comercial, pero no debemos olvidar que los humanos aparte de ser capaces de llegar a la Luna somos también bastante dados al trapicheo, por lo que no es extraño que muchos de aquellos pedazos de roca “desaparecieran” con el tiempo, corriendo fortunas de lo más variadas.

¿Qué pasó con las muestras de España?

La historia de las muestras lunares que llegaron a España se encuentra en varios de los capítulos del libro Cuestiones curiosas resueltas por el Perito en Lunas, del astrofísico David Galadí.

En él se explica que a bordo de todas las misiones del programa Apolo llevaron maletines en los que se encontraban pequeñas réplicas de la bandera estadounidense, así como la de cada uno de los estados miembros, y también la de las Naciones Unidas y los países que pertenecen a ellas. Ninguno de estos objetos llegó a estar en contacto directo con la Luna, pero solo el hecho de que hubiesen viajado hasta ella los convertía en joyas solo superadas por el gran valor de las muestras de roca lunar que recogieron los astronautas del Apolo 11.

Por eso, Nixon tomó la determinación de preparar 250 kits para todos los países del mundo y algunas organizaciones. Cada uno de ellos contenía una placa de madera con la bandera de la nación, que había viajado a bordo de la nave, y una esférula de un material parecido al metacrilato, en la que se había incrustado un pequeño pedacito de arena lunar, de solo media décima de gramo. En total 13 gramos de las muestras que llegaron de vuelta con los tres astronautas fueron destinados a este fin. Además de todo esto, cada país recibía una placa metálica con una inscripción conmemorativa. En la de España rezaba en inglés:

Obsequio al pueblo de España de parte de Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos de América.

Tres años después, ya finalizadas las misiones Apolo, se llevó a cabo un procedimiento similar con muestras transportadas en el Apolo 17, de las cuales, por supuesto, España también tuvo la suya. Entonces, ¿dónde está cada una de ellas ahora?

En su libro, Galadí explica que la normativa estadounidense prohíbe que se comercialice con las piezas que compusieron en su día los kits conmemorativos. Sin embargo, poco pueden hacer por controlar las acciones que tienen lugar fuera de sus fronteras. Por eso no es extraña la suerte que han corrido kits como el del Apolo 17 de Malta, que permaneció en su Museo Nacional de Historia Natural hasta que fue robado del mismo en 2004 y no se supo nunca más de él. También en Rumanía se dio un suceso similar, pues tras el derrocamiento del presidente de la República en 1989 la muestra del Apolo 11 fue vendida en el mercado negro y se desconoce qué destino ha corrido desde entonces. Otros países han seguido las directrices estadounidenses y las han mantenido localizables y expuestas al público. Es el caso de Alemania, Argentina, Nueva Zelanda, Canadá, Finlandia o Reino Unido, entre otros. Pero no de España. Aquí posiblemente no supimos valorar lo que se nos había regalado, por lo que bastaron seis años desde su recepción para que los movimientos de dudosa legalidad comenzaran a darse.

Dada la época en la que sucedió todo, no es extraño que las muestras quedaran en posesión del dictador Francisco Franco y su familia. La primera, procedente del Apolo 11, estuvo en su casa y, si bien la familia reconoció que en algún momento se plantearon subastarla, finalmente se decidió dejarla allí, quizás como decoración. A la llegada de la segunda, el jefe de estado no vio pertinente guardarla también en sus dominios, por tener ya una. Lo lógico hubiese sido donarla al pueblo español, para que fuese expuesta en algún museo, como hicieron otros tantos países del mundo. Pero sus años de gobierno no estuvieron regidos precisamente por la lógica, de ahí que finalmente decidiese regalársela a su lugarteniente, el almirante Luis Carrero Blanco. Pocos meses después tuvo lugar su muerte, pero la muestra lunar siguió con su familia hasta que en 2007 uno de sus hijos decidió donarla al Museo Naval de Madrid. Por fin conocemos el destino definitivo de una. ¿Pero qué pasa con la anterior? ¿Sigue en manos de los descendientes del Generalísimo? Lo cierto es que no y que nadie sabe dónde se encuentra, aunque hay ciertos hilos de los que tirar y ni siquiera se remontan a mucho después de su donación.

Tras la muerte de Franco, el físico jefe de la Estación de Seguimiento Espacial de Fresnedillas de la Oliva, Luis Ruiz de Gopegui, recibió la llamada de una casa de subastas inglesa que quería comprobar si una muestra que estaban intentando venderles procedía realmente de la Luna, como les prometía el interesado. Nada más revisar los documentos el científico español supo que era la partícula selenita que había sido entregada a España tras el éxito del Apolo11. Así se lo dijo a sus interlocutores, pero también les explicó que su comercialización era ilegal y les preguntó quién había intentado vendérsela. Los británicos no sabían mucho de él, solo que aseguraba ser marqués. Nunca se supo más. De hecho, parece ser que el destino de las muestras iba a ser el Museo de Historia Natural de Londres, pero según declaraciones de sus trabajadores al periódico El Mundo en 2009, en ese momento allí solo hay dos muestras lunares, una donada a Reino Unido por Nixon, del mismo modo que ocurrió en España, y otra cedida por la NASA para una exposición temporal. ¿Quién era aquel marqués? Nunca se sabrá a ciencia cierta, aunque no hay que husmear mucho entre las personas más allegadas de Franco para dar con un famoso aristócrata con este título nobiliario. En definitiva, de las dos muestras que recibió nuestro país, una está en paradero desconocido y otra sin pena ni gloria en un museo en el que casi nadie sabe que está. Aquellos años fueron una época gloriosa para la ciencia en Estados Unidos, pero no en España. En realidad, no fue una época gloriosa para España en prácticamente ningún sentido.

La muestra que terminó compartiendo sexo en la cama

El gobierno de Estados Unidos regaló cientos de muestras a otros países del mundo, pero lógicamente también se quedó unas cuantas, la mayoría de las cuales permanecen aún en la NASA. Y, aunque resulte difícil de imaginar, son precisamente las almacenadas por la Agencia Espacial Estadounidense las que han tenido el destino más disparatado de todos.

Todo ocurrió en 2002, en el Centro Espacial Johnson, de Houston. Allí estudiaba Thad Roberts, un joven de 25 años que había sido aceptado para participar en un programa de la NASA para futuros astronautas. Sabía que unos 270 kilos de muestras de las misiones Apolo se encontraban allí mismo, en una caja sellada, para evitar el contacto con el exterior y, francamente, no lograba entenderlo. ¿Cómo podía ser que algo tan valioso estuviese allí, oculto y sin que nadie pudiese usarlo? Por eso, decidió idear un plan para robarlas junto a dos de sus compañeras del programa, la joven Shae Saur, de 19 años, y Tiffany Fowler, con quien Thad mantenía una relación amorosa. Su condición de alumnos les abriría muchas de las puertas que llevaban hasta la caja fuerte. Para lo demás, tuvieron que recurrir a varias trampas, y también a la fuerza; pero, increíblemente, lo lograron.

Por fin las tenían, ya podían “usarlas”. ¿Pero para qué? El joven lo tenía claro y también su pareja. Poco después, los dos se encontraban teniendo sexo con todas aquellas rocas esparcidas bajo las sábanas. Literalmente, según les gustaba pensar a ellos, habían tenido sexo en la Luna. Como era esperable, también pretendían ganar dinero con ellas, por lo que ya terminada su erótica aventura optaron por poner algunas muestras a la venta. Y eso fue precisamente lo que terminó llevando al FBI hasta ellos. Los tres fueron declarados culpables y Thad fue condenado a más de 8 años de prisión.

Las muestras por fin podían volver a su lugar, pero ya no eran las mismas. Aquella irresponsable excursión las había contaminado, por lo que habían perdido gran parte de su valor científico. Y es que el ser humano es así. Cientos de ellos pueden poner todo su trabajo y su intelecto al servicio de la humanidad, para lograr llevarla hasta la Luna y conocer mejor el universo que nos rodea. En cambio, otros pueden en unas horas llevar al traste todo aquel esfuerzo en una hazaña pueril. Sin duda somos una especie con muchos contrastes.