Esta semana se cumplen 50 años de uno de los mayores hitos científicos de la historia de la humanidad: la llegada de la primera misión tripulada por astronautas a la superficie de la Luna.

Aquel 20 de julio se demostró que el ser humano era capaz de llegar a lugares hasta hacía poco inimaginables. Esto conllevó un gran número de dificultades técnicas, que fueron superadas gracias al trabajo de cientos de hombres y mujeres, que ayudaron desde la Tierra a impulsar a aquellos primeros humanos hacia nuestro satélite. Tal era la complejidad de la tarea que ciertos factores, aparentemente más sencillos, se dejaron en un segundo plano. Este es el caso de las herramientas de las que dispusieron los astronautas para hacer sus necesidades, tanto durante el trayecto, como una vez en la Luna. Lograron finalizar un viaje de más de 300.000 kilómetros, superando las dificultades del aterrizaje y con trajes que les permitieron salir al exterior y poder caminar sobre el satélite. Pero para orinar tenían que usar una especie de preservativo unido a una bolsa, que normalmente daba lugar a derrames. La ingeniería de precisión estaba orientada a otros fines, aunque seguramente este no fue un duro precio que pagar a cambio de convertirse en los primeros hombres que pusieron sus pies sobre un lugar tan lejano.

Retretes espaciales

Según un artículo sobre este tema publicado recientemente en Business Insider, los astronautas estadounidenses tuvieron que esperar hasta la década de los 80 para poder usar un inodoro en sus naves espaciales. Técnicamente ya había uno en la estación espacial Skylab en los 70, pero era un rudimentario agujero en la pared, que obligaba a los astronautas a secar sus heces en un compartimento especial.

De cualquier modo, ni siquiera de esto disfrutaron en 1969 los tres hombres a bordo del Apolo 11, durante su viaje a la Luna. Lógicamente, el hecho inevitable de que tendrían que orinar y defecar durante los días que estuvieron a bordo estaba más que contemplado, pero las medidas tomadas para ello eran quizás demasiado simples.

Para orinar durante el viaje se colocaban una especie de preservativo que se reemplazaba diariamente y que iba conectado a una bolsa a través de una manguera corta. La sujeción no era perfecta, por lo que tuvo lugar algún que otro incómodo derrame.

Pero aún peor era el procedimiento para depositar sus heces. En ese caso, utilizaban una bolsa de plástico, previamente fijada a las nalgas con ayuda de cinta adhesiva. Este “baño portátil” disponía de un dispositivo para el papel higiénico y una protección para los dedos, que evitaba que los astronautas se mancharan en este desagradable proceso. Lamentablemente, en ciertas ocasiones tampoco quedaba fijo, dando lugar a incidentes algo más incómodos que los derrames producidos con la orina. Es precisamente lo que le ocurrió a uno de los astronautas del Apolo 10, cuando avisó que necesitaba urgentemente un papel, por tener un excremento flotando en el aire, a causa de la ingravidez.

Todas estas medidas eran las que se empleaban en el interior de la nave. Sin embargo, en el Apolo 11 fue necesario realizar una serie de cambios, ya que al llegar a la Luna dos de sus tripulantes salieron al exterior para caminar sobre el satélite y recoger las muestras pertinentes. Por eso, lo más sencillo fue colocarles una especie de "pañal espacial", en el que podrían depositar cualquiera de sus necesidades durante el tiempo que estuvieron fuera de la nave.

Ya está claro cómo defecaban, ¿pero qué hacían con sus heces después? En realidad, una vez que estas salieron de su cuerpo se convirtieron en una muestra más que llevar hasta la Tierra, ya que también formaba parte de la misión analizar cómo había afectado el viaje a su salud. Se les realizaron múltiples pruebas, entre las que, por supuesto, se encontraba analizar sus excrementos. Por eso, una vez que los depositaron en la bolsa, esta se plegaba en el menor espacio posible y se guardaba a espera de su “vuelta a casa”.

De cualquier modo, el tema del pañal durante los paseos en el exterior sigue siendo un reto incluso a día de hoy, ya que sí se dispone de retretes en el interior, pero en el exterior deben seguir portando estas “prendas de contención”. Esto podría suponer un problema en futuros viajes largos, como los planeados a Marte. Por eso, la NASA lanzó en 2016 un certamen en busca de ideas que permitieran eliminar las heces de un modo limpio y seguro para los astronautas. Los ganadores, que recibieron 30.000 dólares por sus ideas, propusieron tres opciones que la agencia espacial estadounidense ha tomado como base para el desarrollo futuro de herramientas que permitan abandonar por fin el pañal espacial.

Bolsas para orinar (NASA)

Nuevo reto: la menstruación

Cuando las mujeres comenzaron a formar parte de estas misiones espaciales de larga duración el problema del retrete ya estaba solucionado. De hecho, la propia Estación Espacial Internacional ha ideado un dispositivo que aspira la orina y la heces, separando los residuos y reciclando parte de la fase líquida como agua potable. Sin embargo, una vez solventada esta cuestión se planteaba un nuevo reto: ¿qué pasaba con la menstruación? ¿Se eliminaría correctamente la sangre durante el periodo o se acumularía pudiendo causar trastornos como la peritonitis?

La primera en comprobarlo fue Sally Ride, quien también fue la primera mujer estadounidense en viajar al espacio. Lo hizo en 1983, mucho después que Valentina Tereshkova, quien hizo lo propio en 1963. Pero Valentina no tenía su periodo cuando realizó su viaje de tres días.

Por eso, antes de la partida de Ride, los ingenieros de la NASA se encargaron de analizar a fondo sus tampones, midiéndolos, pesándolos y asegurándose de que no olerían demasiado una vez desechados en un contenedor diseñado para ello. Para terminar se guardaron todos con los hilos bien sujetos, para evitar que se soltaran y quedaran flotando por la nave. El primer paso estaba superado, pero quedaba saber si todo iría bien con el sangrado.

Finalmente, todo transcurrió sin problemas para la astronauta, que no sintió más molestias de las que sufre cualquier mujer en la Tierra. Sin embargo, no deja de ser un gran engorro, de ahí que en los últimos años se haya propuesto a las mujeres que viajen en el espacio la posibilidad opcional de detener sus periodos durante el tiempo que dure su misión. Se espera que la próxima persona que viaje a la Luna sea una mujer y que también lo sea alguno de los miembros de la tripulación que se dirija a Marte en unos años. Contemplar esta opción puede ser una gran idea. Al fin y al cabo, si muchas detienen sus reglas de cara a unas vacaciones, ¿por qué no hacerlo para viajar al lugar más exótico al que se ha ido jamás?