A pesar de su aspecto aparentemente inofensivo y su reducido tamaño, las hormigas son animales verdaderamente complejos y en muchas ocasiones malvados. Es bien sabido que son insectos muy trabajadores, que se organizan en grupos correspondientes a sus tareas. Sin embargo, no es esta la única jerarquía a la que obedecen, pues algunas especies suelen estructurarse también en forma de ejércitos, con el fin de declarar la guerra a las habitantes de otros hormigueros. Algunas incluso tienden a realizar actos como decapitar a sus presas o tomar prisioneras y esclavizarlas.

Pero no siempre dominan las hormigas. De hecho, hay otros seres vivos capaces de hacer que ellas actúen a su voluntad, convirtiéndolas también en esclavas, durante toda su vida. Podría creerse que se trata de los humanos, o cualquier otro animal de grandes dimensiones, pero en realidad no se trata de animales, sino de plantas. Durante siglos, las plantas han desarrollado estructuras y habilidades que hacen que las trabajadoras hormigas actúen a su voluntad, llevando a cabo tareas como dispersar sus semillas o protegerlas frente a posibles atacantes. Eso sí, los insectos también se llevan su pequeña recompensa, ya que durante estos procedimientos ellos consiguen el cobijo y los nutrientes que necesitan para sobrevivir. Está claro que la relación es mutua, ¿pero qué ocurrió antes? ¿Evolucionaron las plantas para esclavizar a las hormigas o fueron las hormigas las que buscaron que las plantas dependieran de ellas? Esta ha sido una pregunta sin respuesta durante años, como la del huevo y la gallina. Sin embargo, ahora un equipo de científicos procedentes del Field Museum (Estados Unidos) ha puesto fin al misterio, con un artículo publicado hoy en PNAS.

Esclavas inconscientes

Gracias a las plantas, las hormigas pueden obtener muchos de los nutrientes necesarios para su supervivencia y, en muchos casos, también un lugar donde anidar y cobijarse. Esto podría parecer una “elección libre” de estos insectos. Sin embargo, son las plantas las que les envían señales para que actúen a su antojo.

Por ejemplo, muchas poseen estructuras en forma de espinas huecas, en las que las hormigas pueden cobijarse y fabricar sus nidos. Es una ventaja para ellas, pero también para las plantas. Nadie quiere ver cómo destrozan su hogar y, como es lógico, las hormigas tampoco. Por eso, si otro insecto o algún pequeño mamífero intentan comer las hojas o los tallos de la planta las hormigas atacarán con toda su artillería, que no es poca.

Por otro lado, es muy común ver cómo estos insectos se pasean hasta sus hormigueros cargadas con semillas que doblan o triplican su tamaño. Si las comen, podría ser una gran desventaja para las plantas, pero en realidad está todo controlado. Esto se debe a que, por lo general, solo se comen los eleosomas, que son unas reservas de sustancias nutritivas unidas a las semillas. Una vez que las hormigas toman el contenido del eleosoma, la semilla queda bajo tierra, germinando una nueva planta, sin que la planta original haya tenido que “esforzarse” para su dispersión.

Una planta que evolucionó con espinas huecas para que las hormigas se refugiaran. A cambio, las hormigas defienden la planta de los ataques de otros insectos y mamíferos. Crédito: Field Museum, Corrie Moreau

¿Qué fue antes? ¿La planta o la hormiga?

Para comprobar quiénes comenzaron esta curiosa relación de dependencia sería útil recurrir a registros fósiles. Sin embargo, no hay ninguno que pueda dar la información necesaria para ello. Así lo explica uno de los autores del estudio, Matt Nelsen, en un comunicado de prensa:

"Hay muy pocos registros fósiles de estas estructuras en las plantas y no se extienden muy atrás en el tiempo. Por otro lado, hay toneladas de fósiles de hormigas, pero por lo general no muestran los comportamientos analizados. No vemos una hormiga conservada en ámbar llevando una semilla ".

Por eso, finalmente estos científicos decidieron recurrir a bases de datos de ADN, reconstruyendo los árboles filogenéticos de 1.700 especies de hormigas y 10.000 géneros de plantas. De este modo, comprobaron que las hormigas comenzaron a depender de las plantas mucho antes que las plantas de las hormigas. Concretamente, mostraron comportamientos asociados a vegetales antes de que las plantas desarrollaran estructuras como las espinas, antes mencionadas.

Por lo tanto, fue antes la hormiga que la planta, pero lo más curioso es que no todas las hormigas centran su vida en las plantas y las que lo hacen no muestran ningún tipo de ventaja con respecto a las demás. Lo que está claro es que ellas no son las únicas capaces de tomar esclavas y que las plantas han “sabido” cómo aprovecharse de ellas para su propio beneficio. Así es la magia de la evolución.