Que el cine sea un arte colectivo convierte a las películas en receptoras de las mil y una aportaciones e ideas de los profesionales que trabajan en cada proyecto, y si la implicación del equipo se deja sentir a lo largo de su desarrollo y hay libertad para añadidos significativos, los detalles personales pueden saltar a la vista. Como los cameos que, en ocasiones, se dejan caer en alguna escena del metraje; no en la sucesión desvergonzada de despropósitos como los protagonizados por José Luis Torrente (Santiago Segura, 1998-2014), sino de forma puntual. Sabemos que al realizador británico Alfred Hitchcock le encantaba asomarse en sus filmes, y que el recientemente fallecido Stan Lee aparecía en cuantas adaptaciones de Marvel Comics le quisieran echar y lo seguirá haciendo en el futuro.

Pero a quien le ha tocado en El cascanueces y los cuatro reinos (Lasse Hallström y Joe Johnston, 2018) no es otro que el venezolano Gustavo Dudamel. Este famoso músico y director de orquesta, nacido en Barquisimeto en 1981 y al que se le concedió la nacionalidad española el pasado marzo por su matrimonio en 2017 con la actriz madrileña María Valverde (A puerta fría), no ha podido tener una trayectoria más destacada. En 1999, le designaron director de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y de Nacional de la Juventud, ambas venezolanas, y en 2009, de la Filarmónica de Los Ángeles, y ha sido invitado asiduamente a llevar la batuta en diversas actuaciones musicales con las de Gotemburgo, Israel, Birmingham, Dresde, Liverpool, Chicago, Stuttgart, Viena, Nueva York, San Francisco o Berlín.

También en la Philharmonia del Royal Albert Hall londinense, el Teatro de la Scala milanés o el el Walt Disney Concert Hall californiano, y ha recibido el primer premio en el Concurso de Dirección Gustav Mahler (2004), el Anillo de Beethoven en los Proms de la BBC (2005), el Doctorado Honoris Causa más joven por la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (2009) y la del Zulia (2010) y el Grammy por dirigir tan bien la Sinfonía número 4 de Johannes Brahms con su filarmónica angelina (2012). Intervino en el espectáculo musical de la quincuagésima Super Bowl, la de 2016, al tomar las riendas de la banda de la Universidad de California en Berkeley y de la Orquesta Juvenil de Los Ángeles; y desde octubre de ese mismo año, una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood luce su nombre.

Su reputación es mundial y, por si todo lo anterior no fuera suficiente, resulta que el 1 de enero de 2017 se convirtió en el director musical de mayor juventud en conducir a la Filarmónica de Viena durante el Concierto de Año Nuevo. Además, su relación con el séptimo arte no es sólo de ahora: ahí está el largo documental Dudamel: el sonido de los niños (Alberto Arvelo, 2010) y la banda sonora que compuso para la película Libertador (Arvelo, 2013), por la que pudo optar a los Premios Platino del Cine Iberoamericano. Y esa leyenda de la música para la pantalla grande que es John Williams (Indiana Jones y la última cruzada) le invitó en 2015 dirigir las melodías de apertura y de cierre en las grabaciones de Star Wars VII: El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2016).

Ese mismo papel pero para la partitura completa, en cuya composición ha participado junto con James Newton Howard (Unbreakable), lo ha repetido en El cascanueces y los cuatro reinos. Así que su aparición anecdótica durante una de sus escenas tampoco es muy casual: cuando Clara Stahlbaum (Mackenzie Foy) arriba al palacio del mundo de fantasía en el que reinaba su madre y hacedora, Marie (Anna Madeley), y asiste a la representación de un ballet en el que se cuenta la historia de cómo esta última dio vida a dicho mundo y a sus habitantes, vemos a Gustavo Dudamel, al que la revista National Geographic considera un auténtico genio y el mayor representante de la música clásica en el entorno latinoamericano, como el director de la orquesta. Nada más propio que este cameo para él.