De todos es sabido que Walt Disney Studios se nutre en gran medida de la literatura para sus proyectos cinematográficos, es decir, que adapta novelas y cuentos en multitud de filmes. El último con estas características es El cascanueces y los cuatro reinos, recientemente estrenado y dirigido por los veteranos Lasse Hallström y Joe Johnston. El realizador sueco ya tenía en su haber Mi vida como un perro (1985), ¿A quién ama Gilbert Grape? (1993), Las normas de la casa de la sidra (1999) o Hachiko (2009), y al texano, Honey, I Shrunk the Kids (1989), Jumanji (1995), Cielo de octubre (1999), Parque Jurásico 3 (2001) o Capitán América: El primer Vengador (2011), de modo que no es de extrañar que, con esta experiencia más o menos digna según el caso, Disney confiara en ellos para esta nueva adaptación.

Uno de los relatos del escritor y dibujante prusiano Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (Los elixires del diablo) del que se guarda mayor recuerdo es El cascanueces y el rey de los ratones, que publicó en 1816, pocos años antes de su muerte. El francés Alexandre Dumas quiso contar la misma historia según su propia conveniencia y, en 1845, lanzó La historia de un cascanueces, que es la que en realidad se convertiría luego en el famosísimo ballet El cascanueces, cuya música compuso el ruso Pyotr Ilych Chaikovski (El lago de los cisnes) para la coreografía de su compatriota Lev Ivanov y el galo Marius Petipa en 1892. Y que su cuento acabara transformado en un ballet de un grande como Chaikovski tiene mucho sentido considerando que Hoffmann optó por sustituir su tercer nombre, Wilhelm, para honrar al genial Mozart.

el cascanueces y los cuatro reinos disney
Disney

Contando ahora con El cascanueces y los cuatro reinos, ya hay tres decenas de filmes que se basan en esta misma historia, quizá no tan lujosos como el que se ha podido permitir Disney y, sin duda, ninguno de ellos de directores conocidos como Lasse Hallström y Joe Johnston o con un reparto tan estelar, que incluye a pesos pesadísimos como Morgan Freeman (The Shawshank Redemption) encarnando a Drosselmeyer o Helen Mirren (Last Orders) de Madre Jengibre, a la estrella Keira Knightley (Piratas del Caribe) dando vida al Hada de Azúcar, a Matthew Macfadyen (Orgullo y prejuicio, 2005) como el señor Stahlbaum o a jóvenes actores como Mackenzie Foy (Interestellar) y Jayden Fowora-Knight (Ready Player One) interpretando a los protagónicos Clara Stahlbaum y el Capitán Phillip, el soldado Cascanueces.

Todos ellos trabajan en el límite de lo aceptable, para no desentonar con las estrecheces evidentes de la propia película; incluso los reputados Freeman y Mirren; y tal vez Knightley sea la más esforzada por necesidad con el histrionismo de su personaje. Parece que la guionista primeriza Ashleigh Powell no ha mostrado intención alguna de rehuir la sencillez del relato original ni de adentrarse en mayores profundidades dramáticas, probablemente pensando en el público objetivo de Disney, como si a los chavales sólo se les pudiesen ofrecer sumas sencillas y no multiplicaciones; y no será que la adaptación no se muestra bien libre. De forma que El cascanueces y los cuatro reinos, sin despeñarse como un producto fílmico que acaba indigestando al espectador, se deja ver.

el cascanueces y los cuatro reinos disney
Disney

Como era de esperar porque resultaría un despropósito de gran envergadura en caso contrario, destaca con claridad en el preciosismo de su diseño de producción y de vestimentas, responsabilidad de Guy Hendrix Dyas (Origen) y Jenny Beavan (Mad Max: Fury Road), lo mínimo que se le debe pedir a una película semejante, presupuestada en unos 120 millones de dólares —que aún no ha recuperado en la taquilla mundial— y que escoge lo que desea del cuento de E. T. A. Hoffmann y del ballet de Chaikovski, en los que que se basa en conjunto —también hay aquí algo de Dumas—, cambiando lo que le ha placido a Powell. El compositor James Newton Howard (Unbreakable), por otra parte, tampoco se luce con su partitura. Así, El cascanueces y los cuatro reinos se contenta con entretener lo justo, sin deslumbrar casi en ningún aspecto, y los espectadores sólo podrán darse con un canto en los dientes.