Lo habitual en las películas y las series de televisión es que su relatos sean transparentes, es decir, que los espectadores conozcan en todo momento lo que ocurre o la mayoría de las circunstancias que afrontan los personajes, y en esto no influye si la estructura del guion es lineal, se sirve de flashbacks, comienza in media res, da brincos de un instante a otro de la historia o una combinación de algunas de estas opciones. Lo menos frecuente es que uno se tire buena parte del metraje enredado sin saber la razón de lo que sucede y ni tan siquiera cuáles son las motivaciones de los protagonistas; y esta placentera incertidumbre es lo que nos regalan en el filme Bad Times at the El Royale, dirigido por el estadounidense Drew Goddard este 2018 y de estreno en los distintos países a lo largo de estos meses.

Sentarse a ver la segunda película de este director tras su debut en el largometraje, la osada pero fallida The Cabin in the Woods (2012) —obra de culto con guion de Joss Whedon (Los Vengadores) y el mismo Goddard que recicla los tópicos del cine de terror dándoles una vuelta de tuerca y les aporta frescura así, pero que naufraga al final con malas decisiones—, es suponer que uno no va a contemplar un espectáculo cinematográfico normalito, y no resulta ninguna equivocación: Goddard, que aquí firma como autor único del libreto, construye la intriga compleja de un puzle narrativo con flashbacks y otros saltos situacionales que van armando una explicación a lo que acontece en el Hotel El Royale, un gratísimo juguetito dramático con siete personajes principales y su propio misterio a las espaldas.

bad times at the el royale crítica
Fox

Quitando sus dos contribuciones para la pantalla grande en la silla del director, este cineasta ha tenido una trayectoria firme pero irregular como guionista, escribiendo para series de televisión como Buffy, cazavampiros (Whedon, 1996-2003), Angel (Whedon y David Greenwalt, 1999-2004), Alias (J. J. Abrams, 2001-2006), Perdidos (Abrams, Jeffrey Lieber y Damon Lindelof, 2004-2010) o Daredevil (desde 2015), de la que es el creador; y para películas como Cloverfield (Matt Reeves, 2008), Guerra Mundial Z (Marc Forster, 2013) o Marte (Ridley Scott, 2015). Y, pese a que la mitad de estas propuestas caiga por el precipicio de la indigestión, han ayudado a Goddard a alcanzar una reputación confiable en la industria; y eso que se siente que no ha hecho más que empezar.

Por esta causa y obviando sus libretos para la inolvidable Perdidos, que se benefician en el contexto de su grandeza general, parece justo reconocer que Goddard nos ha entregado lo mejor de lo que ha sido capaz hasta ahora, desde que empezó como asistente de quien coordinaba la producción para un episodio de la breve Snoops (David E. Kelley, 1999), con Bad Times at the El Royale, en la que el espíritu del director texano Quentin Tarantino está presente con mayor gusto y conmiseración por sus personajes de la que este ha mostrado jamás, pues hay escenas en las que nos vienen a la memoria filmes como Reservoir Dogs (1992) o Pulp Fiction (1994) por la violencia de carismáticos sujetos pirados, y The Hateful Eight (2015) por los enigmas que se van desentrañando duramente durante una reunión de desconocidos.

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Pero esta película no podría ser tan grata sin el talento de su lujoso reparto, al que nadie pondría un pero; desde Jon Hamm (Baby Driver) como Laramie Seymour Sullivan, Cynthia Erivo (Mr. Selfridge) interpretando a Darlene Sweet y el impagable Jeff Bridges (The Only Living Boy in New York) como el padre Daniel Flynn hasta Dakota Johnson (Black Mass) y Cailee Spaeny (Pacific Rim: Uprising) encarnando a Emily y Rose Summerspring, Lewis Pullman (Lean on Pete) como Miles Miller y un desacostumbrado Chris Hemsworth (Thor: Ragnarok), que ya había trabajado para Goddard con The Cabin in the Woods, en la piel de Billy Lee. Y otra de los colaboradores del realizador que ha vuelto con él para su segundo filme es la montadora Lisa Lassek (Vengadores: La era de Ultrón).

Hay que decir, por otra parte, que la banda sonora del prolífico Michael Giacchino (Up) es una composición más discreta que de costumbre pero no menos eficiente por tal cosa, con un perfil más funcional, de un subrayado dramático que recuerda en cierto modo a determinadas partituras suyas para Perdidos, uno de los mayores portentos de la intriga cinematográfica que ha empujado al mundo a morderse las uñas. Entonces, no se puede considerar que sea una mala elección estilística para un thriller como Bad Times at the El Royale, que gozarán todos aquellos cinéfilos que valoren los guiones bien madurados, con una elaboración pulida, que no tuerzan el gesto ante la violencia inesperada y de contrapunto o la crueldad psicótica de los personajes tarantinianos y, sobre todo, que disfruten por no saber qué demonios está ocurriendo.