– Ago 26, 2018, 12:13 (CET)

El Manifiesto Russell-Einstein: cuando la ciencia quiso frenar el apocalipsis

Así se gestó el Manifiesto Russell-Einstein, el texto que sentó las bases para que el trabajo de los científicos más reconocidos del mundo se haga desde la búsqueda de la paz y en contra de la ciencia con fines armamentísticos.

La confluencia de talento más sorprendente del siglo XX se dio a finales de 1927 en Bruselas. Ante la cámara del fotógrafo Benjamin Couprie posaron 29 de los mayores cerebros de -como mínimo- los últimos cien años. Diecisiete ya tenían entonces un Nobel en sus estanterías o estaban a punto de conseguirlo. Una de ellas, Marie Curie -la única mujer en la escena- sumaba desde hacía 16 años dos galardones. Nueve décadas después la instantánea de Couprie fascina aún por su condensación de genialidad: Curie, Einstein, Bohr, Schrödinger, Piccard, Langevin. La foto en blanco y negro es lo más parecido que ha captado una cámara —a plena luz del día— a una noche despejada en la que se aprecian todas las constelaciones reunidas.

Por más fascinante que resulte la foto de Couprie, quizás no sea la confluencia de talento más importante que haya dejado el convulso siglo XX. Casi tres décadas después del Congreso Solvay de 1927 un documento impreso concitaría una carga de talento igual de apabullante, aunque con repercusiones sociales mayores. El escrito obtuvo el respaldo explícito de once científicos de primerísima fila. Entre ellos no estaban Marie Curie, ni Langevin —que ya habían fallecido—, aunque sí Frederick Joliot-Curie, yerno de la primera y ligado por su familia política al célebre físico galo. Sí repetirían Einstein y Born.

El impulsor de esa nueva conjugación de genios no fue un fotógrafo ni un acaudalado empresario con veleidades investigadoras, como Ernest Solvay, sino uno de los grandes intelectuales del siglo XX: Bertrand Russell. Los científicos participantes tampoco posaron para una foto. Su gesto fue más simple, pero de mayor compromiso: estamparon su firma al pie de un manifiesto contra el uso de la bomba atómica.

El 18 de agosto de 1945 —apenas un mes después de que EE UU probara la primera explosión nuclear en el desierto de Alamogordo y pasados unos días de las bombas de Hiroshima y Nahasaki—, Russell escribió en las páginas del Glasgow Forward un artículo demoledor sobre las armas que habían arrasado decenas de miles de vidas: "La humanidad se enfrenta a una clara alternativa: O bien morimos todos o bien adquirimos un ligero grado de sentido común. Un nuevo pensamiento político será necesario si se quiere evitar el desastre final".

La misma contundencia usaría el sabio de Trellech unos nueve años después al redactar el que hoy se conoce como Manifiesto Russell-Einstein, un texto valiente que apela a la responsabilidad de la clase científica en un momento decisivo: en plena Guerra Fría y cuando la humanidad ya había asistido a los horrores de la bomba nuclear.

El Manifiesto Rusell-Einstein se dio a conocer el 9 de julio de 1955. Conciso pero cargado de intenciones, el escrito alerta de los riesgos que encara la humanidad si prosigue en el camino de la guerra y el desarrollo de armas cada vez más mortíferas. Lejos de lanzar una simple queja al aire, el manifiesto exigía a los gobernantes que buscasen una solución pacífica a la escalada de tensión entre las dos grandes potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética.

La firma que llegó dos días antes de la muerte de Einstein

La proclama contó con la adhesión de Einstein. El físico alemán la firmó el 16 de abril de 1955, dos días antes de que un aneurisma acabara con su vida en Princeton. Además de Einstein, respaldaron el escrito once científicos de primera fila: Max Born, Perry W. Bridgman, Leopold Infeld, Frederic Joliot-Curie, Herman J. Muller, Linus Pauling, Cecil F. Powell, Joseph Rotblat y Hideki Yukawa. De ellos, solo Infeld, junto a Russell, murieron sin un Premio Nobel. Pauling llegó a sumar dos, como Curie: el de Química, en 1954 y el de la Paz, en 1962.

En 1941 Rotblat había abandonado en secreto la base de Los Álamos —donde se gestaba el Proyecto Manhattan— al enterarse de que el objetivo de la bomba atómica no era combatir a Hitler, sino imponer el poderío de los Estados Unidos ante la Unión Soviética. Su respaldo al Manifiesto Russell-Einstein da buena idea del espíritu pacifista que transpiraba el documento.

"Ante nosotros está, si lo escogemos, un continuo progreso en términos de felicidad, conocimiento y sabiduría. ¿Escogeremos la muerte como alternativa, solo porque somos incapaces de suprimir nuestras querellas? Hacemos, como seres humanos, un llamamiento a los seres humanos: recuerda que eres humano y olvida el resto. Si los hombres obramos así, se abrirá ante nosotros el camino hacia un nuevo paraíso; en caso contrario, quedará con nosotros el peligro de la muerte universal", proclamaba el texto de Russell en uno de sus párrafos más célebres.

"Debemos aprender a pensar en una nueva forma. […] Está comprobado con gran autoridad que actualmente puede construirse una bomba con una potencia 2.500 veces superior a la que destruyó Hiroshima. […] Nadie sabe cuán ampliamente esas partículas radiactivas podrían diseminarse, pero las mejores autoridades expresan unánimemente que una guerra con bombas-H podría posiblemente poner fin a la raza humana. Se teme que si varias bombas-H fueran usadas habría una muerte universal, repentina solo para una minoría, pero para la mayoría continuaría una lenta tortura de enfermedad y desintegración".

Además de advertir del escenario postapocalíptico que podría seguir a una conflagración con bombas atómicas, el Manifiesto de Russell y Einstein abogaba por que los científicos se uniesen a nivel internacional —por encima de sus nacionalidades o filiaciones políticas—, constituir una conferencia y "asumir los peligros que han aparecido como resultado del desarrollo de las armas de destrucción masiva". El escrito va más allá y plantea un acuerdo global, que las grandes potencias renuncien de forma pública y vinculante al desarrollo de armas nucleares.

"No representaría una solución definitiva, pero serviría a importantes propósitos", coinciden los once científicos que suscribieron con su firma la proclama Russell-Einstein: "Urgimos a los Gobiernos del mundo a tomar conciencia y a reconocer públicamente que sus propósitos no pueden alcanzarse por medio de una guerra mundial. Los instamos a encontrar medios pacíficos para la solución de todo conflicto o disputa entre ellos".

La semilla para las conferencias Pugwash

El manifiesto sería solo una semilla. Poco después de que el escrito se hiciera público el empresario y filántropo Cyrus Eaton se ofreció a organizar la conferencia que propugna el texto en su ciudad natal: Pugwash, Nueva Escocia, en Canadá, una pequeña población que ha pasado a la historia por albergar su primera cita en 1957. Desde entonces se han celebrado de forma periódica las conocidas como conferencias Pugwash, que han salido de dicha localidad para organizarse en otros países.

Durante sus sesiones se abordan temas candentes que afectan a la relación entre la ciencia y la sociedad: las aplicaciones armamentísticas de los avances en la investigación, los retos medioambientales, el crecimiento económico, entre muchos otros. Para celebrar su primer siglo de trayectoria, en 1995 las Conferencias Pugwash —junto a Rotblat— recibieron el Nobel de la Paz. En 2017 se celebró en Astaná, la capital de Kazajistán.

A pesar del reconocimiento que ha alcanzado, los primeros pasos de la conferencia no resultaron sencillos. El ex primer ministro indio Sri Pandit Jawaharlal Nehru planteó que se organizase en su país y el magnate griego de la industria naviera Aristóteles Onassis se ofreció a financiarla en Mónaco. Ni una ni otra opción prosperaron, y al final la cita se fijó en Pugwash, de donde era oriundo Eaton, un viejo amigo de Russell.

El pacifismo beligerante de Einstein

El Manifiesto Russell-Einstein revela una de las características más importantes del padre de la Teoría de la Relatividad: su pacifismo, un pacifismo además beligerante y activo. Un cuarto de siglo antes de lanzar su proclama común, el sabio británico y el alemán ya habían coincidido en su anti beligerancia. Ambos respaldaron el pacto Kellogg-Briand, impulsado por Estados Unidos y Francia y por el que 15 estados se comprometían a no recurrir a la guerra para solucionar controversias internacionales.

Mucho antes Einstein ya había criticado el militarismo de su país, se había implicado en la puesta en marcha del Partido Democrática Alemán (DDP) y tomado parte activa en la Liga germana por los Derechos Humanos. En el período de entreguerras, en 1930, defendió también la supresión del servicio militar durante el Congreso de Estudiantes Alemanes para el Desarme. Su pacifismo le llevó a ser especialmente crítico con la Sociedad de Naciones al constatar su ineficiencia para encauzar la paz. Firme opositor del fascismo, en 1939 enviaría una de sus cartas más famosas: la que dirigió el 2 de agosto a Roosevelt para advertirle de la amenaza de que los nazis desarrollasen la bomba atómica y la urgencia de que Estado Unidos se les adelantase.

"Tengo entendido que Alemania ha detenido actualmente la venta de uranio de las minas de Checoslovaquia recientemente tomadas por la fuerza. Esta acción podría entenderse teniendo en cuenta que el hijo del Sub-Secretario de Estado Alemán, von Weizäcker, está asignado al Instituto Kaiser Guillermo de Berlín, donde algunos de los trabajos con uranio realizados en los Estados Unidos están siendo replicados", alertaba el físico en el escrito —con la ayuda de su amigo Szilárd— que le atormentaría toda la vida y ayudaría a la puesta en marcha solo unos días después del Comité Briggs, germen del Proyecto Manhattan.

Cinco meses antes de morir, Einstein reconocería a uno de sus colegas que el "gran error" de su vida había sido firmar la carta de 1939. Tiempo después —durante sus últimos días de vida— estamparía su rúbrica en el escrito con el que enmendaba cualquier vínculo posible con las bombas de Hiroshima y Nagasaki: el Manifiesto Russell-Einstein.