La obra de un director tan querido y respetado como el estadounidense Steven Spielberg no destaca en absoluto por sus reflexiones profundas sobre cualquier aspecto de la experiencia humana, y la imagen que los espectadores y los analistas profesionales tienen de él está ligada al entretenimiento, la aventura y la fuerza emocional. Nada más lejano a su intención que las películas de tesis, pero eso no quiere decir que no sea posible analizar su extensa filmografía en sus aspectos ideológicos, que no computan ni deben computar para las valoraciones, y en concreto, sus propuestas más sociopolíticas. No hay duda de que es en la demostración de verdades emocionales para lo que este cineasta está más bien dotado, incluso en recreaciones históricas específicas o situaciones sociales.

Una buena muestra de ello es El color púrpura (The Color Purple, 1985), doloroso y notable filme que se basa en la novela epistolar homónima de Alice Walker y en el que palpita un sentido indiscutible de la injusticia racial y de los abusos del machismo en el Sur de Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo XX. En El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987), elaborada según las memorias de James Graham Ballard sobre la Segunda Guerra Chino-Japonesa y la Segunda Guerra Mundial en Asia, asistimos al caos, la destrucción, la violencia y las iniquidades que ocasionan los conflictos bélicos, si bien más enfocado al fin de la inocencia y a la lucha por sobrevivir; y en la escalofriante La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), que adapta el texto de Thomas Keneally, el horror del Holocausto judío y la imprescindible humanidad de quienes se enfrentaron como pudieron al totalitarismo nazi.

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En la muy menor Amistad (1997), la historia verdadera de la primera mitad del siglo XIX sobre unos esclavos africanos amotinados sirve como testimonio contra el racismo y la esclavitud y a favor de la libertades individuales y la dignidad humana. El absurdo de la guerra brilla en todo su funesto esplendor a lo largo del metraje de Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998); y en la potente Minority Report (2002), basada en un relato de Philip K. Dick, tras la ciencia ficción futurista se esconde la idea de los excesos a los que nos puede arrastrar el celo desatinado por el bien común y una justicia extraviada. Y esta última es el quid de la estremecedora Munich (2005), tal vez la película más ideológicamente compleja de Spielberg, sobre lo que sucedió tras los asesinatos de Septiembre Negro durante los Juegos Olímpicos de 1972.

La minúscula Caballo de batalla (War Horse, 2011), adaptación de la novela de Michael Morpurgo, no aporta nada al cine político del famoso realizador más allá de los clichés bélicos, y resulta de una ingenuidad melodramática poco edificante. Pero la pasable Lincoln (2012), fundada en el libro de Doris Kearns Goodwin, es harina de otro costal ya que, no sólo nos procura un retrato del decimosexto Presidente de Estados Unidos (1861-1865), sino que además propone una reflexión sobre las responsabilidades de gobierno por el dilema terrible de Lincoln entre acabar primero con la Guerra de Secesión, y su matanza, o conseguir que se prohíba la esclavitud cuando antes para que el Sur no pueda rechazar la enmienda. Y El puente de los espías (Bridge of Spies, 2015), discreto filme sobre un intercambio de prisioneros de la Guerra Fría, aborda sin sutileza cuestiones difíciles como el alcance y las sombras de la justicia en tiempos de gran confusión.

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Y con Los archivos del Pentágono (The Post, 2017) se une Spielberg a los directores que han tratado los grandes enfrentamientos del periodismo con el poder, sea cual fuere su naturaleza, un cine noble entre el que se incluye la algo sobrevalorada Todos los hombres del Presidente (All the President’s Men, Alan J. Pakula, 1976), la magnífica El dilema (The Insider, Michael Mann, 1999) o la sobria Spotlight (Tom McCarthy, 2015). En este caso, narra la necesaria punga por la libertad de expresión y de prensa que protagonizaron los periodistas y directivos de The Washington Post, y sus fuentes, en junio de 1971 ante la perspectiva de revelar a los ciudadanos de Estados Unidos y al resto del mundo información clasificada, muy comprometedora e indignante, sobre la Guerra de Vietnam.

Spielberg y sus guionistas, Liz Hannah y Josh Singer, van construyendo la historia con rigor y un ritmo intachable y en plan docudrama, un estilo que le confiere una mayor credibilidad a lo que cuentan; y así describen la encrucijada a la que llegaron el periodista Benjamin Bradlee, personaje al que Tom Hanks le brinda el peso de todo su oficio, y la editora Katharine Graham, nueva oportunidad de Meryl Streep para mostrarnos por qué hay que quererla. Lo idóneo que es Singer para ocuparse del guion se explica por su trabajo con los libretos de El ala oeste de la Casa Blanca (Aaron Sorkin, 1999-2006), El quinto poder (Bill Condon, 2013) o, precisamente, la ya mencionada Spotlight. Y, al final, las secuencias previas desembocan en una que consigue entusiasmarnos ligeramente y hace que The Post sea un filme menor en la filmografía de Spielberg pero, en cualquier caso, siempre satisfactorio.