Empezamos a tiros en “Red Dirt”, el sexto episodio de la tercera temporada de Fear the Walking Dead. Con prácticas de tiro en el Rancho, más concretamente: Nick Clark (Frank Dillane), aprendiendo, y Jeremiah Otto (Dayton Callie), enseñándole. Pero tanto el primero como su hermana Alicia (Alycia Debnam-Carey), a la que no le sirve las razones tranquilizadoras de Jake Otto (Sam Underwood), tienen la cabeza en otra parte: su madre aún no ha regresado con el grupo de Troy Otto (Daniel Sharman) de indagar sobre quién disparó contra el helicóptero en “The New Frontier” (3x02) y asesinó a Travis Manawa (Cliff Curtis) a la primera de cambio.

Pero la incertidumbre no dura ni un poco, pues aparecen en el minuto dos, trayendo las buenas nuevas que conocimos en “Burning in Water, Drowning in Flame” (3x05) sobre la amenaza que se cierne sobre el Rancho de quien le hizo la atrocidad del cuervo al fundador Phil McCarthy (Rocky McMurray), el abogado indio Qaletqa Walker (Michael Greyeyes). Así, el miedo sacude a los moradores del lugar, que reaccionan de maneras distintas: huyen, caen en viejas tentaciones, se descontrolan, tantean, maquinan y manipulan, se reafirman en su compromiso con la comunidad o se proponen misiones absurdas en su peligrosidad. Alicia, por otro lado, también hace prácticas de tiro con Jake.

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El típico acecho de los refugios ante el apocalipsis zombi, que ya se había cebado con la colonia de Alejandro (Paul Calderon) en “North” (2x15), se repite por enésima vez, si bien aderezado con la antigua reivindicación territorial de los pueblos nativos de América, sólo que sin contemplaciones de ningún tipo en esta ocasión por la anarquía del fin del mundo. Y, si la amenaza ya había quedado claro que es muy real en el capítulo anterior, el asedio simbólico con hogueras envolviendo el Rancho para minar el aplomo y el valor de sus habitantes, y verdaderamente físico para los ingenuos que osan abandonarlo, se manifiesta en toda su trágica certidumbre.

¿O no es así? Quizá la amenaza dentro del Rancho, que tan evidente resulta desde que los Clark se vieron las caras por primera vez con Troy y sus hombres, es la que ha hecho de las suyas y no Walker. Puede que este refugio corra peligro desde dos frentes, tanto fuera de sus límites como en su interior, y la brutalidad de ambas amenazas no hay quien la ponga en entredicho. El buen ojo de Nick respecto a la responsabilidad del último acto de violencia insensata no se desnuda hasta la escena de cierre, que supone un remate al peligrosísimo juego que Madison Clark (Kim Dickens) se trae entre manos con el propósito de proteger a su familia defendiendo la integridad del Rancho.

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Es una constante del caos postapocalíptico que los escrúpulos caigan, se desvanezcan, se esfumen como una niebla de moralidad ya sin sentido y que lo único que importe sea conseguir, por todos los medios posibles, cualquier garantía de la propia supervivencia y la de los seres queridos de uno. Aunque haya que bailar con un diablo y empatizar con él, mentir sobre la muerte violenta y horrible de buenas personas y aprovecharse de ella para perseguir determinados fines, fueren legítimos o más inmundos que una fosa séptica llega de los cadáveres de víctimas útiles. Pero aún resta que nos preguntemos si Madison sabrá realmente lo que hace con los Otto y sus convecinos y si, como los guionistas de Fear the Walking Dead en este asunto, tendrá un plan definido o, por el contrario, sólo se conduce a golpe de súbita ocurrencia y esto va a acabar con mucha más sangre en la tierra de los muertos.