El nombre que luce el quinto episodio de la tercera temporada de The Leftovers, “It’s a Matt, Matt, Matt, Matt World”, parafrasea el de una conocida, trepidante y alocada road movie cómica: I’s a Mad, Mad, Mad, Mad World, dirigida por el gran Stanley Kramer en 1963 y que tiene una especie de hija espiritual en otra de Jerry Zucker estrenada en 2001, la visiblemente fallida Rat Race. Apunta con claridad, por otro lado, a que el protagonismo lo tiene aquí el reverendo Matt Jamison (Christopher Eccleston), y su desconcertante secuencia de apertura, de nuevo musicalizada para acentuar la sensación por contraste de tono, explica parte el caos desatado al final de “G’Day Melbourne” (3x04).

La paráfrasis no es caprichosa en absoluto, y no hay más que seguir los acontecimientos que se suceden durante el capítulo, a lo largo de un viaje que lleva a Australia a algunos de los que faltaban por llegar desde Jarden —Laurie Garvey (Amy Brenneman), John (Kevin Carroll) y Michael Murphy (Jovan Adepo) y el propio Matt—, para comprender que no se trata simplemente del propio hecho del viaje al otro lado del Pacífico, sino también de uno a la locura de una manada excéntrica y libidinosa, similar a las que han surgido en la historia humana cuando parece que se acerca el fin de algún mundo, y con un chiste de lo más inesperado por brutal sobre la pederastia religiosa antes de subir a bordo.

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Matt vuelve a ser ese pobre creyente azotado por las adversidades que, en teoría, no debieran caer sobre su cabeza precisamente por la reciedumbre de su fe, que hasta le hace perseverar en el rumbo fijo hacia lo que siente que es su misión en la vida, uno de los tipos de personaje que más parecen gustar a uno de los creadores de la serie, Damon Lindelof, a tenor de sus antecedentes losties, y quizá el más trágico de todos cuantos puedan imaginarse: se trata de quien dedica su entera existencia a un pensamiento posiblemente errado, tal vez malgastándola por completo, y así, choca de frente con las realidades de la naturaleza y de la sociedad, no recibe más que palos en el lomo y sufre de una forma indecible.

Como en los capítulos anteriores que se ocupan del mismo tema, los lúcidos “Two Boats and a Helicopter” (1x03) y “No Room at the Inn” (2x05), estas circunstancias desfavorables e hirientes mantienen a Matt impetuoso, frustrado, iracundo y perplejo a partes iguales, pensando que no le queda más remedio que soportar las embestidas de cuanto le rodea y, por añadidura, el escepticismo y la sensatez de las mentalidades contrapuestas a la suya propia, que se pronuncian con la voz de la razón que sale por la boca de Laurie, la más fastidiosa compañera de viaje para los propósitos y angustias de Matt como hombre elegido por Dios.

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Y nada más apropiado que agarrar a la divinidad por las solapas de la camisa y obligarla a darle unas cuantas explicaciones al respecto, porque una cosa como esa puede hacerse en el mundo loco, loco, loco, loco que dejó la Ascensión tras de sí, en el que personas del temperamento de Matt tienen la ocasión de aprovechar la coyuntura o de hundirse en el barco que navega con la proa hacia el desastre. El extraño sujeto al que interpreta Bill Camp, al que habíamos conocido en la enajenación de “International Assassin” (2x08) y al que habíamos vuelto a ver en “I Live Here Now” (2x10) reaparece aquí y nos deja tan confusos como al pobre reverendo, quien aparenta haber experimentado un cambio importantísimo durante su dura travesía a bordo de tan particular Sodoma y Gomorra flotante.

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