Fue hace casi diez años cuando descubrí que algo estaba mal. Todo pasó como pasan las cosas que siempre han sido obvias pero no se notan: en la situación más simple. Había ido a la playa con unos amigos, la mitad del pequeño grupo eran unos chicos belgas que estaban de visita en México. Una de ellas es una amiga que estimo más allá de la gran distancia que nos separa. Así, al llegar la noche decidimos jugar un juego de mesa llamado 'Maratón'; que básicamente es un juego de preguntas de opción múltiple sobre cultura general en el que gana aquel que llegue primero a la meta a fuerza de contestar correctamente, pero en el que también puede ganar la llamada 'Ignorancia' que avanza cuando ningún jugador sabe la respuesta.

Para el final del juego salí menos que mal librada. Mi gran amiga belga me vio frustrada al terminar el juego y platicamos al respecto, le dije que vi como ellos ganaron sin problemas, como nadie lo había hecho, aunque yo siempre había sido "buena" o mejor que mis demás competidores, hasta entonces compatriotas, además estaba segura que mi resultado en el juego no se debió a una mala racha. Como decía arriba, en algo tan simple pude darme cuenta que jamás había jugado con extranjeros europeos y que, en comparación, mi acervo de cultura general distaba mucho del de ellos.

maraga- Shutterstock
maraga- Shutterstock

Ahora bien, la reflexión no debe ser pobre y malinchista; me gusta pensar que esa vergüenza (personal porque el juego fue cordial) que pasé tiene mucho más de fondo, y dio pie a un replanteamiento de lo dado por hecho hasta entonces. Y es que durante todos mis años escolares siempre fui una estudiante destacada; sí, con todo lo que trae ser una alumna "brillante" y de cuadro de honor. De todos mis amigos era de las muy pocas que le gustaba leer y además, en casa, aún con la educación ecléctica que tuve, se incentivó siempre conocer cosas nuevas, las expresiones artísticas, las películas; además, estuvieron prohibidos ciertos programas que se consideraban bobos, así como las telenovelas.

Siempre me sentí complacida de mi educación escolar, orgullosa de mi desempeño académico, de la playera que gané en tercero de secundaria que dice "Soy el orgullo de la Técnica 47" por mi promedio excelente de 10 en todas las materias. También de ser aceptada en la universidad sin mayor problema, y al primer intento, en una de las carreras más solicitadas entonces, sólo después de medicina y abogacía a las que, incluso, pude haber entrado si hubiera querido por mi puntuación. Con el paso del tiempo mi burbuja de "alumna destacada" y yo fuimos felices, hasta que una partida de 'Maratón' se llevó estas ideas.

El mito de la educación integral

A veces es duro realizar el ejercicio que los psicólogos llaman "espejearse", que quiere decir ver en el otro lo que nos falla a nosotros mismos, también sería utilizar a los demás como espejo y reconocer eso que no está tan bien como pensamos. "Espejearme" con mis amigos fue duro porque yo había invertido mucho de mi ánimo (y orgullo intelectual) en la escuela, en mis tareas y una pequeña prueba de conocimientos generales me había reprobado frente a unos contrincantes que lo único distinto que tenemos, en ese sentido, es nuestra educación en diferentes países. Claro, poca cosa, pero para ese entonces no me era obvio.

En México se incumplen con creces los objetivos oficiales de la educación

Entonces la pregunta: ¿no fue suficiente mi dedicación, mi playera del "orgullo de la técnica 47" y todo eso que un estudiante "brillante" vive (y sufre) durante su educación escolar? La respuesta concreta es no. No, porque una partida de Maratón la pierde cualquiera pero fue la forma en que perdí que sacudió mis, hasta entonces, inamovibles orgullos académicos que ya bien vistos se traducen en dedicación. No, porque investigué y me di cuenta que México, aún con toda su elaborada retórica oficial sobre la educación pública, incumple con creces sus objetivos generales y su ranking frente a otros sistemas educativos es más bien deficiente.

Como decía, los objetivos de la educación descritos en el programa de la Secretaría de Educación menciona al menos tres veces eso llamado educación integral; además, explica que ésta incluye fortalecer las actividades físicas y deportivas; promover y difundir el arte y la cultura; así como llegar a todos los grupos de la población que conforman este gran país. Nada más lejos de la verdad.

Puedo decir, en mi experiencia (porque esto es más que nada un testimonio personal), que las actividades físicas y deportivas se redujeron a unas horas jugando "quemados" o "la tráis", y no más; que la materia de artísticas donde se pretende integrar el arte y la cultura se reducía a una sesión de dos horas (cuando mucho) a la semana y hacíamos las famosas "manualidades". Nada de arte, nada de cultura, además de ser tratada como una materia de "relleno". Y, por último, que eso de llegar a la mayor parte de grupos de México dista mucho de la palabra escrita, y en este sentido puedo decir que fui "afortunada" puesto que crecí en la ciudad, en la segunda o tercera ciudad más importante de México, donde se supone hay más recursos, pero puede ver grandes contrastes durante las vacaciones en los pueblos michoacanos dónde viven mis ascendientes (algunos de ellos indígenas) dónde se vive una realidad muy distinta en su educación que la pretendida o presumida, además de una intensa problemática de recursos y apoyos.

Mucho más que un juego

ScandinavianStock - Shutterstock
ScandinavianStock - Shutterstock

Con el paso del tiempo puede "espejear" aún más mi educación escolar y los resultados no son alentadores. Aquello que me pareció "normal" durante mi educación básica se vuelve un problema serio a la distancia cuando la edad adulta da mayor criterio. Comprendí que mi educación fue laica solo de palabra porque salí, sin falta, a marchar el día de la Virgen, "patrona de la ciudad" representando a mi escuela; que mi maestro preferido no era "divertido" en realidad cuando nos ponía apodos o cuando hacía distinciones entre hombres y mujeres, alegando que "las mujeres son las únicas inteligentes de la raza humana". También, cuando pude ver que aprender historia no es memorizar fechas y nombres, que aprender gramática no es recitar reglas y conceptos, así como aprender una segunda lengua no es "llenar" un libro que no pasaba nunca de los "monkeys in the bed".

¿Qué decir de la ciencia y de la tecnología que comentan en el mismo programa de educación? El equipo necesario para apoyar las clases enfocadas a estas dos áreas fueron inexistentes, inalcanzables o bien, puestos en la vitrina para que nadie lo tocara y lo rompiera. Así mismo, los libros de la biblioteca (si es que había), sin acceso al préstamo externo, sin un bibliotecario guía y sí uno enojado, molesto, regañón, que sólo estaba de buen humor cuando no había estudiantes en su recinto sagrado.

La reflexión nació de un pequeño ejercicio luego de perder un juego, lo que descubrí fue una carencia real y dolorosa

Así pues, aunque la reflexión nació de un pequeño ejercicio luego de perder un juego, lo que descubrí fue una carencia real y dolorosa aún con todo el esfuerzo y ánimo que invertí. Toda mi formación académica la realicé en escuelas públicas, incluso mi carrera universitaria, y con el paso del tiempo pude ver las claras deficiencias de ella. El conformismo que hay en los muchos niveles del sistema es escandaloso y lo peor, contagioso. Lo más grave radica en que mina o "mata la creatividad", como dice Ken Robinson y nos vuelve mecánicos, macheteros, poco críticos, acaso buenos para hacer cuentas y leer, pero muy lejos del pensamiento matemático y la comprensión lectora, científica o crítica.

Ya no hablemos de los actores responsables de la educación, llámese autoridades, docentes, universidades, que hablan bien, se expresan mejor, que gustan de sus posiciones pero que, se siente, desde aquí de la banqueta donde estamos los ciudadanos de a pie y los educados en esas instituciones, que nos quedamos cortos, y que gana la ignorancia sin mucho problema; sí, la del Maratón y la verdadera cuando recordamos que aunque México invierte en educación mucho más que otros países es el que más invierte en el sueldo de su personal responsable de esta. Que, a pesar de campañas y campañas, de fomento a la lectura el índice de lectura por persona en México nos coloca en el sótano con un promedio de tristeza de 2.9 libros por año.

El diablo en los detalles

Gajus - Shutterstock
Gajus - Shutterstock

Como dice el dicho "el diablo se esconde en los detalles" y así fue como una arrasada en el Maratón me llevó a esta reflexión, aunque también a investigar un poco más sobre el asunto. Sin embargo, llegó la tesis universitaria y mis sospechas fueron más que confirmadas: sabía leer pero no investigar; sabía medianamente redactar y no me aventuraba a la crítica, sabía poco o nada del método científico, aplicado en una tésis, claro, porque el concepto me lo sabía de memoria. Así, pude ver, y puedo, que a la educación escolar le falta mucho tramo e incluso debe transformarse para las nuevas generaciones y con las nuevas tecnologías. Dice Curtis W. Johnson, experto en educación, que "Lo más importante es que el modelo vigente en el sector educativo está casi completamente desvinculado de la realidad del siglo XXI".

Así pues, a la postre, queda rellenar los huecos que quedaron en el camino de la educación formal y, en todo caso, aprender desde cero la verdadera educación integral. Afortunadamente hay mucho que se puede hacer de forma personal, mientras no haya una reforma verdadera en las estructuras y los objetivos oficiales se cumplan; por un lado apoyar a los hoy estudiantes que estén en casa (hijos, hermanos, sobrinos), así como ayudarnos nosotros mismos. Por otro lado, contamos con las nuevas tecnologías, desde aprender idiomas, programar o casi cualquier área de conocimiento que se desee. El chiste es que no gane la Ignorancia, ni en el Maratón, ni en la vida real.