Suele decirse que el avión es el medio de transporte más seguro, y uno comprueba que es cierto si compara el porcentaje de sus accidentes con el de otros vehículos como coches y trenes. Sin embargo, la supervivencia en una catástrofe aérea es muy difícil; por eso, las historias acerca de sobrevivientes únicos en una de ellas son dignas de contarse.

Los que no murieron

Desde 1936, según los registros, 56 personas han sido las únicas supervivientes de un accidente aéreo; la última, en 2014. A partir de 1970, un tercio de estas personas han sido niños o algún miembro de la tripulación, y suelen padecer secuelas físicas y psicológicas.

Linda McDonald, de 17 años, sobrevivió al accidente de un vuelo de Skayways que se estrelló en Buttermilk Hollow (Estados Unidos) en el mismo 1936. Fallecieron 10 personas, incluido su novio, al que no pudo sacar del avión porque este se había incendiado; es la primera de la lista.

Eduard Prchal, de 32 años, era el piloto del B-24 de la RAF que en 1943 llevaba entre sus otros 10 pasajeros al general Wladyslaw Sikorski, primer ministro polaco en el exilio durante la ocupación nazi, y que se estrelló en aguas de Gibraltar, siendo Prchal el único superviviente.

Paul Ashton Vick salió prácticamente ileso del accidente que un avión de la China National Aviation Corporation tuvo en 1947 de camino a Chungkeng, en la propia China. Sólo tenía 18 meses de edad, y su padre, otro de los 26 pasajeros, tuvo tiempo de proporcionar las direcciones de los abuelos del niño antes de morir a causa de sus heridas.

síndrome del superviviente
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Huang Yu, de 24 años, era el líder de los que secuestraron un hidroavión comercial de la Cathay Pacific en 1948 con intención de pedir un rescate, el primer acto criminal de este estilo en la historia, pero el hidroavión se precipitó en el delta del río de las Perlas, en China, con otras 25 personas a bordo y Yu no pereció porque saltó por la puerta de emergencia justo antes de que el hidroavión se estrellara.

Néstor Mata, periodista de 31 años, fue el único que se salvó en la catásfrofe aérea que acabó con la vida de Ramón Magsaysay, presidente filipino, y de otras 24 personas en 1957 al chocar su avión de la Fuerza Aérea contra el monte Manung-gal de Cebú, en la propia Filipinas.Desde 1970, un tercio de los supervivientes de accidentes aéreos han sido niños o miembros de la tripulación

Juliane Koepcke, de 17 años, viajaba en un aparato de LANSA en 1971, que se desintegró en el aire con otras 91 personas en él y ella cayó tres kilómetros atada a su asiento hasta acabar sobre la espesura de la selva amazónica peruana y, horas después, despertó en tierra, aún sentada. Nueve días de vagar por la selva más tarde, unos campesinos la encontraron.

Vesna Vulović, azafata de 22 años, figura en el Guinness World Records por ser la persona que ha sobrevivido a la mayor caída sin paracaídas, 10.160 metros. Su avión de la YAT Airways estalló en el aire en 1972 sobre Srbská Kamenice, en la actual República Checa, por una bomba de terroristas croatas y murieron 28 personas, y ella iba en ese vuelo por un error administrativo.

Annette Herfkens, venezolana de 31 años y ascendencia holandesa, criada en los Países Bajos y residente en Madrid, viajaba en el vuelo de Vietnam Airlines que se estrelló contra una montaña de la jungla en 1992 de camino al aeropuerto vietnamita de Nha Trang. Su novio falleció en el accidente y otros de los 30 pasajeros restantes sobrevivieron al impacto pero, ocho días más tarde, únicamente ella seguía con vida cuando la encontraron. Sólo había consumido agua de lluvia.

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Bahia Bakari, de 12 años, sobrevivió 9 horas cerca de Gran Comora en mitad del océano Índico antes de ser rescatada, gran parte de ellas de noche, agarrada a un pedazo de los restos del avión de Yemenia que se había precipitado en las aguas, suceso en el que murieron las otras 152 personas que iban a bordo, incluida su madre.

Ruben van Assouw, de 9 años, fue el único que no pereció al estrellarse en 2010 cerca de Trípoli el aparato de la Afriqiyah Airways en el que viajaba con otras 103 personas.

El síndrome del superviviente

El trastorno por estrés postraumático de las personas que sobreviven a experiencias como un accidente aéreo, en muchas ocasiones, provoca este síndrome, que al principio fue conocido como “de los campos de concentración” porque se observó por primera vez entre sus supervivientes tras la Segunda Guerra Mundial: los psiquiatras Finn Askevold y Leo Eitinger (este último, morador de Auschwitz y Buchenwald) se percataron de que, por sus pesadillas recurrentes, el 83% de ellos lo había desarrollado en Noruega.

Aunque fue en 1976 cuando otros dos psiquiatras, Robert Lifton y Eric Olson, lo describieron tras el desastre de Buffalo Creek (Estados Unidos) de 1972, las inundaciones provocadas por la rotura de una presa a causa de la cercana actividad minera, que mataron a 125 personas, 1.121 resultaron heridas y 4.000 se quedaron sin hogar.

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Este síndrome se ha hallado también en muchos de aquellos que no sucumbieron por las bombas nucleares lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, en otros supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, de la de Vietnam, del maremoto asiático y, en general, en individuos involucrados en situaciones por las que otras personas han fallecido. Padecen El bien de haber sobrevivido se transforma en un auténtico tormento; se sienten culpablesansiedad hacia la muerte, recuerdos y pesadillas acerca del episodio concreto que sufrieron, sentimiento de culpa por haber sobrevivido ellos y no los demás o incluso por no haberlos salvado, irritabilidad, falta de concentración y de sensibilidad emocional y apatía. Sus relaciones sociales se deterioran por su propensión al aislamiento y, además, tienden a obsesionarse con la búsqueda de un significado trascendente del suceso mortal.

El síndrome del superviviente es una especie de ironía trágica consciente: el bien de haber sobrevivido se transforma en un auténtico tormento que, en casos muy extremos, puede acabar en suicidio. Pasar el duelo y llegar a la aceptación y al alivio de la vida deben ser el objeto de los tratamientos psicológicos que necesitan las personas que lo afrontan.