La complejidad de nuestro cerebro sigue siendo una de las incógnitas y desafíos que la ciencia tiene por delante en los próximos años. Una de las cuestiones que intriga a los investigadores es conocer cómo se forma la llamada memoria espacial, es decir, la forma en que nuestra mente capta y procesa la información relativa a los lugares en los que nos movemos.

En psicología cognitiva, se entiende por memoria espacial aquella parte de nuestra memoria dedicada a almacenar los datos sobre una determinada localización, así como la información relacionada con nuestra propia orientación espacial en dicho espacio.

De hecho, esta característica de recordar detalles sobre diferentes lugares no es algo específico de los seres humanos, sino que también se ha comprobado que se da en animales. En particular, los experimentos realizados hasta ahora en modelos animales y personas han demostrado que la memoria espacial tiene su origen en una región cerebral denominada hipocampo.

Este área ha sido relacionada con tres funciones cognitivas: la inhibición de la conducta (hipótesis casi descartada), el almacenamiento de nuestros recuerdos y la tercera idea, que es la que abordamos hoy, basada en el reconocimiento espacial. Los defensores de la teoría sobre la memoria espacial fueron principalmente O'Keefe y Nadel, que estaban influidos por las ideas de otro científico anterior, Edward C. Tolman, quien habló sobre la construcción de mapas cognitivos en ratas al estudiar la psicología del comportamiento.

Ahora investigadores de la Universidad de Queensland en Australia han tratado de identificar cómo el hipocampo trabaja con la memoria espacial. Sus resultados, publicados en la revista Journal of Neuroscience, indican que la construcción de esta especie de 'mapas cognitivos' sigue el mecanismo de divide y vencerás.

Y es que nuestro cerebro, y en particular el hipocampo, necesita cortar en pedazos la información que recibe sobre el tamaño físico y la complejidad de una determinada localización. Para comprobar su hipótesis sobre la memoria espacial, los científicos realizaron un estudio en 18 voluntarios, a los que se pidió que navegaran virtualmente por diferentes puzzles, que variaban en cuanto a complejidad y tamaño.

Después, utilizando la técnica conocida como resonancia magnética, realizaron observaciones sobre cómo el cerebro podía almacenar la información obtenida y así procesar la memoria espacial. Sus resultados determinaron que dos regiones separadas del hipocampo se activaban en función del tamaño y la complejidad del puzzle que estuvieran observando los participantes.

En concreto, los individuos tenían una mayor actividad en la región anterior derecha del hipocampo cuando debían construir y mantener representaciones espaciales de una localización, relacionando este resultado con la complejidad de un ambiente. Si por contra el puzzle aumentaba de tamaño, pero no era más complejo en cuanto a recorrido, la zona posterior del hipocampo era la que se activaba.

Sus resultados no solo pueden ayudar a entender cómo procesamos la memoria espacial, sino que también pueden ser interesantes para el trabajo con pacientes que sufran la enfermedad de Alzhéimer. En estos individuos, la memoria espacial se encuentra muy dañada, de forma que en un estadio avanzado del síndrome, no son capaces de reconocer una determinada localización ni de presentar orientación espacial.

Ayudar a entender cómo funciona el hipocampo en este proceso cognitivo podría servir de ayuda en el futuro para mejorar los tratamientos y ejercicios de entrenamiento de memoria que llevan a cabo estos pacientes. Quizás así en el futuro podríamos evitar que las personas afectadas por esta enfermedad no tuvieran problemas en su memoria espacial.