"¡Aquí no!", le ha dicho la Comisión Nacional de Protección de Datos de Portugal (CNPD) a los coches de Google Street View. El organismo ha decidido rechazar la autorización para tomar fotografías de las calles del país. ¿Por qué? Los portugueses aún no olvidan que los autos de Google recabaron datos de redes WiFi privadas de forma "accidental" (¡ups, usted disculpe!). Recordemos que el gobierno alemán ya actuó de manera similar después de que se diera a conocer esta irregularidad.

Google tampoco ha cumplido su promesa de promorcionarle a la CNPD la información que pidieron sobre las técnicas usadas para "tapar" las placas de coches y rostros de personas. La empresa le ha respondido al gobierno portugués que aunque el sistema difuma de forma automática las caras y las matrículas, no deja de ser falible. Además, Google les recuerda que cualquier problema de este tipo puede ser reportado a través del servicio.

Como el caso de los evasores de impuestos detectados con Google Earth, estas tecnologías que se meten hasta la cocina entran en constante tensión con los intereses gubernamentales. El manejo de la privacidad es un asunto muy delicado, sobre todo en una época en el que la frontera entre la esfera pública y la privada se ha difuminado por completo.

Es entendible que como toda tecnología en adopción y crecimiento, Google Street View tenga este tipo de problemas con el bloqueo de rostros y matrículas. En cierto modo, es un pequeño tributo a pagar por la posibilidad de poder recorrer las calles de cualquier ciudad desde la comodidad del ordenador. Sin embargo, en el afán por abarcar cada vez más, se cuestiona menos el consentimiento del individuo. ¿Y si no quiero aparecer, qué hago? ¿Y si no quiero que una empresa conozca mis datos? Menudo mundo en el que guardar nuestros datos es la excepción, y no la regla.

No es un caso de bien o mal, sino de adaptación social. Estas tecnologías han permeado tanto dentro de nuestra vida cotidiana que han provocado un nuevo significado de la privacidad. El gobierno portugués, desde esta perspectiva, actúa como mejor puede: tratando de garantizar el bienestar de los datos de sus ciudadanos. Ya llegará el día en que no nos importe que nuestra cara este disponible para cualquiera, o quizá desandemos los pasos y pongamos más límites. Mientras tanto, la tensión no sólo será inevitable, sino necesaria para redefinir a nuestro mundo.

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