En una de las escenas más singulares de Emily, de Frances O’ Connor, la cámara atraviesa con lentitud un paisaje desolado. Se trata de una toma silenciosa, que muestra los desniveles y protuberancias de una colina sinuosa. Poco después, Emily Brontë (Emma McKey) aparece como un espectro delgado y cansado, pero sobre todo desvinculado del mundo que la rodea. Tropieza, mira a su alrededor y, de pronto, parece descubrir el lugar en que se encuentra. Sorprendida, permanece de pie, aturdida y desorientada. 

Más tarde, el personaje admitirá que “no podía escapar de su mente” y que el deambular por su natal Haworth es “solo una forma de escapar”. ¿De sí mi misma? El guion no lo deja claro. Pero será un recurso habitual en Emily para delimitar la frontera entre la imaginación de la autora y el mundo que la rodea. También la percepción inquietante de que, en ocasiones, su talento literario — la fuerza invisible que la anima — la empuja fuera de la realidad.

Tanto como para que la producción analice de una forma u otra esos momentos de evasión como espacios insulares. La Emily de O’ Connor está pérdida, extraviada, y es un elemento que este biopic sofisticado y tramposo deja claro una y otra vez. 

Mucho más inquietante: la novelista se encuentra en un tránsito elegante y bien construido a través del miedo y la concepción de lo desconocido. Emily, convertida en símbolo del talento femenino minimizado y carente de nombre durante siglos, es mucho más un emblema que una mujer.

Emily

Alejado de los biopics de época que intentan presionar por una impronta contemporánea, Emily, de Frances O'Connor, es tradicional tanto en planteamiento como en puesta en escena. Con sus paisajes áridos, una reconstrucción histórica cuidadosa y actuaciones comedidas, tiene un aire levemente anacrónico. Pero quizás ese es su mayor triunfo. Alejándose de inmediato de propuestas en apariencia audaces como Bridgerton o Persuasión, de Netflix, Emily mantiene la tensión de la época a través de los detalles. Emily es una reclusa, una mujer cuya vida se encuentra delimitada por sus cambios emocionales y la voracidad de una vocación impropia de su sexo y lugar histórico.

Puntuación: 4 de 5.

Emily es un recorrido por un paraje violento 

Alejado de los biopics de época que intentan presionar por una impronta contemporánea, Emily es tradicional tanto en planteamiento como en puesta en escena. Con sus paisajes áridos, una reconstrucción histórica cuidadosa y actuaciones comedidas, tiene un aire levemente anacrónico. Pero, quizás, ese es su mayor triunfo.

Alejándose de inmediato de propuestas en apariencia audaces como Bridgerton y Persuasión, de Netflix, Emily mantiene la tensión de la época a través de los detalles. Emily es una reclusa, una mujer cuya vida se encuentra delimitada por sus cambios emocionales y la voracidad de una vocación impropia de su sexo y lugar histórico.

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No hay reivindicación feminista contemporánea para la Emily de O’Connor. En lugar de eso y con una habilidad bien planteada, convierte las carencias de su personaje en una narración al fondo de todas las dificultades que debe atravesar. Emily no sabe que está destinada a la gloria, a ser parte de la historia, ni tampoco desea marcar un hito gracias a su talento literario.

Solo desea escribir, a pesar de su debilidad física y mental, su insatisfacción amorosa y emocional y el aislamiento en un pueblo en que se la mira con desconfianza. O’ Connor encuentra el tono ideal para narrar la percepción sobre el poder de Emily a través de sus batallas privadas. “Solo sé que debo escribir, que necesito hacerlo. Que no puedo evitar hacerlo”, dice la escritora sin aliento, con los dedos heridos por el fogón de la cocina. Pero, incluso en medio de sus dolencias físicas, de la responsabilidad de una familia que la agobia y de su salud, Emily escribe. 

El dolor, la debilidad y la tragedia 

La serie Dickinson, de Apple TV+, mostró a una escritora en formación, consciente de su lugar en medio de una vanguardia femenina. Emily muestra el rostro desolador de la misma idea. Nadie anima, alienta o sostiene a la escritora que se esfuerza por crear

Emily

La autora se enfrenta al agotamiento físico — morirá a los treinta años de tuberculosis y la película lo insinúa — y mental como puede. También está aplastada por la depresión, la ansiedad, la necesidad de comprender por qué desea escribir. “¿Estoy condenada a la hoja?”, se pregunta sin dramatismo o una idea plena de la trascendencia de lo que se cuestiona.

O’ Connor no evita analizar la dureza de la época victoriana. De hecho, en varias de sus escenas, utiliza el corsé como una forma de señalar la presión sobre Emily. La prenda de ropa aprieta, sofoca, deja sin fuerzas a la escritora, presionada por la precariedad económica, de salud e incluso romántica. En una de las escenas más duras de la película, Emily batalla por respirar, hoja en mano, a solas, envuelta en una prenda de ropa de la que no puede liberarse. 

Hay algo tangible en la presión violenta sobre el cuerpo de Emily y cada objeto y situación que la rodea. La cámara de O’Connor transita de un lado a otro en medio de escenarios claustrofóbicos. Una y otra vez, muestra la casa que habita, la familia con la que lucha, el papel al que se aferra, como estratos de la misma versión de un escenario sofocante. Una cárcel helada en que la madera, la lluvia y el paisaje árido que rodean a Emily son solo partes de pequeños horrores secretos. 

Emily Brontë

El talento como sufrimiento en Emily

La directora intenta que su personaje se consuma en la necesidad de expresarse y otras tantas que la dejan aislada y solitaria. Es un mundo rudo, fundamentalmente misógino y, además, violento. Emily deberá lidiar contra ese espacio helado de indiferencia que la rodea con los pocos recursos que se encuentran a su disposición. 

Uno de ellos es la conciencia de que tiene talento para escribir, que necesita hacerlo para comprender los espacios más dolorosos de su mente. Pero esta biografía, que reimagina a la escritora de Cumbres Borrascosas como una heroína trágica semejante a la de sus novelas, es un triunfo de recursos.

También un trayecto elegante y bien construido por una época de feroz oposición al talento femenino. Todo en medio de una puesta en escena cuidadosa y frugal, más cercana a lo teatral que a lo cinematográfico. Una combinación que, en manos menos hábiles, podría haber resultado fallida, pero que en las de O’Connor resulta un ensayo visual sobre el dolor, la voluntad y la belleza. 

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