La segunda temporada de Los Bridgerton se posicionó rápido como una de las tendencias dentro de Netflix. Más allá de que ese registro no sea el más crítico en relación con la serie, sirve para comprender que resulta atractiva para muchos suscriptores. Aunque no tenga una trama compleja, sus actuaciones sean buenas pero no trascendentales e, incluso, haya tramos predecibles, el relato interesa. Eso invita a pensar que es un placer culposo dentro de la oferta streaming, como en su momento fueron, por ejemplo, The Walking Dead y Vikingos, una vez que perdieron mucho de su sentido inicial.

Los Bridgerton se encuentra en las antípodas de las otras dos series mencionadas. No hay muertos vivientes ni un relato épico. En la serie de Netflix hay una trama que a ratos evoca a las telenovelas del Caribe. Pero el contexto en el que se producen es distinto: un relato de época, algo que lo condiciona y, también, le permite hacerse fuerte en algunos aspectos. Uno de ellos es la representación del protocolo que se producía para que una mujer consiguiera esposo. 

Visto con ojos del presente, esa dinámica, clave dentro del relato, es absurda. Por eso conviene recordar que es una historia de época y eso impone condiciones. Después de dos temporadas, ese juego de cortejo, seducción e intereses entre familias sigue atrayendo por muchas razones.

Los Bridgerton, un relato sencillo y bien hecho

Son tiempos en los que, como espectadores, estamos saturados de estímulos. Hay videos en las redes sociales. Las noticias se suceden a una velocidad inalcanzable. Las polémicas propician distintas discusiones y memes. La atención, como valor al momento de compartir o para asuntos particulares, es valiosa. En ocasiones, esos niveles de compromiso hacia una historia no son tan elevados como para comprenderla en toda su dimensión. 

Por eso, relatos sencillos como Los Bridgerton funcionan. Su trama no reclama un nivel de estudio profundo, a la vez que tampoco resulta aburrida. Sirve para acompañar algún rato del día, para despejar la mente de tantos estímulos que se encuentran a través de los ordenadores o de los equipos móviles. Esta característica no hace de la producción algo vacío o carente de aspectos valiosos. 

Estéticamente todo en la serie parece puesto en su sitio. Los atuendos. Los palacios. Los hábitos. La decoración de los lugares. Esto es clave porque aporta verosimilitud a cuando se ve. De esa forma, grita que es una serie ubicada en otro momento histórico sin que el espectador necesite saber todo cuanto pasó en aquella época. De manera fácil lo adentra en en ella sin desconectarlo del presente.

Los cotilleos nos encantan

No es una serie profunda en cuanto filosofía. Su desarrollo tampoco propicia escenas que, desde un punto de vista simbólico, podrían leerse como tratados televisivos al respecto. Aún así, Los Bridgerton no deja de mirar hacia el presente a través de aspectos que normaliza. Por ejemplo, que la reina sea una mujer negra, al igual que uno de los duques. Una serie de época ha conseguido integrar a personajes de todas las razas y orígenes sin disonancias. Es la muestra perfecta de que la serie de Netflix es entremetiendo puro.  

¿Es un guiño a la inclusión? ¿Es conveniente? Puede serlo. Podría escudarse en ser un relato de época y omitir ese tipo de aspectos para quedarse fuera de esa discusión y apegarse a un enfoque documental. También podría abrazar el lado más conservador de su relato, ser fiel a las costumbres en relación con la mujer, de acuerdo con la época, y no ir más allá. Sin embargo, uno de los personajes es la representación actual del feminismo, cuestionando todo ese mundo en el que crece. 

La serie no aspira a ser una producción crítica en relación con esos temas, no se posiciona como un faro ético y moral en ese sentido. Pero, al incorporarlos, asienta el relato en una agenda actual. A su manera, le dice a quien ve y se cuestiona ese pasado que sí, que desde un punto de vista del presente mucho ha cambiado.

Los Bridgerton, segunda temporada:
una trama que no muta pero que sigue gustando

Durante la segunda temporada, la serie se aferra a lo que la caracterizó en la primera: una trama basada en intrigas, intereses, el baile entre relaciones y la narración de Lady Whistledown como ese personaje que todo lo interpreta y cuenta. En este contexto, sus personajes siguen creciendo, evolucionando dentro de un marco de verosimilitud comprensible.

Por tanto, parte se nuevo boom que se generó con su segunda temporada proviene de ese origen y de la decisión de apegarse a esa tradición construida. ¿Es una serie perfecta? Por supuesto que no. Entre las conveniencias, lo previsible que resultan algunas cuestiones y la extensión de los capítulos (a veces excesiva), se debilita parte de su objetivo. Aún así, es un entretenimiento sencillo, algo válido en tiempos tan convulsos.