El 19 de diciembre de 2001 llegaba a los cines La Comunidad del Anillo, la que sería la primera entrega de las que sigue siendo la trilogía de fantasía más ambiciosa jamás rodada. Y seguramente la más cerca a la imposibilidad de llevarla a cabo.

Un proyecto dirigido por un cineasta que llegaba del gore, como Peter Jackson, una historia que se había revelado como inadaptable a la gran pantalla en numerosas ocsiones, y una producción colosal que se convirtió en tortuosa muchas veces.

En tiempos del Universo Cinematográfico de Marvel, o en el que se sigue estirando como se puede la franquicia Harry Potter, cuesta pensar que una obra tan enorme como la de Tolkien no hubiese llegado a las pantallas. Pero si no lo había hecho era por lo mayúsculo del proyecto. Stanley Kubrick intentó llevarlo a cabo, tildándolo de “inadaptable”, y solo algunas películas menores para televisión suecas y los intentos más loables animados de los 80 lo habían intentado.

De hecho, si se tienen en cuenta los factores que jugaban en contra de Jackson y de ESDLA en aquel momento, queda claro que la fidelidad final y el gran éxito, tanto comercial como de crítica, de esta trilogía fueron poco menos que milagrosos. Peter Jackson consiguió algo casi imposible, algo que probablemente nunca ocurriría hoy en día por un montón de razones.

Un director desconocido para el gran público al frente

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Puede parecer que la saga de Tolkien podrían parecer un jugoso caramelo para los estudios, pero los productores de finales de los 90 y principios de los 2000 no veían en El Señor de los Anillos ninguna opción comercial. Era demasiado extenso, complejo y eterno.

Simplemente, no se esperaba que la gente de la calle conociera a los personajes o fuera capaz de entender todas esas tonterías élficas. Difícilmente se puede culpar a una compañía como Disney por decir, según Fran Walsh, que “las películas de fantasía no hacen dinero”.

Es absolutamente vital tener en cuenta la época. Eran los últimos años de la década de 1990 cuando Peter Jackson y Fran Walsh intentaban vender su proyecto soñado: una adaptación de El Señor de los Anillos de Tolkien, rodada íntegramente en la Nueva Zelanda natal de Jackson, que sabía que ahí contaría con toda la diversidad de escenarios necesaria para dar vida a la Tierra Media. Todavía faltaban un par de años para el estreno en 2000 de X-Men, de Bryan Singer, que debe considerarse el punto de partida del género cinematográfico de superhéroes moderno, y aún más para Spider-Man, de Sam Raimi, que consolidaría las películas de superhéroes como material de éxito de taquilla en 2002. En definitiva, faltaba mucho para el advenimiento friki.

Que Jackson fuera el que propusiera el proyecto tampoco ayudaba. Hoy en día, asociamos a Jackson con las películas épicas, ya sean muy queridas como LOTR o con mayor o menor éxito, pero en aquel momento, el director había hecho una única película en Estados Unidos. Se trataba de The Frighteners (1996), una comedia de terror encantadoramente tonta que supuso el último papel protagonista de acción real para Michael J. Fox. Hoy en día, esa película tiene una especie de culto, pero en 1996 pasó más o menos desapercibida, perdiendo dinero para Universal.

Su primer largometraje, Bad Taste, es una comedia de ciencia ficción con un presupuesto de 25.000 dólares en la que unos alienígenas grumosos atacan Nueva Zelanda y hacen volar en pedazos a varias personas. La segunda película, Meet the Feebles, es una película de marionetas legendariamente asquerosa y grosera, que caricaturiza a los Muppets. A continuación, produjo la comedia de zombis Braindead, que es posiblemente la película más sangrienta y mítica del género gore cómico jamás realizada.

Este es el tipo al que luego le dieron más de 280 millones de dólares para dirigir una trilogía cinematográfica simultánea de El Señor de los Anillos.

Una producción más que dura

No es de extrañar, pues, que Jackson se enfrentara a la falta total de interés de la mayoría de los estudios estadounidenses cuando intentó presentarla y nunca recibió respuesta de la gran mayoría de los lugares a los que se presentó. Otros, como Miramax, de Harvey Weinstein, expresaron su interés, pero con advertencias importantes: Querían que contara toda la historia en el contexto de una sola película. Weinstein, de hecho, amenazó con que si Jackson no podía hacer ESDLA como una sola película, compraría los derechos y haría que el director John Madden -de Shakespeare in Love- dirigiera el desastre resultante. Menos mal que nunca ocurrió.

No fue hasta que Jackson llevó la película a su última oportunidad, New Line Cinema, donde encontró un estudio. Así lo expresó en una entrevista con Indiewire:

Y pusimos toda esta pretensión de que este proyecto era muy buscado [risas], lo cual es una completa mierda. Y fuimos a la oficina de New Line al final de esa semana, y el mérito es en última instancia de Bob Shaye, que era el jefe de New Line en ese momento. Miró el rollo y dijo: “Sabes, lo que no entiendo es por qué quieres hacer dos películas”. Y pensamos, “Oh, aquí vamos. Él va a tratar de hacernos hacer una película ahora. La misma historia”. Pero lo siguiente que dijo fue: “¿Por qué hacer dos películas cuando hay tres libros? ¿Por qué no hacer tres películas?” Y así fue como asumió el proyecto.

Finalmente, contra todo pronóstico, Jackson iba a tener su oportunidad de hacer una trilogía de El Señor de los Anillos. Pero, ¿cómo se adapta algo que muchos consideran inadaptable?

Con un guion inadaptable

Gran parte del mérito del éxito de El Señor de los Anillos suele atribuirse a Jackson como director, o al elecon, o al trabajo de efectos visuales de la empresa neozelandesa Weta Workshop. En cambio, un aspecto que se deja de lado más a menudo es el trabajo de Jackson, Walsh, Philippa Boyens y Stephen Sinclair al tomar la montaña de literatura fantástica, escrita por Tolkien a lo largo de 12 años (en los que la visión del mundo del autor evolucionó significativamente), y convertirla en una historia más fácil de digerir y comprender en la pantalla.

Para hacer que ESDLA fluyera como una trilogía cinematográfica adecuada, Jackson y compañía llevaron a cabo una importante cirugía narrativa, extirpando subtramas enteras, racionalizando y condensando personajes. En el proceso, lograron lo que se considera, con razón, una de las adaptaciones literarias más exitosas de todos los tiempos, preservando el espíritu del material original y descartando los elementos que habrían frenado las películas.

Así, por ejemplo, Jackson y sus guionistas se dieron cuenta de lo mal servido que estaba el personaje de Arwen en el material original de Tolkien, que solo aparece dos veces en los libros como poco más que un escaparate. Así que mataron dos pájaros de un tiro, combinando su personaje con otros del libro, no solo para hacerla más partícipe activa en la guerra por la Tierra Media, sino también para enriquecer su decisión (y la confusión interior de Aragorn) de elegir una vida mortal en lugar de navegar hacia el Oeste para vivir en la felicidad.

También se eliminaron subtramas como el viaje a la casa de Tom Bombadil. Fueron decisiones criticadas, pero que hoy se ven como coherentes.

Y gracias a ello, hoy, dos décadas después, podemos seguir disfrutando de una trilogía que ha envejecido a la perfección, y que sigue siendo una oda al cine justo a la espera de la nueva serie que llevará a la gran pantalla ahora Amazon Prime Video.