Conseguir que todos los elementos de una película se encuentren al mismo nivel es algo francamente complicado. Sobre todo, en ejercicios de género; y si uno habla del horror, con lo difícil que resulta no caer en planteamientos dramáticos tópicos o risibles y puestas en escena ridículas o muy exageradas, el engorro se acentúa. En el caso de La pasajera (Raúl Cerezo y Fernando González Gómez, 2021), proyectada en el último Festival de Sitges, esto ocurre en cierta medida.

La experiencia es un grado, además, y si bien ambos realizadores españoles se han visto en las de dirigir ocho y doce cortometrajes respectivamente, con nominaciones y premios en festivales menores varios por Escarnio (2004), The Working Dead (2014), Happy Ending y Downunder (2017), para el uno se trata de su ópera prima mientras que, para el otro, es el tercer largometraje tras Zombie World 2 (2018), en compañía de Christopher G. Moore, Aaron McCann y Stefan Androv Radanovich, y Estándar (2020).

El esforzado reparto de ‘La pasajera’ y la dinámica de sus personajes

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Con las primeras notas de la banda sonora compuesta por el incipiente Alejandro Román, al que también le debemos la música de El perfecto desconocido (Toni Bestard, 2011), El enemigo común (Jaime Otero Romani, 2013) o La odisea de Vasi (Vasileios Papatheocharis, 2020), y la ambientación neblinosa, Raúl Cerezo y Fernando González pretenden insuflar un tono inquietante a La pasajera. Y en el ánimo de los espectadores. Desde el mismo principio, vaya.

Los cuatro personajes principales nos parecen creíbles en todo momento, y su dinámica interactuando, de mayor interés que la narración terrorífica con el libreto de Luis Sánchez-Polack (Qué vida más triste). Pero el que está formidable como el cargante Blasco es Ramiro Blas, a quien podemos reconocer por el Vivaldi de Cuéntame cómo pasó (Miguel Ángel Bernardeau, desde 2001), su Rafael Urdaneta en El Ministerio del Tiempo (Pablo y Javier Olivares, desde 2015) o el doctor Carlos Sandoval de Vis a vis (Álex Pina, Esther Martínez Lobato y Iván Escobar, 2015-2019).

En cuanto a las tres actrices que completan el elenco central de La pasajera, tanto Cristina Alcázar, que ha intervenido a su vez en Cuéntame cómo pasó para interpretar a Juana Andrade en ochenta y tres episodios, y Cecilia Suárez (Los tres entierros de Melquiades Estrada), en la piel de Lidia y Mariela, como la joven Paula Gallego, que ha encarnado a María Alcántara en otros noventa y tres capítulos de Cuéntame cómo pasó y a Vivi Quintanilla en Vis a Vis: El oasis (Pina, Martínez Lobato y Escobar, 2020) y que asume a Marta aquí, le dan la réplica con decisión.

El buen cine descalabrado por el terror

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Pero hay otra característica de La pasajera que nos atrae más que el argumento de horror: la técnica cinematográfica, la configuración audiovisual que despliegan Raúl Cerezo y Fernando González en determinadas secuencias. La que sirve de presentación al Blasco de Ramiro Blas, por ejemplo, a cámara lenta y musicalizada para atribuirle un carácter distintivo. Como virtuosa es la utilización de la doble focal, es decir, la composición de primeros planos y medios en dos términos distintos sin desenfocar, a lo Alfred Hitchcock o Brian de Palma.

También, los subjetivos que parecen una mezcla entre los de Depredador (John McTiernan, 1987) y Posesión infernal (Sam Raimi, 1981). O una puesta en escena muy llamativa para una conversación con dobles parejas, yendo de una a otra sin cortar el plano. Pura inventiva fílmica que, lamentablemente, se ve lastrada por los excesos y lo cutre del género más devaluado; incluso con detalles que nos recuerdan a otros muy significativos de la serie The Strain (Guillermo del Toro y Chuck Hogan, 2014-2017).

La pasajera podría haber sido una simpática road movie de Raúl Cerezo y Fernando González; pero sin la trama de violenta fantasía biológica, o con una mayor limpieza en sus ingredientes concretos y diseño artístico; y si se librara de algunas inverosimilitudes y arbitrariedades en decisiones de guion. Se trata, básicamente, de otro ejemplo de buen cine descalabrado por el horror, la clase de relato del celuloide más digna de temer.