Muchos ya llaman a la ola de coronavirus que sacude parte de Europa la “ola de los no vacunados”. Lo cierto es que es un nombre bastante apropiado, pues son los países con tasas de vacunación bajas los que están sufriendo más duramente las consecuencias.  Unas tasas de vacunación que, en parte, se deben al alto impacto que están teniendo los movimientos antivacunas dentro de sus fronteras. Estos movimientos no son algo nuevo. Existen prácticamente desde que existen las vacunas. Aunque tomaron especial fuerza en 1998, cuando un médico británico, llamado Andrew Wakefield, publicó en una reputada revista científica un estudio que culpaba a la vacuna triple vírica del desarrollo de autismo en niños.

No mucho después se demostró que el estudio era metodológicamente inadecuado y que contaba con un gran conflicto de intereses. The Lancet, la revista en la que se había publicado el estudio, se desvinculó de la historia y obligó a Wakefield a retractarse de sus palabras. Además, el Consejo General de Médicos de Reino Unido le inhabilitó para ejercer la medicina en su país.

Pero, lamentablemente, el daño ya estaba hecho. Wakefield había encendido la mecha de una bomba que no tardaría en explotar. Una bomba cuyas consecuencias nos seguimos sacudiendo, especialmente en situaciones como la que vivimos en este momento. Ahora, las vacunas son la mejor arma que tenemos para protegernos y proteger a quienes nos rodean. Pero esa desconfianza hacia las vacunas que aquel médico sembró está llevando a que muchas personas no se fíen de sus efectos y piensen que son peligrosas. Especialmente si son de nueva aparición como las de la COVID-19. 

El origen de los antivacunas

No le echemos toda la culpa a Andrew Wakefield. Los antivacunas son prácticamente tan antiguos como las vacunas. De hecho, fue la primera de ellas, diseñada para inmunizar contra la viruela, la que despertó a los primeros detractores.

Esta primera vacuna nació en 1796, de la mano del médico inglés Edward Jenner, conocido por muchos como el padre de la inmunología. Poco después de que se demostrara su eficacia, fueron muchos los países, primero de Europa y luego del resto del mundo, que comenzaron a comprar dosis para proteger a los niños de esta terrible enfermedad. En España, por ejemplo, hasta se puso en marcha una imponente expedición, destinada a llevar la vacuna a las colonias de ultramar. Otros países incluso hicieron la vacunación obligatoria poco después de implementarla. En general hubo buena aceptación. Pero sí, también hubo antivacunas.

El movimiento antivacunas en realidad surgió en el siglo XIX

Cabe destacar que en aquellos albores de la vacunación las vacunas no eran como ahora. No eran tan seguras y, aunque eran la mejor opción para prevenir la viruela, algunas personas enfermaban, o incluso morían. Esto generaba un recelo en cierto modo lógico. Pero en realidad, como hoy en día, muchos antivacunas tenían otros motivos para oponerse. 

Buena parte de estos detractores se apoyaban en argumentos religiosos. Jenner usó para desarrollar su primera vacuna el virus extraído de las pústulas de lecheras que habían contraído la viruela bovina. Esta enfermedad no causaba síntomas graves a los humanos. Pero era tan parecida a la viruela humana que podía servir para dejar al sistema inmunitario preparado para una posible infección. Fue un éxito y pronto comenzó a desarrollarla a mayor escala, siempre usando la viruela bovina. Y eso no le gustaba a los religiosos, pues consideraban que estaban usando fluidos de un ser tan inferior al ser humano como las vacas. 

Aunque no todo era religión. También había quien, simplemente, se negaba a que le dijeran lo que tenían que hacer. Si además mezclas eso con un poquito de conspiración, la confrontación está servida. 

Fue precisamente en países con vacunación obligatoria, como Inglaterra, donde se dieron las mayores revueltas. En un artículo sobre el tema publicado por la BBC señalan que la gente salía a las calles con pancartas que rezaban proclamas como “Mejor una celda de prisión que un bebé envenenado”. Los antivacunas preferían ser encarcelados a tener que vacunar a sus hijos. 

Aun así, la vacunación siguió adelante. Nuevas mejoras, como la atenuación de los virus, permitieron hacer más segura esta vacuna, y también desarrollar otras con gran potencial, como la de la polio. La inmunización fue tan poderosa que la viruela llegó a erradicarse totalmente y la polio no del todo, pero sí en buena parte del mundo. La situación mejoraba y habría cabido esperar que los antivacunas desaparecieran, pero no lo hicieron. Y ahí fue donde, más de un siglo después, entró en juego Andrew Wakefield.

Ehimetalor Akhere (Unsplash)

La semilla sembrada por Andrew Wakefield

En 1998, Andrew Wakefield publicó en The Lancet un estudio que relacionaba la administración de la vacuna triple vírica, que protege frente a la rubéola, las paperas y el sarampión, con el autismo. 

El estudio en cuestión solo contemplaba los casos de doce niños, una cifra demasiado baja como para obtener resultados concluyentes. Pero ese no era el único problema. Según se demostró en 2004 en una investigación sobre el tema publicada por el periodista Brian Deer en la revista Sunday Times, el estudio contaba con conflictos de intereses por haber sido financiado por entidades relacionadas con el movimiento antivacunas. Además, desde su publicación el propio Wakefield había iniciado varios negocios relacionados con el autismo y más concretamente con una supuesta afección llamada enterocolitis autista.

Detrás del estudio había un importante conflicto de intereses financieros

Al salir todo esto a la luz, diez de los doce científicos que firmaban el estudio junto a él se retractaron, reconociendo que no contaba con resultados sólidos. Numerosas publicaciones científicas demostraron que no había relación entre el autismo y las vacunas y que, de hecho, la enterocolitis autista no existe.

El estudio se retiró de The Lancet y Andrew Wakefiel fue castigado por el Consejo General de Médicos, pero ya no había marcha atrás. Los brotes de sarampión comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes, tanto en Inglaterra como en otros países. En 2012, de hecho, se registraron en Inglaterra y Gales alrededor de 2.000 casos. Más tarde, entre 2017 y 2019, toda Europa se vio afectada por un brote que casi evocaba un viaje al pasado, con casos en países como Eslovaquia, Francia, Italia, Grecia  y Rumanía. 

Y no solo el sarampión resurgió de las cenizas depositadas por las vacunas. En España, por ejemplo, lamentamos en 2015 la muerte por difteria de un niño de seis años, al que sus padres no habían llevado a vacunar.

Ni los padres de aquel niño, residente en Olot, ni los de todos los pequeños que han muerto sin vacunar por enfermedades vacunables en países con fácil acceso a las vacunas querían que sucediera lo que sucedió. Creían que hacían lo mejor para ellos. Pero cometieron el error de dejarse llevar por los conocimientos, supuestamente científicos, vertidos por quienes nos animan a despertar en contra de la versión oficial de las cosas.

Y no se trata ya solo de Andrew Wakefield. A veces son personajes famosos, sin formación científica pero con un gran altavoz, quienes difunden estos datos erróneos. En España lo vimos en 2017 con el presentador Javier Cárdenas, que de hecho volvió a desempolvar el argumento del autismo. Lo hemos visto también durante la pandemia de coronavirus, con famosos como Miguel Bosé o Victoria Abril. Y desgraciadamente seguiremos viéndolo, porque aquella semilla sembrada por el médico británico no ha dejado de germinar. Por eso, ante la duda, confiemos en la ciencia. Porque podemos estar seguros de que la ciencia de verdad, la que está hecha por y para las personas, es lo único que nunca nos va a fallar.