"No volvería a emprender en un modelo de negocio tan complicado y que requiera tanta financiación externa". La frase con la que se despide Jorge Palao, fundador de la recientemente cesada Cocopí, marca la pauta de muchos emprendedores que se quedan por el camino. En el ecosistema emprendedor no todo son grandes eventos, fotos institucionales o grandes rondas de financiación. La historia de Cocopí, como tantas otras durante la pandemia, también se ha quedado en el camino.

Palao, que aún no se ha planteado su siguiente paso, de momento está en el complejo proceso de dar carpetazo a la empresa a la que ha tenido que llevar a concurso de acreedores. A la espera de encontrar un comprador para alguna de las partes de lo que queda de Cocopí, el emprendedor cuenta la experiencia de un negocio que, como tantos otros, fue víctima de la pandemia. También, y según la experiencia de Palao, de un ecosistema que en ocasiones tiene mucho de fachada y poco de fondo.

"Hay pocas ayudas institucionales, llegan tarde y no están hechas a la medida del emprendedor. Pero eso es solo acceso a financiación y no todo tiene que ser siempre dinero, es ayuda cuando tienes problemas. A los políticos se les llena la boca con el emprendimiento, van a eventos como el South Summit, pero están completamente desconectados del mundo del emprendedor".

Jorge Palao

Con esta premisa, y tras un correo a sus usuarios, Cocopí se despedía de todos sus clientes y cocineros poniendo punto y final a la empresa que nació en 2016 y que no pudo con una pandemia que cambiaba las reglas del juego. Otra de las más de 200.000 empresas que la COVID-19 se llevó por delante en España.

Cocopí encontrando un negocio con filón

Cocopí nacía tras un año de trabajo de Jorge Palao en Latinoamérica. Al igual que en España, la parte de la alimentación eran esencial en el día a día de los empleados. "Pese a tener mucha oferta de comida, lo que triunfaba eran las amas de casa que vendían su comida en las empresas", apunta.

En una suerte de contrabando de referencias y números de teléfono por debajo de la mesa, el boca a boca hacía las delicias de un modelo de negocio escondido en la economía sumergida. Al final, y con un sistema rudimentario, eran las propias amas de casa las que iban y venían con bolsas y hacían los repartos de aquellos afortunados que habían dado con su teléfono. Para Palao esto podía profesionalizarse.

Ya en España, y con la idea en la cabeza, comenzaron los albores de lo que años más tarde sería Cocopí. En Granada, con cinco cocineras, 15 comensales y el propio Palao como repartidor comenzaba la historia. En apenas unos días, y de nuevo tras el boca a boca, el número de clientes llegó a 80. Tras esto, llegaba el salto a Madrid.

La teoría de la economía colaborativa es bonita, pero no funciona

Era la época en la que la economía colaborativa estaba en boca de todos. BlaBlaCar ya era el mejor ejemplo de este negocio. Uber o Cabify ya se habían quitado la máscara y no ocultaban que sus intereses estaban muy lejos de ese concepto. Cocopí, pese a todo, quiso intentar triunfar con ese modelo.

De esta manera, proponía que las amas de casa (diríamos amos, pero el 85% eran mujeres) podrían vender el excedente de comida de cada día. "Al final nos dimos cuenta de que se tenía que recompensar al cocinero, si no al final cocinaban unos días y otros no", explica Palao, "necesitábamos continuidad en sus servicios". Cocopí cambió la lógica del negocio y profesionalizó su estructura. Los cocineros ya no vendían lo que les sobraba en el puchero, sino que se comerían lo que no lograsen vender en la plataforma. Bajo el modelo de autónomos, su sueldo vendría de la venta diaria de comida casera. Entre 1.300 euros y 2.000 euros netos al mes –si eran de los cocineros mejor valorados– estaban las cifras.

Bajo este formato, y con varias expansiones por Sevilla, Málaga y Valencia, llegaron a tener casi 10.000 registros en 2019. Unos 450 pedidos diarios y un grupo de repartidores en nómina operando por cada una de las ciudades. Eran precisamente los repartidores los que ponían los píes en la tierra a Cocopí: como nexo entre los cocineros y los comensales –todos concentrados en grandes polígonos– tomaban el pulso del negocio y el brazo ejecutor en campo.

Un negocio bailando en la alegalidad

Foto por Alyson McPhee en Unsplash

Decía Palao que nunca volvería a emprender en un negocio tan complejo –aunque sí en uno disruptivo–. Cocopí no era ilegal, pero sí que jugaba en un segmento en el que aún no había nada creado para regular su mercado. Y como en otros tantos sectores, esto es un problema.

La compañía se propuso realizar controles de calidad a sus cocineros con la idea de evitar problemas a futuro. En cuestiones de alimentación, la prevención de intoxicaciones o el estudio de los productos –como ya hiciese Wetaca tras los problemas registrados en un lote– eran una constante. La compañía revisaba las cocinas para cumplir con los estándares de orden y limpieza. Además, los cocineros debían tener al día el carnet de manipulación de alimentos. También las opiniones de los comensales.

Por parte de sanidad solo una recomendación: limitar las raciones por cocinero para evitar el impacto de una posible intoxicación. Cocopí estableció 8 como número máximo. Poco alentador sí, pero efectivo. Después de cinco años operando y con la promesa de una regulación que debería haber estado lista hace tres años, Cocopí se despide de su negocio sin haber visto un texto oficial.

"A día de hoy no hay ningún decreto que regule esta actividad entre particulares. Estamos en una situación de alegalidad. Sanidad nos dio algunas recomendaciones para que el día que saliese la ley no tuviésemos que cambiar nuestro negocio, pero ese decreto sigue estando sin hacerse. Luego hay muchas formas de interpretar la ley y esto es un problema. Además, Sanidad es la primera que no quiere saber nada de esto, que ya tiene suficiente con el sector tradicional". Sector en el que, de hecho, se dan por hecho muchas cosas, pero en el que se cometen una larga lista de irregularidades. "Al final, se tiende a poner en duda las cosas nuevas y que no entienden cómo son los modelos de negocio disruptivos que cambian las reglas del juego", añade.

Un modelo de negocio que se acabó en unos pocos días

Cocopí comenzó con 30.000 euros de los clásicos "friends, family and fools". Más tarde, en 2017, llegaron otros 40.000 externos de ENISA; lo suficiente para empezar a marchar el negocio. En 2018 lograron un equity crowdfunding de 130.000 euros y otros 85.000 euros de ENISA; lo necesario para comenzar en Madrid. Para 2019, y ya con inversores privados, llegaron a los 350.000 euros, más otros 2.000 de ENISA. Nunca llegaron a conquistar a los grandes fondos del panorama emprendedor en España, pero lograron tener un negocio sostenible manejando los tiempos de la financiación pública.

La última operación, la de 2019, era la que tenía que llevar a Cocopí al siguiente nivel. 2020 sería el año de la compañía con vistas a la expansión nacional. "A finales de febrero demostramos que el modelo funcionaba y que podíamos abrir nuevas ciudades sin apenas esfuerzo: los costes de apertura eran ridículos, unos 200.000 euros", apunta Palao. Nadie podía imaginar que el coronavirus iba a llamar a nuestra puerta.

De la noche a la mañana, la facturación de Cocopí paso a peder el 90% de su volumen. Ellos vivían de los trabajadores concentrados en grandes polígonos. Estos, en apenas unos días, pasaron a recluirse en sus casas.

"Nos cambiaron las reglas del juego y nos quedamos con una propuesta de valor que no tenía encaje".

Jorge Palao

Cocopí contra Deliveroo, Glovo y Uber Eats todo puede salir mal

Como tantas otras compañías durante el confinamiento y desde que la pandemia comenzase, Cocopí intento hacer cambios en su modelo de negocio. Intentaron sobrevivir con una propuesta de servicio a domicilio. Un ecosistema en el que Glovo, Deliveroo y Uber Eats ya eran pesos pesados; unos que además vieron en la pandemia un filón para su crecimiento.

Cocopí intentó, pese a todo, mantener evolucionar su idea: comida casera, pero enviada a domicilio. Pese a todo, la lógica del negocio está a años luz: tipo de comensal, cocineros que ya eran también profesionales, tipo de comida tanto en fondo como en forma, el modelo de reparto... Un modelo completamente diferente que les ponía en la casilla de salida. También en un momento en el que la cuestión de los riders no pasa por su mejor momento –de hecho, tras la pandemia se reactivó la cuestión de la Ley Rider–, Cocopí no podía competir en ese segmento. Pese a contratar a una empresa de reparto, las cosas estaban claras: "Es casi más caro el collar que el perro". También se tenían que enfrentar al brazo financiero de estas compañías y a su potencia de marketing. Cocopí no tenía ningún margen de maniobra para competir y sin embargo lograba algunos éxitos, pero el volumen de negocio no mejoraba.

Todo eso fue, de hecho, el principio del fin. Pese a los levantamientos del confinamiento, la incorporación a las oficinas no terminaba de llegar. Incluso ahora, ya casi en 2022, el proceso sigue siendo paulatino. Muchas compañías, incluso, han dejado el horario intensivo para evitar contagios en los comedores. El modelo de negocio de Cocopí, el original, no terminaba de volver.

Con la necesidad de una ronda de financiación para ganarle tiempo al tiempo, la realidad es que los inversores no terminaban de ver un negocio que no terminaba de recuperarse. "El modelo de negocio de Cocopí y de las compañías del sector basado en mucho volumen y poco margen necesitaba mucho dinero para funcionar", explica. El propio Palao asume que era completamente comprensible. Cualquier cifra que lograsen levantar se quedaría corta si el negocio no terminaba de despuntar. Al final, y bajo la idea de la responsabilidad, Cocopí entraba en concurso de acreedores en verano de 2020. Ponían fin a su negocio y cerraban una historia común a muchas otras startups en España durante estos dos últimos años.