Es imposible establecer una lista clara de síntomas del coronavirus. Cada vez conocemos más, unos más frecuentes que otros, y posiblemente habrá otros a los que aún no le habremos encontrado la relación. Además, se ha visto que las nuevas variantes pueden generar otros síntomas. Por ejemplo, la delta parece estar más vinculada con el dolor de garganta que las anteriores. Y los vacunados también parecen mostrar una sintomatología algo diferente, generalmente mucho más leve. Pero, por si todo eso fuera poco, ahora se ha visto que la COVID-19 podría afectar durante meses a una de las respuestas más ancestrales del ser humano: la de lucha o huida. 

Esta es la respuesta por la cual nuestro cuerpo se prepara para reaccionar a una situación amenazante. Las pupilas se dilatan, la sangre fluye hacia los músculos esqueléticos, aumenta el ritmo cardíaco… Todo esto le era muy útil a nuestros ancestros para prepararse para combatir el problema o, si no era posible, salir corriendo. Y también puede venirnos bien a nosotros para estar alerta cuando sea necesario. Desgraciadamente, a veces lo llevamos al extremo o concebimos como amenazantes situaciones que realmente no lo son. Es ahí donde comienza lo que todos conocemos como ansiedad

De cualquier modo, si no llega a convertirse en ansiedad, es una reacción muy útil. Y, por desgracia, parece ser que, al menos en pacientes jóvenes, podría verse alterada durante meses. Es la conclusión de un estudio, publicado recientemente en Journal of Physiology por científicos de la Universidad Estatal de los Apalaches. Es importante remarcar que en él ha participado un grupo muy reducido de voluntarios. Sin embargo, los resultados son muy interesantes y llaman a la realización de otros estudios con una muestra mayor. 

Sin huida entre los síntomas del coronavirus

La respuesta de lucha o huida está mediada por el sistema nervioso simpático, encargado de regular muchas funciones autónomas del organismo.

Se ha comprobado que en las personas con COVID persistente se alteran algunas funciones vinculadas al sistema nervioso simpático

Las personas con COVID persistente, especialmente los jóvenes, llevan meses percibiendo desajustes en algunas de las funciones dirigidas por este sistema. Por ejemplo, una aceleración exagerada del ritmo cardíaco por un movimiento tan simple como levantarse después de estar sentado.

Por eso, estos científicos decidieron estudiar qué estaba ocurriendo, para saber si entre los síntomas del coronavirus podría encontrarse una afectación de esa respuesta de lucha o huida.

El estudio comenzó reclutando a 30 voluntarios, de los cuales 16 habían tenido COVID-19 previamente. Durante seis meses, se les hizo un seguimiento, para comprobar cómo evolucionaban los síntomas del coronavirus que se mantuvieron tras la infección. Se les colocaron sensores dirigidos a analizar su actividad nerviosa, especialmente la relacionada con el sistema nervioso simpático. Y, efectivamente, comenzaron a detectar anormalidades.

Para empezar, la actividad nerviosa estaba muy elevada en reposo. Esto generaba que, al levantarse, su ritmo cardíaco se elevara muy por encima de lo habitual por un gesto tan simple. Además, se colocaron electrodos en sus rodillas que les permitieron comprobar que la actividad eléctrica en los músculos estaba muy reducida en comparación con los voluntarios que no habían pasado la COVID-19.

Era todo lo contrario que cabía esperar. El sistema nervioso simpático se desmadraba en reposo, pero no respondía como es debido al movimiento. En caso de luchar o huir, los pacientes estarían en desventaja.

Por si todo eso fuera poco, el último experimento mostró que, efectivamente, algo no iba bien. Y es que, al meter la mano en agua helada, en los que habían pasado por la enfermedad la actividad nerviosa muscular fue menor que en el resto. Además, reconocieron sentir menos dolor.

El dolor en estos casos es algo positivo. Gracias a él apartamos el dedo de una aguja o la mano de un hierro ardiendo. Evitamos daños graves porque el calor nos previene del peligro. Pero, en estas personas, esa señal de alerta también está alterada. 

Foto por Martina Vitáková en Unsplash

Limitaciones, causas y consecuencias

El estudio cuenta con dos principales limitaciones. Una es que, como ya hemos visto, el número de participantes es muy reducido. La otra, que no se puede comparar la situación de un mismo paciente antes y después de pasar por la COVID-19. Esto se debe a que no es ético infectar a personas con un virus y la enfermedad llega tan repentinamente que no se puede saber quiénes la tendrán. Por eso, su única opción es comparar a individuos que han pasado la enfermedad con otros que no lo han hecho.

Si se da también en personas mayores podría afectar a su salud cardiovascular

En cuanto a las causas, tampoco están claras. Los autores del estudio creen que el estrés oxidativo y la inflamación, ambos vinculados a otros muchos síntomas del coronavirus, podrían estar relacionados. 

Además, se observó que el diámetro de los vasos sanguíneos de estas personas estaba por encima de lo normal. Esto podría ser consecuencia de la enfermedad y, a su vez, provocar cambios en el sistema nervioso simpático.

Se cree que esta investigación puede ayudar a entender mejor el fenómeno de la COVID persistente. Además, es importante seguir adelante e incluir a más participantes en los estudios; ya que, si los mismos efectos se dan en personas de mayor edad, podrían ser peligrosos. Y es que se sabe que una mayor actividad del sistema nervioso simpático en reposo está vinculada a un aumento de la frecuencia cardíaca que supone un gran estrés sobre el sistema cardiovascular. Por eso, podría afectar a la salud cardíaca de los pacientes a largo plazo.

Hay mucho que estudiar todavía, como con otros síntomas del coronavirus. Por ahora, parece ser que, tras la influencia del SARS-CoV-2, nuestro organismo deja de tener claro dónde están las amenazas. Y eso es un problema a muchos niveles.