En alimentación, hay varias cosas importantes que debemos tener en cuenta para evitar engaños. Si te hablan de detoxificar, corre. Si te prometen que te “curarán” alguna enfermedad a través de alimentos determinados, corre. Y, por supuesto, si mencionan superalimentos, corre. O, bueno, no corras, pero al menos párate a pensar en qué consisten realmente.

En realidad, al hablar de superalimentos no podemos hacer una definición exacta, ya que esta básicamente no existe. No hay una regulación por parte de autoridades alimentarias que defina a qué hacen referencia. Esto, sin duda, es una buena noticia para la industria alimentaria, pues les permite usar el concepto a modo de marketing sin pillarse demasiado los dedos. Así, consiguen que ciertos alimentos exóticos recién llegados a nuestro mercado calen fuerte en la sociedad, en vez de pasar por ella sin pena ni gloria.

¿Es esto algo malo? Según como lo miremos. En alimentación, la información es poder. Es importante saber qué propiedades tienen realmente estos alimentos y cuánta verdad hay detrás de todo lo que prometen. Una vez que conozcamos esto, podemos consumirlos de una forma consciente, sabiendo que pueden formar parte de una dieta equilibrada, pero sin ser ninguna panacea.

¿Qué son los superalimentos?

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Como ya hemos visto, los superalimentos no se rigen por una definición exacta. Sin embargo, sí que tienen algunos puntos en común. Los dos más importantes son un origen exótico, por el que estamos poco acostumbrados a tenerlos en nuestras despensas, y algún dato interesante en su valor nutricional. Recordemos que interesante no quiere decir milagroso, por supuesto.

No deja de ser un término publicitario. De hecho, en un artículo de la Universidad de Harvard cuentan que los primeros superalimentos de la historia fueron los plátanos. Ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, cuando una compañía distribuidora de fruta comenzó a publicitarlos como un alimento sano, con unas características nutricionales interesantes, que podía tomarse de muchas formas, desde mezclado con cereales de desayuno hasta frito, con platos salados. 

Se dice que los primeros superalimentos fueron los plátanos

Esta primera estrategia no tuvo demasiada aceptación. Sin embargo, cuando aparecieron en un estudio sobre sus efectos para tratar la diabetes y la enfermedad celíaca, cuya relación con el gluten entonces se desconocía, todo cambió. El marketing se adaptó a este nuevo dato, exprimiéndolo hasta convertirlo en el reclamo principal. Así, las ventas de plátanos subieron a grandes pasos, hasta convertirse en un producto de lo más popular. No se llegó a usar el término superalimento. Sin embargo, las premisas eran las mismas, pues se trataba de un alimento entonces exótico, al que se le magnificaron sus propiedades beneficiosas para la salud. Hoy en día tenemos otros como las semillas de chía, el açaí, la cúrcuma o las bayas de goji. ¿Pero son realmente tan buenos y necesarios como prometen?

Un arma de doble filo

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Ni la European Food Safety Authority (EFSA), ni ninguna otra autoridad alimentaria cuentan con una regulación para el término de los superalimentos. Por eso, en realidad, se puede usar para cualquier cosa.

Esto a bote pronto no parece algo malo. Al fin y al cabo, son alimentos realmente saludables. Sin embargo, en el fondo el concepto es un arma de doble filo. Así lo ha explicado a Hipertextual el tecnólogo alimentario y divulgador científico Mario Sánchez.

El término puede llegar a hacernos pensar que una dieta alta en ese producto es suficiente para nuestro organismo. Realmente no es así, ya que ningún alimento por si solo contiene todos los nutrientes esenciales en las cantidades que nuestro organismo necesita. Por ello, es un peligro total dejarnos llevar por este tipo de terminología sin base científica.

Mario Sánchez, tecnólogo alimentario y divulgador científico.

Por otro lado, se puede dar un perjuicio muy similar a los que nos encontramos con otros movimientos, como el Real Food. Hablar de comida real es algo beneficioso si se tiene un buen conocimiento sobre nutrición. Sin embargo, si solo nos ceñimos a que se deben evitar los ultraprocesados podemos hartarnos de bizcochos caseros, endulzados con dátiles, que tienen una calidad nutricional mucho más elevada que la del azúcar de mesa, pero no dejan de ser peligrosos si se abusa. 

Aquí pasa algo parecido. “Parece que si añadimos bayas de goji o espirulina a cualquier postre ya es lo más saludable del mundo”, comenta Sánchez. “Sin embargo, olvidamos las elevadas cantidades de azúcar y otros ingredientes insanos que pueden acompañar a esta preparación”. 

¿Pueden ser dañinos?

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La parte menos mala de los superalimentos es que, aunque no son la panacea que prometen, tampoco son perjudiciales. Normalmente.

Incluso los alimentos más beneficiosos pueden ser perjuidiciales si se exceden dosis determinadas

Es importante remarcar que cualquier alimento puede ser malo si la persona que lo consume tiene algún tipo de alergia. No obstante, incluso dejando esto a un lado, el consumo excesivo de ciertos productos, incluso si de base son saludables, puede ser perjudicial para algunos consumidores.

Es, por ejemplo, el caso de la espirulina, cuyos alto contenido en yodo puede perjudicar a personas con problemas tiroideos. 

En cuanto a la cúrcuma, si bien su uso como especia es totalmente seguro, la ingesta en suplementos alimenticios o en infusión sí que puede acarrear ciertos problemas. De hecho, se sospecha que podría generar daño hepático. Por este motivo, la EFSA ha establecido una dosis máxima de 210 mg/día para un adulto de 70 kilogramos

Otro caso importante es el de las semillas de chía. Estos supuestos superalimentos se han puesto muy de moda, para la realización de todo tipo de púdines y postres Real Food. También hay quien las añade a platos salados, como las ensaladas. Cabe destacar que es importante que se hidraten, para que no se excreten directamente, sin digerir. Si esto se hace correctamente, pueden ser beneficiosas dentro de una dieta equilibrada, por su alto contenido en fibra y omega 3. No obstante, de nuevo la virtud está en el término medio, pues abusar tampoco es bueno. En ese caso, pueden provocar problemas gastrointestinales. Además, tienen un gran poder anticoagulante, por lo que se debe reducir su uso si se están tomando fármacos con este mismo fin. Si no, los efectos podrían sumarse, aumentando la posibilidad de sufrir hemorragias.

Finalmente, Mario Sánchez nos cuenta el problema de las verduras de hoja verde, muy de moda entre los ingredientes para la elaboración de los famosos batidos detox. “De forma natural contienen ácido oxálico; que, consumido en grandes cantidades, puede ser perjudicial para la salud. De hecho, la EFSA lo ha catalogado como un riesgo emergente en los últimos años”.

En definitiva, debemos tener cuidado con el marketing. Los superalimentos no son los únicos que se aprovechan de ciertos vacíos legales de la industria alimentaria. Esto es algo que también nos ha recordado el tecnólogo alimentario consultado por este medio. “Existen otros reclamos de marketing habitualmente utilizados en el etiquetado que no están regulados por la legislación o, si lo están, es de forma muy vaga”, nos relata.  “Por ejemplo, natural, artesano o de la abuela. Realmente no hay ninguna entrañable yaya cocinando en una enorme industria alimentaria, y no pasa nada por ello. Pero vende más anunciarlo de esta forma”.

Como suele decir la experta en seguridad alimentaria Gemma del Caño, “tenemos los alimentos más seguros de la historia”. Podemos consumirlos con tranquilidad, pero sin olvidar que, como consumidores, también debemos aprender a comer. Es importante saber qué es sano y qué no, comprender que lo natural no siempre es más sano y que no existen superalimentos que por sí solos vayan a hacer más saludable nuestra vida. Lo importante es mantener una dieta completa, con todos los nutrientes necesarios, incluyendo esos alimentos si nos gustan, pero también otros muchos. Así, fortaleceremos nuestro sistema inmunitario y nos mantendremos más sanos a nivel general, aunque a veces no podamos evitar lo inevitable. Eso es todo. Los milagros, a Lourdes. O ni siquiera eso.