La pandemia de coronavirus está generando una gran polarización en torno a temas muy variados. ¿El coronavirus existe o es una invención? ¿Vacunación sí o no? ¿Debe hacerse la vacuna obligatoria? Esta última cuestión, de hecho, ha entrado de lleno en el candelero, después de que la Xunta de Galicia reforme su ley de salud para imponer sanciones a las personas que se nieguen a vacunarse contra la COVID-19.

Esto ha generado un gran revuelo, potenciado por el altavoz de las redes sociales. Lógicamente, los antivacunas están tajantemente en contra. Pero incluso algunos defensores de la vacunación han mostrado su descontento por esta decisión. Usan como argumento en contra que se trata de una iniciativa que atenta contra los principios de la bioética. ¿Pero es realmente así? Veamos cuáles son estos principios y qué opina un experto en el tema sobre ello.

Breve resumen sobre los principios de la bioética

El experimento de Tuskegee, realizado en Alabama entre 1932 y 1972, supuso un antes y un después en lo que a la experimentación con humanos se refiere. Durante esos 40 años, se realizó un estudio sobre la sífilis, en el que participaron bajo engaños aparceros afroamericanos, a los que no se dio ningún tipo de tratamiento. Así, pretendían analizar la evolución natural de la enfermedad.

Siete años después del fin de aquella aberración, dos bioeticistas, llamados Tom Beauchamp y James Franklin Childress, enunciaron cuatro principios básicos, dirigidos a garantizar que cualquier procedimiento, experimental o asistencial, en el que participen humanos se lleve a cabo éticamente.

Estos principios son el de autonomía, el de beneficiencia, el de no maleficiencia y el de justicia. Muy grosso modo, el primero indica que todas las personas deben tratarse como seres autónomos, con capacidad para tomar sus propias decisiones. Este es el principio por el que vela principalmente el consentimiento informado que se utiliza en los procedimientos médicos. 

El de beneficiencia obliga a actuar siempre en beneficio de los demás. Es similar al de no maleficiencia, que obliga a quienes realizan el procedimiento a abstenerse de provocar daños intencionados, como los que se llevaron a cabo en Tuskegee, por ejemplo.

Finalmente, el principio de justicia busca eliminar situaciones de desigualdad, ya sea ideológica, social, cultural o de cualquier otro tipo. 

Aunque estos fueron los cuatro que se expusieron en un principio, con el tiempo se ha unido a ellos el de solidaridad, que busca el compromiso colectivo para evitar injusticias sanitarias. 

Todos estos principios deben respetarse, por lo que existen comités de bioética que revisan los procedimientos de los ensayos clínicos, para velar por ellos. ¿Pero se están cumpliendo al hacer una vacuna obligatoria para evitar la expansión del coronavirus?

El dilema de la vacuna obligatoria

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Para saber si realmente se atenta contra los principios de la bioética al hacer una vacuna obligatoria, en Hipertextual nos hemos puesto en contacto con Manuel López Baroni, doctor en filosofía y derecho e investigador del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona. La primera cuestión sobre la que incide es que no se debe hacer una generalización sobre la vacunación, sino ver cada caso por separado. “Los principios de la bioética no están jerarquizados, de forma que no se puede priorizar uno sobre otro y dependerá de cada caso concreto”, explica. “Algo parecido sucede con los derechos humanos, que no son de carácter absoluto. Por ejemplo, la libertad de expresión puede ceder frente al derecho al honor”.

No podemos, por lo tanto, igualar la vacuna obligatoria en una situación de pandemia, como la del coronavirus, con cualquiera de las que llevan años incluidas en nuestros calendarios de vacunación. “En el caso concreto de las vacunas, colisiona el principio de autonomía con el de solidaridad”, aclara López Baroni. “La autonomía permite rechazar cualquier tipo de tratamiento médico, aun cuando pueda suponer un riesgo para la vida propia. Pero en el caso de la pandemia las decisiones del individuo afectan a la colectividad, de ahí que deba ceder el ejercicio de la libertad personal frente a un bien mayor, como es no poner en peligro la vida de los demás”.

Llegados a este punto, el experto recuerda que el propio Convenio Europeo de Bioética, aun pivotando sobre el principio de autonomía, permite limitar el ejercicio de los derechos por motivos de salud pública. Por lo tanto, “los derechos o principios no son absolutos”.

Poder no es deber

En base a lo señalado hasta el momento, parece claro que podría imponerse la vacuna obligatoria sin atentar contra la bioética. Sin embargo, en opinión de López Baroni, esto podría no ser lo más adecuado. “En mi opinión, la vacunación obligatoria puede imponerse legalmente. Una cuestión diferente es si, en este caso concreto, debe imponerse”. Para dar solidez a su opinión, pone un ejemplo. “Si estuviésemos ante el ébola, una hipotética vacuna debería ser obligatoria, dada las características de estos virus”, opina. “Pero, en el caso del coronavirus, hemos de plantearnos qué sabemos y qué herramientas estamos empleando, para valorar la estrategia adecuada”.

Se refiere al hecho de que las vacunas tienen diferente nivel de eficacia y responden de desigual manera a las variantes del coronavirus. Añade también que tampoco está claro si los vacunados pueden contagiar, ni por cuánto tiempo serán eficaces las vacunas, ni qué patologías desaconsejan la vacunación. Esto es algo que ya han aclarado los expertos, al apuntar a la importancia de valorar cada caso individual antes de vacunar. De hecho, incluso si se llegara a imponer la vacuna obligatoria, no podría administrarse a todo el mundo por igual. 

En cualquier caso, en opinión de López Baroni, todos estos son datos suficientes para, al menos por ahora, no recurrir a la estrategia de la vacuna obligatoria. “Dado que el derecho sancionador debe ser la última instancia y requiere premisas que proporcionen la suficiente seguridad jurídica, en un caso como el presente quizá sea mejor emplear la persuasión para convencer a la gente de las ventajas de la vacunación, contrarrestando en la medida en que se pueda la desinformación”. Pero esta no es solo su opinión. “Prestigiosos bioeticistas, como Fernando García o Itziar de Lecuona apoyan esta idea”.

En suma, las políticas públicas destinadas a informar correctamente de las ventajas de la vacunación son más eficaces que las sanciones. Mejor el pragmatismo que el dogmatismo.

Manuel López Baroni

¿Debería ser la vacuna obligatoria para algunas personas?

En opinión de este experto, antes de optar por la vacuna obligatoria se debe optar por convencer a la población. ¿Pero es esto aplicable también a personas muy expuestas al coronavirus o con trabajos de cara al público?

Para estos casos, opina que se deberían establecer diferentes grados de obligatoriedad. Por un lado, “las Administraciones Públicas deberán garantizar que quien atiende al público esté vacunado, dado que, en su calidad de servidores públicos, tienen la obligación de no poner en riesgo la salud de la población”. 

Pero esto es algo que, por otra parte, también deben hacer las empresas privadas, cuyos trabajadores tengan un servicio de cara al público. 

Si mantenemos la decisión de no sancionar, pero sí incentivar con políticas informativas, habría que “hacer un esfuerzo para concienciar a la población de la necesidad de vacunarse”. Además, es importante recordar los perjuicios que podría causar, no solo a cada individuo, sino también a sus familias y a la sociedad en general.

En definitiva, sí, la vacuna obligatoria puede funcionar sin atentar contra los principios de la bioética. Otra cuestión diferente es si eso es lo más recomendable. Quizás deberíamos guardar ese cartucho para el hipotético caso en el que gastar el resto no sirva de nada. Mientras tanto, es vital aunar fuerzas para luchar contra la desinformación y que la población entienda la importancia de vacunarse contra la COVID-19. Era un contexto muy diferente, pero ya lo dijo Miguel de Unamuno. “Venceréis, pero no convenceréis”. Quizás, en este caso, la clave esté en intentar primero convencer. Aunque, si no queda más remedio, finalmente haya que tirar de ese último cartucho para vencer al virus. 

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